viernes, 17 de febrero de 2017

La falacia del mundo justo, Parte II



Hola, antes de empezar querrás leer la primera parte.

Parte II: De por qué los ricos son cretinos

Según un antiguo mito griego, Pluto, el dios de la riqueza, recompensaba con bienes materiales a los hombres justos. Zeus, quien como sabemos era un completo patán, no estaba de acuerdo con esto, así que mandó un rayo que le quitó la vista al dios. Desde entonces Pluto reparte sus dones ciegamente, al azar. Como muchos mitos de la antigüedad, éste esconde una pizca de sabiduría: el reconocimiento de que la riqueza no depende de la virtud.

Sin embargo, hoy está muy difundida la idea de que, por lo menos en las sociedades capitalistas, el reparto de la riqueza se hace de manera naturalmente justa, que son los talentosos y los esforzados, los benefactores de la sociedad, quienes reciben la riqueza, mientras que los pobres y fracasados se quedan en su sitio porque no se esfuerzan lo suficiente o simplemente no tienen talento.

En la entrada anterior hablábamos de la falacia del mundo justo, un sesgo cognitivo que nos hace pensar que la vida es justa en sí misma y que tarde o temprano cada quien recibe lo que se merece. Vimos que esta predisposición psicológica nos resulta reconfortante, porque nos hace sentir merecedores de lo que tenemos y nos protege de la ansiedad que nos puede resultar de pensar que nosotros también podríamos ser víctimas de una desgracia (puesto que sí hacemos las cosas bien), pero que al mismo tiempo nos hace perder empatía hacia las personas menos desafortunadas (porque juzgamos que se han ganado sus problemas).

Este sesgo cognitivo se manifiesta en supersticiones que van desde el derecho divino de los reyes hasta el Karma y la Ley de la Atracción. De igual manera se manifiesta en la creencia ciega en la justicia intrínseca del sistema socioeconómico en el que vivimos: el capitalismo meritocrático. Aquí, de hecho, se mezcla con otro error de juicio muy frecuente: la falacia naturalista, según la cual lo que sucede en la naturaleza es moralmente bueno.

El darwinismo social, una corrupción de la teoría evolutiva de Charles Darwin, dibujaba un paralelismo entre la supervivencia de los más aptos en la naturaleza y el éxito de los mejores en la sociedad. En la naturaleza no todos los individuos sobreviven para reproducirse, sino los que tienen las características que los hacen más aptos para ello. En una sociedad en la que se permita la libre competencia entre individuos, tal como existe en la naturaleza, serán los más aptos los que triunfen, es decir, los que se hagan de la riqueza y el poder. Intervenir en ello sería contravenir a las leyes de la naturaleza.

El problema es que la teoría evolutiva de Darwin nos dice cómo funciona el mundo, no cómo debería ser. Nada implica que lo que ocurre entre los seres vivos en estado natural sea lo correcto, lo moral o lo justo. Cuando un león macho derrota a otro en combate y se queda con su territorio y sus hembras, mata a los cachorros de su adversario para asegurar la supervivencia de su propia progenie. ¿Es eso moral o inmoral? Ninguna de las dos; simplemente es como son las cosas.

Claro está, el hecho de que existan las falacias naturalista y del mundo justo no es prueba de que un sistema económico de libre competencia no asegure un reparto justo de la riqueza. ¿Podemos comprobar que eso de que “los pobres son pobres porque son inferiores, mientras que los ricos se han ganado justo lo que merecen” es un mito? Sí, sí podemos.



Se dice que el éxito económico depende de los esfuerzos de cada uno. Que no tienes la culpa de nacer pobre, pero sí de seguir siendo pobre cuando llegas a la adultez. En realidad, las condiciones iniciales de una persona y el entorno social en el que vive tienen un enorme peso en su futuro económico. Por ejemplo, estudios estadísticos demuestran que existe una fuerte correlación entre los ingresos de los padres y lo que llegarán a ganar los hijos cuando estén en edad laboral. La movilidad social está correlacionada con los niveles de desigualdad existentes en una sociedad. Esto quiere decir que en sociedades con altos índices de desigualdad social (como en México), se vuelve menor la posibilidad de que una persona llegue a estar en una mejor (o peor) posición que sus padres (aquí).

No solamente la mayor parte de las grandes fortunas de hoy son heredadas. La posibilidad de prosperar económicamente depende en gran medida de condiciones sociales de las cuales un individuo no es responsable, tales como los índices de seguridad, la estabilidad de un gobierno, los niveles de educación o el poder adquisitivo de los conciudadanos, la existencia de infraestructura como caminos y carreteras, etcétera (aquí).

Revisando los perfiles de exitosos entrepeneurs nos encontramos con que la mayoría empieza desde una posición de privilegio: no sólo nacen con acceso a capitales familiares que les permiten hacer inversiones iniciales, sino que cuentan con redes de apoyo en caso de que sus primeras iniciativas fracasen. Además, son abrumadoramente hombres y blancos, por lo cual no tendrán que enfrentarse a las dificultades que oponen el sexismo y el racismo. En estas condiciones es más fácil ser creativos y tomar riesgos; “perseguir tus sueños” no es para todos (aquí).



Lo que es más, algunos rasgos psicológicos asociados con el éxito en el emprendedurismo, como la inclinación a tomar riesgos y la no conformidad con lo establecido, están también relacionados con la incidencia en cometer delitos menores (apuestas, uso de drogas, incluso el hurto). Ahora bien, en un joven de familia acomodada la probabilidad de que estas conductas lo lleven a tener repercusiones que dañen su futuro son mínimas, mientras que si se trata de un joven de clase baja es más probable que termine expulsado de la escuela o incluso enfrentando cargos legales. Dicho de otra forma, los mismos rasgos psicológicos pueden hacer que un joven se convierta en CEO de su propia compañía o que termine en prisión, dependiendo de si nació rico o pobre (aquí).

La educación es idealmente el gran motor de la movilidad social, ¿no? Pero resulta que las condiciones iniciales también marcan grandes diferencias en los resultados finales. Obviamente, el dinero permite el acceso a mejores escuelas, así como a actividades extracurriculares que estimulan las capacidades cognitivas y amplían los conocimientos de los chicos. Eso no es todo: datos estadísticos demuestran que ni los hijos de los ricos que lo hacen muy mal en la escuela ni los hijos de los pobres que lo hacen muy bien tenderán a descender o escalar en la pirámide social. Los niños ricos, incluso si reprueban o son expulsados de la escuela, no requieren de un diploma para heredar la fortuna familiar o encargarse del negocio de papá. Los niños pobres, incluso si tienen excelentes calificaciones, tenderán a permanecer en barrios desfavorecidos, lejos de oportunidades para crecer (aquí).

Además, si admitimos (for argument’s sake) que un emprendedor merece ganar más que un empleado porque sus contribuciones a la sociedad han sido mayores, cabe cuestionar si está justificado que esa diferencia de riquezas sea tan abismal como en el mundo actual, en que 62 individuos tienen tanta riqueza como la mitad más pobre de la población (aquí). Y aún si admitiéramos que las personas de talento extraordinario merecen riqueza extraordinaria, ¿qué clase de moral implicaría aceptar que hay personas tan poco valiosas que merecen vivir en la miseria?



El éxito de grandes compañías no proviene solamente del esfuerzo y talento de sus fundadores, ni de que ofrezca los mejores productos o servicios a los mejores precios, sino del aprovechamiento de situaciones no creadas por ellos, de subsidios y concesiones gubernamentales obtenidas mediante cabildeo, de la ausencia de competencia, del efecto de red, de la presencia de mano de obra barata, de la capacidad para explotar el talento de subordinados cuyas creaciones pasan a ser propiedad intelectual de los dueños de la empresa, o de la existencia de recursos naturales valiosos que sólo están ahí esperando a ser extraídos. Quizá Steve Jobs merecía ser rico, pero no merecía ser extremadamente rico (aquí).

Si el mundo fuera perfectamente meritocrático, una persona sería recompensada proporcionalmente según su desempeño, ¿no es así? Como en la escuela, en donde (idealmente) quien se esfuerza más saca 10, quien tiene un desempeño bueno saca 8, quien hace un trabajo mediocre saca 7 y así por el estilo. Pero en realidad no existen oportunidades iguales para todos y sí muchos casos en los que “el ganador se lleva todo”. Podríamos pensar en las becas de excelencia académica. Supongamos que hay 10 becas disponibles para los 10 alumnos con mejores promedios de una preparatoria pública. ¿Qué pasa con el número 11? Digamos que su promedio es el 90% del que tiene el primer lugar. ¿Obtiene una beca equivalente a un 90% de la de aquél? No, simplemente se queda con nada.

A veces me acuerdo de aquella película, La conquista de felicidad, con Will Smith, una de las favoritas de los que dicen “si se quiere se puede”. En esta historia de la vida real el personaje de Smith pasa por muchas penurias en busca de un trabajo que le permita mantener a su pequeño hijo. Para obtener un codiciado puesto en una gran empresa, tiene que aceptar trabajar gratuitamente por algún tiempo, compitiendo contra otros candidatos hasta demostrar que él es el indicado para el empleo. Al final lo logra, por supuesto. Pero, dejando de lado que la empresa se aprovechó del trabajo gratuito de todos los candidatos por unos medes, pensemos por un momento, ¿qué habría pasado si el personaje de Smith hubiera sido sólo el segundo mejor candidato? ¿Habría recibido una recompensa proporcional? No, se habría quedado en la calle de nuevo.

Quienes celebran a la gente de gente que alcanza el éxito a pesar de sus orígenes modestos ignoran varios puntos. Revisando las historias de aquellas personas encontramos no sólo pruebas de gran talento y tesón, sino muchos golpes de suerte (el estar en el lugar correcto en el momento adecuado) y muestras de apoyo dado por diversas personas (tener contactos en los sitios convenientes ayuda mucho). Son historias extraordinarias de personas extraordinarias y tomarlas como “prueba” de que cualquiera puede ser rico, es como decir que cualquier pastor de yeguas puede llegar a ser Ghengis Khan.



Asumir que, dejada a las fuerzas inescrutables del mercado, la vida será justa, no es más que una superstición secular, una versión moderna y apenas más sofisticada de la rancia creencia en el Karma o en el derecho divino de los reyes, y como tales, una justificación insostenible de un orden social que condena a la frustración a la inmensa mayoría, y que crea una casta privilegiada que se cree superior a los demás.

¿Recuerdan cómo caer en la falacia del mundo justo reduce la empatía hacia los menos afortunados? (Hay más de ello aquí y aquí) Esto se expresa a la N potencia en el caso de los ricos, acostumbrados a creer que merecen su fortuna porque son mejores que los que tienen menos. De hecho, estudios psicológicos señalan que los más ricos tienden a tener actitudes narcisistas y más abusivas y prepotentes contra los demás (aquí), a la vez que son menos generosos y empáticos, e indiferentes hacia las necesidades de otras personas, bajo lo que subyace el hecho de que les atribuyen menos valor (aquí).

Esto no se trata de negar que para tener éxito económico en una sociedad capitalista no tengan nada que ver el talento y el esfuerzo. Siempre será mejor trabajar arduamente que no hacerlo. Quizá la mayoría esté de acuerdo con que una persona que se desempeña eficazmente en un trabajo que implica grandes responsabilidades y para el que se requieren talentos y habilidades especiales merece una gran recompensa. El asunto es, ¿qué tan grande? En un mundo en el que se ha visto que es más fácil prescindir de banqueros que de recogedores de basura, ¿cómo establecemos cuánta es la verdadera contribución de cada quien a la sociedad? Se trata aquí de una nueva presentación de la vieja fórmula “lo justo es que cada quien reciba lo que merece”. De acuerdo, pero ¿cómo determinamos lo que cada quien merece? Porque lo que hemos estado haciendo ha sido pensar a la inversa: vemos quién recibe más y luego racionalizamos justificaciones para explicar por qué lo merece.

Lo que quiero señalar es que existen otros factores, ajenos a la virtud y la voluntad individual, que intervienen en el juego de la vida, muchas veces de forma determinante. Tampoco se trata de que no procuremos ser meritocráticos, sino de tener consciencia de que por más que lo intentemos la meritocracia no puede ser perfecta, sino que requiere de constante vigilancia y reflexión, de esfuerzos conscientes y deliberados, de ensayos y errores para hacerla funcionar, sin depender de la confianza ciega en algún principio metafísico que hará justicia si todo se deja a “leyes naturales”.

La justicia no es inherente a la naturaleza o al universo. Es un concepto humano y existe tan sólo en nuestra voluntad, en nuestros actos en las relaciones de los unos con los otros, ya sea en la forma en que tratamos a nuestros semejantes o en la sociedad que construimos día con día. 

FIN



PD: Como reflexión final, chequen este cómic.

viernes, 10 de febrero de 2017

La falacia del mundo justo, Parte I



Parte I: De cómo al universo le importas un comino

Los buenos ganan. Los malos pierden. Tarde o temprano, pero al final cada quien cosecha lo que siembra, cada quien obtiene lo que merece. Diferentes doctrinas sostienen esta idea. Por ejemplo, el Karma nos dice que recibimos lo que merecemos según nuestra conducta hacia los demás, mientras que la Ley de la Atracción asegura que modificamos la realidad con nuestro pensamiento, para bien o para mal. Paulo Coelho, por su parte, asegura que cuando deseas algo de verdad el universo entero conspira para que lo obtengas. O, como dicen las abuelitas, Dios castiga sin piedras ni palos. Muchas religiones prometen recompensas y castigos, pero en la otra vida. Como sea, el punto es éste: lo bueno y lo malo que te pase depende totalmente de ti.

 O por lo menos así quisiéramos que fuera el mundo. Pero ¿lo es? Noup, no lo es. Sucede que estamos afectados por un sesgo cognitivo, una falla psicológic común a todos los seres humanos, que se denomina falacia del mundo justo (aquí, aquí y aquí). Nos gusta pensar que la vida es esencialmente justa y que lo que sucede a las demás personas es precisamente lo que merecen. ¿Por qué? Porque es un pensamiento muy reconfortante.

Cuando vemos que a alguien le va mal, dictaminar que seguro lo merecía porque “algo hizo”, “lo provocó” o “lo andaba buscando”, nos da una sensación de seguridad: si nosotros hacemos lo correcto, no nos va a pasar aquello. Además, nos permite contemplar nuestra propia buena fortuna y pensar que nos la hemos ganado: si estamos bien, es porque somos más buenos, más esforzados o más listos que los demás. Finalmente, en un mundo en el que hay tanta violencia y prevaricación, tanto abuso y malevolencia, nos da la esperanza de que algún día, en esta vida o en la otra, el mal será castigado y el bien será recompensado.

Tomemos el caso del Karma, por ejemplo. A lo largo de una vida los seres humanos haremos cosas buenas y malas y nos sucederán cosas buenas y malas. Una buena parte de lo que nos sucede será consecuencia directa o indirecta de nuestras acciones, pero otra buena parte será resultado del azar. Si somos de los que creen en el Karma, además de la falacia del mundo justo, otros sesgos inherentes a nuestras psiques nos harán reafirmar esta creencia. Nuestra propensión a ver patrones en todas partes, incluso donde no los hay, nos hará pensar que lo bueno que pasa es consecuencia de lo bueno que hacemos, aunque no haya una conexión directa entre dos sucesos o estén muy separados por el tiempo. Por ejemplo, ayudar a una persona necesitada y semanas más tarde encontrar un billete de 500 pesotes en la calle no están relacionados de manera alguna. Nuestro sesgo de confirmación y nuestro afán por generalizar nuestra propia experiencia y creer que es ley universal nos llevarán a hacer énfasis en las veces que la vida pareció hacer justicia, e ignorar las muchísimas veces en las que  simplemente no pasa nada.



Esto no niega que existan causas y consecuencias, o que tomar buenas decisiones por lo general tenga buenos resultados. Si pongo la mano en el fuego, me quemo. Si tenemos buenos hábitos es más probable que tengamos una buena salud y una vida larga. Pero aún así es posible que intervenga el azar. Puede suceder que algo ajeno a nuestra voluntad arruine nuestros planes: quizá heredamos malos genes o seremos víctimas de un accidente. Y a final de cuentas, el mismo azar puede hacer que una persona que no se cuidó tanto termine viviendo más y mejor que nosotros. Lo que quiero decir que mucho en la vida es completamente aleatorio y no depende de nuestros méritos o nuestras culpas.

Además tendemos a confundir la prudencia con la ética. Las acciones imprudentes (manejar después de haber bebido alcohol, fastidiar a un perro, comer comida chatarra, andar por barrios peligrosos) pueden tener consecuencias negativas, y las acciones prudentes tienden a evitarlas. Pero eso no quiere decir que una persona merezca, en un sentido ético, que algo malo le pase por haber cometido un error o tomado una decisión equivocada. Por ejemplo, una persona puede olvidar poner seguro a su auto, y más tarde encontrar que le han robado todo lo que llevaba dentro. Sí, una cosa es consecuencia de la otra, ¿pero podríamos decir que merecía perder sus bienes?

La justicia es un concepto ético y la ética es una creación enteramente humana. Existe de forma exclusiva en la mente humana y en las relaciones entre seres humanos. No existe por sí misma en la naturaleza, la vida o el universo, sino que depende por completo de lo que nosotros consideramos justo, según nuestras inclinaciones naturales, moldeadas por las culturas en las que fuimos criados.[1]

Las causas y consecuencias a las que hemos aludido se dan en las esferas de lo físico (como el socorrido ejemplo de la pelota que rebota en la pared) o de lo biológico (como la relación entre hábitos y salud). Pueden darse también la esfera de lo social y psicológico, que es donde existe la ética. Si tratamos mal a una persona, ésta o sus seres queridos, o incluso alguien externo, podría querer castigarnos por ello. Si somos percibidos como personas deshonestas, podríamos recibir rechazo social por parte de nuestra comunidad. Pero también puede ser que la víctima de una injusticia no tenga la fuerza para defenderse ni tenga quien la socorra, y que su victimario quede impune de por vida. Y puede ser que el patán deshonesto cuente con la admiración y respaldo de la comunidad, que lo encumbre en vez de segregarlo. La justicia depende completamente de que los seres humanos tengan el conocimiento, la voluntad y la facultad para ejercerla.

Por ello resulta absurdo esperar que algo que algo ajeno a la voluntad humana imparta recompensas y castigos; que alguna fuerza cósmica se encargue de provocarle una enfermedad a una persona malvada, o de hacer funcionar el automóvil de una buena persona.

Es difícil refutar las creencias en la justicia intrínseca del mundo. Podemos señalar a los miles que sufren o han sufrido horrores inexplicables (como las víctimas de un desastre natural o de una dictadura genocida). Podemos señalar a los tiranos y criminales que murieron encumbrados en el poder, tranquilos en sus camas, sin pagar ni un poquito por sus actos malvados. Podemos enfatizar una y otra vez que, contrario a lo que dicen los esotéricos, la física cuántica no dice que la realidad pueda cambiarse con el pensamiento; que las ideas no son energía que como microondas se extienden hacia afuera del cráneo y alteran el entorno material; en fin, que no existe ningún mecanismo detectable por el cual los pensamientos o los deseos puedan tener efecto en el mundo físico.

Sobra aclarar que Einstein nunca dijo esto.


Pero sus defensores siempre salen con explicaciones ad hoc, justificaciones convenientes que por su misma naturaleza no pueden ponerse a prueba: quizá es que una persona no deseó con suficiente fuerza sus objetivos o se concentró más en su miedo a no lograrlos y por eso le fue mal; a lo mejor el tirano pagará sus crímenes en la otra vida; no sabemos si las víctimas del Holocausto habían sido personas malvadas en la vida anterior… Y así y así.

El problema con la creencia en que el mundo es justo no es sólo que es falsa e insostenible, sino que es muy peligrosa. Primero, porque al dejar la tarea de hacer justicia al Karma, al universo o a los dioses del inframundo, renunciamos a corregir las injusticias de este mundo. De hecho, muchas de estas creencias surgieron precisamente para justificar regímenes injustos. El Karma, que muchos occidentales despistados consideran el colmo de lo espiritual, nació en la India como justificación de un atroz sistema de castas: naciste en una casta inferior porque fuiste malo en tu vida anterior, pero si eres bueno ahora, en la siguiente podrás tener una mejor vida. En las monarquías absolutistas se decía que era voluntad de Dios que el rey tuviera todo el poder y que el siervo fuera pobre, y que si el rey era impío Dios lo juzgaría después de la muerte, pero que el siervo no tenía derecho a rebelarse contra él.

Segundo, porque adormece una de las cualidades más humanas que tenemos: la capacidad de sentir empatía. Si al ver a una persona en desgracia pensamos “algo habrá hecho para merecerlo”, renunciamos a sentir empatía por ella. Ésta es la idea detrás de “la violaron porque provocó” o “los mataron porque andaban de revoltosos”. Incluso se extiende hacia los problemas de salud, con esa gente que dice cosas como que el cáncer le da quienes no expresan bien sus emociones: hasta los pacientes de las más terribles enfermedades son los únicos responsables de lo que les pasa. El mecanismo psicológico nos protege de la ansiedad al hacernos pensar que no nos pasará lo mismo porque nosotros sí hacemos lo que es se debe y evitamos lo que no. Pero esta reconfortante idea nos hace evadirnos de nuestra responsabilidad moral hacia quienes necesitan ayuda y terminamos culpándolos de sus propias desgracias.

El universo no es justo. Tampoco es injusto. El universo es vasto, frío e indiferente. Pero los seres humanos podemos ser justos, podemos trabajar por la justicia, podemos combatir la injusticia. El hecho de que gran parte de lo que sucede depende del azar y fuerzas ajenas a nuestra voluntad tampoco es razón para dejar de intentarlo. Cuando renunciamos a ello, somos nosotros quienes se vuelven fríos e indiferentes.



No todas las formas en las que se manifiesta la falacia del mundo justo son tan obviamente supersticiosas. Existe una forma muy insidiosa que sostiene que las recompensas se reparten no según la acción de fuerzas sobrenaturales, sino de ciertas leyes inherentes a la naturaleza. Pero ése es el tema de la siguiente entrada.





[1] Hemos visto, por ejemplo, que otros monos se indignan cuando a sus congéneres se les da una mayor recompensa por un mismo trabajo. Así que parece ser que naturalmente tenemos una inclinación a considerar la equidad como algo justo. Las concepciones de lo bueno y lo malo varían vastamente de una cultura a otra, pero en todas se observa el principio de que las buenas acciones merecen recompensa y las malas merecen un castigo, y que el no hacerlo constituye en sí una injusticia (aquí y aquí).

viernes, 3 de febrero de 2017

Trump vs México: no es un conflicto entre naciones



Publicado originalmente en Voz Abierta

Un extraño enemigo

Los ataques de Trump contra México iniciaron mucho antes de que anunciara sus planes para competir por la presidencia de los Estados Unidos. Cuando nuestro paisano Alejandro González Iñárritu ganó su primer Oscar por Birdman en 2015, el hombre de las manos pequeñas refunfuñó que él no hacía tratos con México. Apenas inició su precampaña nuestro país fue el blanco de insultos, como cuando llamó a nuestros compatriotas violadores y asesinos. Y claro, como buen demagogo que es, ha usado el miedo al extranjero como plataforma desde un inicio, siendo la construcción del muro fronterizo uno de sus promesas más populares (sin importar lo dañino y absurdo de la misma). Ahora que Trump es presidente y ha firmado la orden para construir el mentado muro, y además querer intimidarnos para pagarlo, muchos mexicanos, con toda razón, se sienten indignados.

Pero ojo, que esta indignación no nos obnubile. Éste no es un conflicto entre naciones y no se resuelve con despliegues de patrioterismo visceral. Éste es un conflicto entre dos visiones del mundo, entre dos sistemas de valores opuestos. En la visión de Trump y su gente todo aquel que es diferente constituye una amenaza y los problemas se resuelven con “mano dura”, mediante la intimidación y la agresividad. Sus valores son racistas, xenófobos, sexistas, homófobos, chauvinistas, autoritarios y antiintelectuales. A ellos es imperativo oponer los ideales de la cooperación y el diálogo entre culturas, la democracia y la tolerancia, la ilustración y la racionalidad, el aprecio por la diversidad, la equidad y la decencia básica, y una defensa intransigente de la dignidad y los derechos humanos.

México no ha sido la única víctima de Trump. Lo han sido también las mujeres, a quienes está determinado a quitarles el derecho a decidir sobre sus cuerpos; los musulmanes, a quienes pretende impedir la entrada al país; los científicos, a los que quiere amordazar para que no hablen del cambio climático; los artistas, a quienes pretende quitar los fondos gubernamentales; en general cualquier persona que no se alinee con sus políticas, pues ya está purgando las instituciones gubernamentales y poniendo a sus leales en puestos estratégicos; y no me parece aventurado pronosticar que pronto otros grupos minoritarios (afroamericanos, pueblos indígenas, personas LGBTQ) serán victimizadas por su gobierno.



Que quede claro, Trump es un egomaniaco ignorante y psicológicamente inestable, rodeado de fanáticos oscurantistas y protonazis, que además está inspirando y envalentonando a los blancos supremacistas y fascistoides en todo el mundo. Representa un peligro global, no sólo para México. Nuestro pleito puede ser con el gobierno de Trump y sus esbirros, pero no con el  pueblo estadounidense, no con “los gringos”, como siempre decimos. Los ciudadanos estadounidenses que oponen resistencia a Trump se han manifestado también contra su racismo antihispano y sus planes para construir el muro. Han expresado solidaridad con los mexicanos, de la misma forma en la que lo han hecho con los migrantes musulmanes y se han sumado a las luchas de las mujeres y los científicos.

Sin embargo, en México no hemos dado muestras de solidaridad con los otros grupos victimizados por Trump. El gobierno mexicano ha dicho que no pagará el muro (¡Faltaba más! ¡Debería protestar contra su misma construcción, aunque la pagara Trump de su bolsillo!), pero no ha dicho “esta boca es mía” sobre el decreto antiinmigratorio, mientras otros gobiernos han declarado su rechazo a ambas cosas, mientras los mismos estadounidenses protestan con el lema “No Ban, No Wall”.

Me da la impresión de que si no fuera porque el Hitler anarajando ha insultado específicamente a los mexicanos, a muchos de nuestros compatriotas les caería bien. De hecho, algunos hasta justifican las declaraciones racistas del magnate porque “la neta los mexicanos sí somos bien ratas y desmadrosos”. La visión del mundo de la que Trump es abanderado está muy presente en nuestro país: en el racismo hacia los pueblos indígenas, la xenofobia contra los migrantes centroamericanos, el fundamentalismo religioso, la misoginia, el desprecio hacia los derechos humanos, y en la creencia de que lo que se necesita es un hombre fuerte con mano dura que haga lo que hace falta… De poco sirve oponerse a la ideología de Trump cuando nosotros somos la víctima, si permitimos que esa misma ideología victimice a muchas otras personas dentro y fuera de nuestras fronteras.

¿Adiós Starbucks?



Nos vemos afectados por una ceguera que se manifiesta de dos formas. Una es la de pensar que el asunto es un pleito entre México y los Estados Unidos, al que hay que responder con un patrioterismo análogo. “Si los gringos le dan la espalda al mundo nosotros hacemos lo mismo”. De ahí los llamados a boicotear a todas las empresas gringas y consumir local.

Apoyar a las empresas mexicanas y locales es en general un buen consejo, como lo es voltear a ver hacia nuestros vecinos de América Latina para no depender tanto de los Estados Unidos. Pero entiendan esto: la construcción de un mercado interno fuerte o de un área de libre comercio que abarque a los países latinoamericanos no se va a dar de un día para otro. Es una solución a largo plazo que no desparece el peligro que implica una guerra comercial con Estados Unidos.

Como parte del llamado a consumir local y apoyar lo nuestro, me invitaron a preferir cierta cadena de cafeterías yucatecas. Pero yo sé que ésta, propiedad de una familia adinerada y conservadora, manifestó, a través de mantas colgadas en sus locales, su apoyo a “la familia tradicional” y en contra de los derechos de las personas LGBTQ. Pues que se jodan. No voy a apoyarlos sólo porque son locales, cuando representan el mismo tipo de nefastos antivalores que Trump. Por otro lado, algunas empresas estadounidenses (Google, Amazon, Budweiser y Starbucks, a la que algunos mexicanos quieren boicotear sin pensarlo mucho) han manifestado su rechazo al bravucón.

Hay buenas razones por las que podríamos boicotear empresas, extranjeras o nacionales, si sus acciones nos parecen poco éticas (si dañan al medio ambiente, si explotan a sus trabajadores, si corrompen a los gobiernos, etc.), pero el país de origen de dichas empresas no es muy buen criterio. Si de lo que se trata es de oponernos a Trump, hay que asegurarnos de que las empresas a las que vamos a boicotear sean de las que apoyan a ese imbécil, y no solamente fijarnos en si son gringas o no (que además muchas son franquicias de origen extranjero, pero de dueños mexicanos, con empleados mexicanos y que usan materias primas mexicanas). Aquí hay una lista de algunas corporaciones que hacen negocios con Trump, a las que el movimiento de resistencia en Estados Unidos ya está boicoteando. Y no olvidemos otras como Uber, GE, IBM y las empresas de Elon Musk, cuyos funcionarios están trabajando directa o indirectamente con el régimen trumpetero.

¿Estamos unidos, mexicanos?



Ahora se maneja un discurso de unidad nacional en contra de los abusos de Trump. Eso está bien, siempre y cuando esa unidad no pretenda ser homogeneidad ni una lealtad incondicional con el gobierno de Peña Nieto. Si la presidencia se mantiene firme en la defensa de nuestros derechos frente al tirano con tupé, en cuanto a ello debemos estar unidos. Pero esto no implica suspender nuestras críticas y cuestionamientos a un gobierno que ha sido bastante criticable y cuestionable. En el momento en el que Peña doble la rodilla debe dejar de contar con nuestro apoyo. Un gobierno que no defiende a su pueblo de los abusos de un tirano extranjero no puede ser legítimo.

Cuando Trump se puso en plan de “si no vas a pagar el muro, ni vengas”, Peña Nieto hizo bien al cancelar la visita. Pero eso era lo mínimo que demandaba la dignidad, y no por ello debemos olvidar las indignidades que la administración peñista ha cometido. No olvidemos, para empezar, que invitó a Trump a México cuando éste era candidato y que ello sirvió para posicionar al millonario como un estadista presidenciable a los ojos del electorado gringo; o sea, Peña ayudó a Trump a llegar a la Casa Blanca.

Dicho esto, tampoco hay que caer en una segunda forma ceguera, diametralmente opuesta. No ha faltado quien acuse que los escándalos de Trump son sólo distracciones para olvidar los problemas del país. No, señores, Trump representa un peligro muy real para México. Sus acciones disparatadas pueden afectar gravemente nuestra economía, pero además no podemos descartar una intervención militar (porque Trump mismo no la descarta). Quienes dicen que no hay que hacer caso de lo que pasa en Estados Unidos sino recordar la lucha contra el gobierno corrupto en México plantean una falacia de falso dilema. En realidad debemos estar atentos tanto a nuestros problemas internos (¡que no son pocos!) y a lo que está pasando en el país más poderoso del mundo, bajo cuya sombra vivimos.


Con el Hitler yanqui, que quiere hacer de nuestro país su Polonia, nadie puede darse el lujo de adoptar una política de apaciguamento, o de enfrentarlo sólo cuando nos afecta directamente e ignorarlo cuando los golpes le tocan a alguien más. No es digno, ni va salir bien, tolerar que abuse de otros con la esperanza de que si no me meto me va a dejar en paz a mí. Tarde o temprano nos va a tocar a todos, de una forma u otra, y sólo unidos podemos combatirlo. Si todos los que estamos siendo amenazados por Trump no oponemos una resistencia enérgica desde ahora tendremos que hacerlo por separado, uno por uno, conforme llegue nuestro turno.

domingo, 29 de enero de 2017

La ciencia en rebeldía

Este texto fue publicado también en Polis.mx

Sobreviviendo en la Era Trump



Creo que a todos nos ha tomado por sorpresa la rapidez con la que Donald Trump, flamante y flamígero presidente de los Estados Unidos está llevando a cabo su agenda para la distopía. Quienes pensaban que el señor sólo hacía alharaca para ganarse el voto de los rednecks, hillbillies y fanáticos reaccionarios pueden darse por desmentidos: su choro era en serio. Hasta lo más absurdo y despreciable de sus promesas iban en serio. Y ahora es peor, porque siente que como ganó, tiene permiso para hacer lo que quiera. Gobierno por, para y a través de sus fanáticos sin hacer caso pero ni al sentido común.

A las pocas horas de que asumiera la presidencia, el sitio oficial de la Casa Blanca cambió notoriamente: desaparecía la opción para leerlo en español (el segundo idioma más hablado en el país). Trump declaraba desde el primer momento una guerra contra todos los medios de comunicación que no hablaran favorablemente de él, tachándolos de mentirosos, hasta el punto de enfrascarse en un debate absurdo por el número de asistentes a su inauguración [aquí]. La cosa se pone espeluznante cuando vemos que Trump, de forma dictatorial quiere establecer una relación directa con sus seguidores, que tomen las noticias directamente de él, sin el filtro de los medios que puedan hacerle preguntas incómodas o desmentir sus declaraciones engañosas. Porque el tipo miente, constantemente, sobre cualquier cosa, y espera que lo que él dice que es la verdad sea tomada como tal [aquí].

En su primera semana como presidente se ha propuesto a gobernar de la forma menos democrática dentro de la ley, mediante el decreto (o, como dicen los vecinos, executive order). Históricamente usada como medida extraordinaria cuando el ejecutivo siente que debe circumpasar a los otros poderes. Los decretos de Darth Naranja incluyen: desmantelar Obamacare; construir el muro fronterizo con México (y ponerse de bravucón para que los mexicanos lo paguemos); retirar fondos federales a las “ciudades santuario” que protejan a los inmigrantes; sacar a los Estados Unidos del Acuerdo Transpacífico y del Tratado de Libre Comercio para América del Norte; prohibir que se den fondos federales a organizaciones internacionales que apoyen a las mujeres que necesitan abortar; revivir los proyectos de los oleoductos de Keystone y Dakota del Norte, que habían sido cancelados por la administración de Obama tras enérgicas protestas de pueblos indígenas y activistas; quitar regulaciones medioambientales y económicas a las actividades corporativas; vetar la inmigración de países de mayoría musulmana y expandir a las fuerzas armadas [aquí]. Para colmo, ahora amenaza con acabar con los fondos federales para las artes y las humanidades, como parte de su campaña en contra de la Ilustración [aquí].

Por fortuna, los actos de resistencia y rebeldía han llegado desde el primer día con la Marcha de las Mujeres que reunió a millones de personas en Washington y otras ciudades del país y del mundo para mostrar el repudio a las políticas misóginas de Trump [aquí]. Diversos líderes políticos y figuras públicas, así como medios de comunicación han mostrado su solidaridad con México y su repudio a los abusos a los que Trump pretende someternos [aquí] y ciudadanos estadounidenses han expresado su apoyo a nosotros a través de las redes sociales [aquí]. Fuertes protestas han tenidolugar diversos aeropuertos estadounidenses apenas comenzaron las acciones contra personas provenientes de países musulmanes [aquí]; mientras tanto, tres mil académicos han firmado un comunicado en oposición a las órdenes xenófobas y racistas de trump [aquí] y decenas de abogados se han presentado para ofrecer sus servicios gratuitos a los afectados [aquí].  Una jueza federal suspendió temporalmente la orden de Trump para proteger a los migrantes que ya estaban en el país o en camino de regreso [aquí]. Queda decencia en el mundo y se está organizando para enfrentar a la tiranía.

The Rogue Ones



Uno de los más inspiradores actos de resistencia provienen de un sector de la sociedad poco dado a protagonizar luchas políticas: la comunidad científica.

Donald Trump tuvo siempre problemas con la ciencia. Combina una ignorancia culpable con una arrogancia peligrosa [aquí y aquí]. Recordemos que se trata de alguien que dicta lo que es verdad por decreto. Su gabinete está lleno de creacionistas, negacionistas del cambio climático, antivacunas y demás gentuza oscurantista, que él ha colocado en puestos claves donde pueden (y están dispuestos a) hacer mucho daño. Además, dado que la ciencia es una actividad colaborativa, colectiva y global, las políticas nacionalistas y autoritarias de Trump tendrán alcances más allá de sus fronteras y sí, afectarán también a la de por sí muy vulnerable ciencia mexicana [aquí].

A sabiendas de que Trump por sus huevos dice que el cambio climático no existe (y sus colaboradores son apenas menos sutiles al respecto), el sábado antes de que el magnate anaranjado tomara posesión un grupo de científicos, hackers, bibliotecarios y archivistas de la Universidad de Pensilvania se iniciaron la tarea titánica de descargar información al respecto de los sitios gubernamentales y ponerlos a salvo en servidores a los que podría accederse libremente [aquí]. Se trata de un acto admirable que recuerda un poco a los Rebeldes robándose los planos de la Estrella de la Muerte.

Tenían razón estos rebeldes, porque apenas Trump llegó al poder desaparecieron todas las referencias al cambio climático en los sitios web oficiales. Días después, su gobierno giró una orden para que todas las agencias científicas dejaran de comunicarse con el público y los medios, y que toda información que saliera de ellas tuviera que ser revisada antes por la presidencia. Estaba claro que Trump no quería que nada que él no aprobara fuese dado a conocer.

Esto, claro está, va en contra de toda ética del quehacer científico. Sólo se necesitó una chispa para iniciar la ignición de una resistencia: una modesta cuenta de Twitter del Parque Nacional de Badlands, en Dakota del Sur, se dedicó a compartir información sobre el cambio climático en las redes sociales. Las autoridades del parque retiraron los mensajes, así que el rebelde creó una nueva cuenta:  @AltBadlandsNPS. Luego se dio un efecto dominó: comenzaron a aparecer cuentas de Twitter rebeldes de las agencias científicas gubernamentales, incluyendo la NASA y la EPA (@Alt_NASA@RogueNASA y @altUSEPA), para burlar la orden presidencial y continuar informando al público sobre lo que debe ser informado [aquí, aquí y aquí].

Eso no es todo. Después de la Marcha de las Mujeres y las protestas espontáneas contra la política antimigratoria de Trump, la próxima gran manifestación estará protagonizada por los hombres y mujeres de ciencia [aquí]. Como el conocimiento corre peligro, y no se puede dejar en manos de los ignaros y los fundamentalistas, ahora científicos están lanzándose a ocupar puestos públicos [aquí] y sus contrapartes de Canadá les están ofreciendo ayuda [aquí]. Y es que no se puede separar ciencia de política cuando la política quiere someter y ningunear a la ciencia. Trump es como el bravucón escolar que quiere abusar de los nerds porque, en el fondo, sabe que son mucho más listos que él. Pero los nerds están dispuestos a dar pelea.



Pueden seguir los pormenores de la organización de la marcha en esta página. Además, si están interesados en armar una réplica (ya hay iniciativas para hacerlas en distintas ciudades), pueden comunicarse con los organizadores al correo marches.marchforscience@gmail.com y si les interesa, tengo un grupo de Facebook ¡Yo pinches amo la ciencia! para compartir y conversar de diversos temas relacionados.

Porque la realidad no puede ser alterada por la simple voluntad de los poderosos, porque el conocimiento debe servir a la humanidad, porque nos ha costado mucho llegar a donde estamos para que un grupo de fanáticos medievales nos echen hacia atrás, y porque lo que está en juego es la misma habitabilidad de nuestro planeta. La ciencia, dijo el gran Carl Sagan, puede ser una vela en la oscuridad. Como especie, nos ha dado el poder de curar enfermedades, hacer más largas y seguras nuestras vidas, viajar a otros mundos; destruye con datos, hechos y pruebas los prejuicios más rancios y las supersticiones más añejas. Vienen tiempos oscuros. Mantengamos la luz encendida.

Actualización: La marcha mundial por la ciencia ya tiene fecha: el 22 de abril de 2017, Día de la Tierra. Estaremos pendientes.

Leer más sobre la importancia de la ciencia en este blog:

miércoles, 18 de enero de 2017

El centésimo mono y la consciencia universal



Cien monitos 
  
La anécdota circula por aquí y por allá desde hace muchos años. La primera vez que la escuché fue en un cómic e la Liga de la Justicia escrito por Grant Morrison y la más reciente, en un video de la página Psiconautas. Ambas fuentes tienen en común que no son precisamente científicas y que se las truenan bien rico, pero ello no necesariamente es relevante para emitir un juicio sobre el caso. Veamos:

Se cuenta que los científicos que observaban el comportamiento de los macacos japoneses de la especie Macaca fuscata hicieron un experimento curioso que arrojó resultados extraordinarios. Proveyeron de patatas a los monos de cierta isla, y mientras que unos las comían así tal  cual, otros aprendieron que era mejor lavarlas para quitarles la arena y tierra que se pegaba a su cáscara. Aparentemente fue una mona joven la que hizo el descubrimiento y le enseñó a otros de su propio grupo. Poco a poco, los monos fueron aprendiendo este comportamiento; el conocimiento adquirido por la experiencia se transmitía mediante el ejemplo y la comunicación.

Luego sucedió lo extraordinario: a partir de que cierto número de monos de la misma especie había aprendido a lavar sus patatas (se maneja el número cien, pero algunas fuentes admiten que es una cifra simbólica), de pronto todos los monos de otras tribus, e incluso de otras islas estaban mostrando la misma conducta. Es decir, que monos de grupos que no habían tenido ningún tipo de contacto con los de la primera isla habían aprendido la misma conducta sin que mediara la comunicación. ¿Cómo era esto posible?

La conclusión obvia era que una vez que cierto número de individuos de una especie adopta una conducta, todos los miembros la aprenderán gracias a alguna forma de “consciencia colectiva” que conecta inconscientemente a toda la especie. ¡Las posibilidades de este descubrimiento son estimulantes! Piensen: si suficientes seres humanos interiorizan valores positivos como la paz, la cooperación, la igualdad y la tolerancia, llegará un momento en que toda la humanidad lo practique. ¿Acaso no es hermoso?



Pues sí, pero desgraciadamente no es verdad. La historia del centésimo mono es muy bonita, pero no tiene bases reales. Se cita a menudo de fuentes terciarias, cuyas referencias son otras fuentes terciarias; por lo general se trata de una de esas leyendas favoritas de la Nueva Era, que publicaciones con inclinaciones esotéricas aprenden unas de las otras sin volver a la fuente original.

Ésta sería el doctor Lyall Watson, etólogo británico, quien en la segunda mitad de los 70 decía estarse basando en el trabajo que primatólogos japoneses habían hecho en los 60. Es decir, Watson no hizo dichas observaciones de primera mano, sino que alegaba que los científicos japoneses que habían hecho los estudios originales tenían miedo al ridículo y que por eso no los habían publicado. Es más, admitió que para completar los detalles de la historia tuvo que recurrir a anécdotas personales y rumores. ¡Vaya ciencia!

De hecho, sí hubo macacos que lavaron sus patatas y se enseñaron los unos a los otros (un fascinante ejemplo de que hasta entre los animales existe cultura, es decir, conocimiento y comportamientos no instintivos, transmitidos de un individuo a otro y que permanece a través de las generaciones). Pero todo aquello de los monos que aprendieron sin tener contacto físico es puro mito que ha sido desacreditado muchas veces, empezando por la investigación de Ron Amundson a finales de los 80, quien contactó a los científicos japoneses, los cuales declararon que no tenían ni idea de lo que hablaba Watson. O sea, éste se lo sacó todo del bolsillo.

Pero el daño estaba hecho. El misticismo de la Nueva Era retomó el mito del centésimo mono como una demostración de que la consciencia universal es posible, esperando a que si un número suficiente de personas “despierta”, el resto lo hará. Y como buen mito zombi, éste se levanta de su tumba una y otra vez.

La consciencia universal

Algunas reflexiones sobre la “consciencia universal” me parecen pertinentes. Ésta no llegará gracias a la magia, la telepatía ni a ningún otro fenómeno paranormal, así que por favor dejemos de esperar que eso suceda. Sin embargo, como especie sí tenemos la capacidad de organizarnos colectivamente para alcanzar metas que ninguno de nosotros podría lograr por sí mismo; como sociedades hemos creado los medios de acumular, perfeccionar y transmitir un cuerpo de conocimientos que supera vastamente lo que cualquiera de nosotros podría llegar a saber individualmente. La cultura sería nuestra “consciencia colectiva”, porque permite la suma de nuestros conocimientos, capacidades y esfuerzos, no porque conecte directamente cada mente individual con otra (y, no se asusten individualistas, tampoco va a pasar que la propia consciencia se funda y pierda entre las demás). La ciencia es la actividad colectiva por excelencia, que ha llevado a la humanidad a realizar logros impresionantes, y resulta un ejemplo para otras empresas humanas.

Podemos difundir y practicar una cultura basada en los valores de la generosidad, la cooperación, la empatía, la solidaridad, el aprecio al conocimiento y el diálogo entre grupos humanos diversos, más allá de la competencia, el egoísmo y las lealtades tribales que nos lo siguen obstaculizando. Esto se logrará mediante las herramientas culturales y tecnológicas que hemos desarrollado para transmitir el conocimiento y expandir “el círculo empático” (es decir, el conjunto de los seres a los que consideramos dignos de nuestra empatía). Pero no sucederá de un día para otro, sino que será un proceso lento que tendrá que ir avanzando generación tras generación.

Esperar a que suficientes personas “despierten” para cambiar el mundo por un proceso mágico puede ser peligroso, una falsa esperanza que tiene su origen en una superstición. Pero es que además brinda el falso consuelo de que basta con “ser bueno” y anhelar que otros lo sean para cambiar el mundo. El cambio inicia en uno mismo, es cierto, pero no es suficiente con ser bondadosos de forma pasiva y justos en nuestras relaciones directas: hace falta promover la bondad y oponerse a la injusticia.



Para saber más:

martes, 10 de enero de 2017

¡Con toda violencia!



Ante el panorama desalentador del mundo y nuestro propio país, me parece que cada vez más personas tienen en claro que hacen falta diversas formas de resistencia contra los regímenes corruptos, autoritarios y opresivos que joden las vidas de los ciudadanos comunes y corrientes. Ya sea para enfrentar a Trump en Estados Unidos o a Peña Nieto (o lo que le siga) en México, he visto a quienes abogan por la necesidad de una lucha activamente violenta. La protesta pacífica, argumentan, es inefectiva, además de que quienes la predican son clasemedieros liberales sin cojones suficientes para pelear como se debe. Después de todo, nos recuerdan, las grandes gestas históricas se han ganado mediante la violencia, no con buen rollo.

Creo que quienes hacen estos llamados tienen algunos puntos a su favor, pero creo que también hace falta recordar otros factores, y que por lo que puedo ver de sus publicaciones, nos caería bien pensar las cosas en frío. Voy a dejar de lado cuestiones éticas e idealistas para concentrarme en un enfoque pragmático. Pensemos en lo que puede ser efectivo. Esto significa que argumentos como “todo violencia es mala”, “la violencia genera más violencia” y “no puedes caer en lo mismo que combates” no cuentan, pero tampoco cuentan otros como “el pueblo tiene derecho a ser violento porque la violencia del sistema es peor”, “la no-violencia es ideología burguesa”.

En efecto, la violencia puede acabar con la violencia; sólo se necesita que uno de los bandos sea tan bueno ejerciéndola que destruya o minimice a sus enemigos con tal eficiencia que éstos queden imposibilitados de volver a ejercer violencia. Entonces la pregunta es, ¿qué violencia serías tú capaz de ejercer? ¿Serías capaz de vencer a las fuerzas armadas y derribar a un gobierno? ¿O por lo menos de tomar un territorio y resistir de forma que dicho régimen no tenga poder dentro de éste? ¿Cuentas con los recursos (armas, tropas, entrenamiento, insumos, etc.) para ejercer violencia que dañe, debilite o mantenga a raya al gobierno que pretendes combatir? Teniendo en cuenta que una vez que inicies la lucha habrá una respuesta, ¿qué violencia por parte del enemigo serías capaz de resistir? ¿Es realmente preferible ser vencidos intentándolo que seguir tolerando esta situación? Y conste que puedo concebir sin problemas situaciones en las que las respuestas puedan ser claramente positivas o negativas.

Y no, no estoy pidiendo que cites ejemplos de revoluciones históricas o guerrillas y autodefensas actuales que han podido derribar gobiernos o puesto a temblar a los poderes fácticos. Te pregunto a ti, ¿qué es lo que puedes hacer? Pues tampoco vale hacer apologías de “la violencia” en abstracto. Tienes que construir un caso para defender una estrategia violenta específica, misma que podría ser llevada a cabo en la realidad, por ti o por alguien más.



Aclaro esto porque veo que en general cuando aparecen defensas de la violencia como medio de lucha, éstas en realidad se refieren menos a una revolución armada con tropas organizadas y más bien a justificar los disturbios y motines que ocurren en protestas que “se salen de control” y que terminan con la destrucción de propiedad pública y privada.[1] Claro, como bien se ha dicho, la violencia no se realiza contra las cosas, sino contra las personas, por lo que la destrucción de objetos no se define como tal… a menos que tengamos en cuenta que esos objetos pueden ser los medios de subsistencia de personas más o menos igual de jodidas por el sistema, y que esos actos de violencia las perjudican a ellas y no al poder que las está oprimiendo. Por eso vuelvo a preguntar, ¿la violencia que ejerzas, será capaz de combatir la violencia del poder? ¿O afectará sólo a quienes no son tus enemigos mientras el poder sigue indemne?

Claro, bien puede ser que una situación con disturbios, saqueos, vandalismo, golpizas y demás, no pueda ser contenida por las fuerzas habituales del orden público, y que para reprimirla se necesite de tanta brutalidad que no pueda sino resultar en un baño de sangre (es decir, que el gobierno use una violencia muy superior a la de los amotinados). En este caso, dependiendo de la clase de gobierno, país o sociedad, imagino que puede irse por una entre tres opciones (con sus respectivas variantes y posibles combinaciones): a) el gobernante cede ante la presión y dimite o hace los cambios que se le exigen; b) el gobierno ejerce la violencia con toda su fuerza y el asunto termina en matanza; c) el régimen espera a que el amotinamiento consuma sus energías y se apague por sí mismo.

En el primer caso habría una victoria[2]; en el segundo el gobierno podría debilitar más su imagen y perder su legitimidad, acelerando con ello su caída, o podría quedar impune por décadas y sólo ser condenado por la memoria histórica (pero de cualquier forma a los muertos los tendríamos ahora); en el tercer caso podría ser la revuelta la que quede sin legitimidad ante los ojos de una población que la juzgue como un desmadre que no sirvió para nada y decida que esas luchas no valen la pena.

Ahora, tengan en cuenta que cualquiera de los tres resultados podría ocurrir con una estrategia no violenta. El punto es conocer la situación presente y la histórica, las características del propio gobierno, la opinión pública, el contexto internacional, y todos esos factores para juzgar cuál resultado es más probable para cada método, porque si se puede obtener lo mismo (victoria o fracaso) con menos porrazos valdría la pena hacer el balance. Que la causa sea justa, el estar convencido de tener la razón y la superioridad moral, no hace automáticamente que una estrategia sea efectiva.

Eso es lo que quiero poner como base de toda discusión sobre métodos de lucha (violentos o no violentos): ¿Qué es lo que se quiere lograr y cuál es la mejor forma de conseguirlo? ¿Qué es lo que va a funcionar?  ¿A qué se puede aspirar siendo realistas? ¿Qué riesgos podemos asumir? ¿Qué costos, aún en el caso de la victoria, estamos dispuestos a aceptar? Sea cual sea la estrategia a elegir, debe hacerse pensando seriamente, con organización, planeamiento, disciplina y compromiso, no solamente con ardor y visceralidad, que esto último puede producir mucho heroísmo pero pocos resultados.




[1] Es discusión aparte si esos actos son justificados no como estrategia de lucha sino como expresión legítima de descontento, independientemente de su valor práctico.
[2] Que a su vez presenta nuevos problemas. Si dimite el gobernante, ¿quién lo sucede? Si “da su brazo a torcer” y podría ser percibido como débil. En cualquier caso, ¿no podría otra revuelta, con objetivos opuestos a los de la primera, hacer lo mismo? ¿Cómo prevenirlo?

martes, 3 de enero de 2017

Los mejores libros que leí en 2016



¡Feliz año, estimados habitantes de la Tierra! Siguiendo la tradición iniciamos un nuevo periodo de 365 días recapitulando los mejores libros que cayeron entre mis manos durante el periodo anterior, para proporcionarles unas bonitas recomendaciones, y a ver si se animan. 2016 fue, como todo mundo sabe, un año horrendo para todos, en el que pasé los últimos seis meses llorando con el corazón roto. Pero por lo menos las lecturas fueron buenas, muy buenas, de ésas que te edifican y te quitan un poco lo pendejo. Como es costumbre, divido este Top 10 en dos categorías, ficción narrativa y no ficción. Haciendo click sobre la imagen de cada libro pueden leer su respectiva reseña más amplia completa. Pásenle a lo barrido.

No ficción:


5.- Por qué no soy cristiano de Bertrand Russell: Se trata de una colección de textos escritos por uno de los intelectuales más importantes del siglo XX, el filósofo, matemático y activista político Bertrand Russell. El primer ensayo de la colección es el que da título al libro. En él Russell expone brevemente sus argumentos críticos hacia la religión cristiana. Opina, por supuesto, que todas las religiones (incluido el comunsmo soviético) son falsas, pero centra su análisis en el cristianismo. Sus argumentos se pueden dividir en dos clases: de tipo intelectual y de tipo moral. En una primera parte demuele los argumentos filosóficos tradicionales que pretenden demostrar la existencia de un dios creador; en la segunda demuestra cómo las religiones cristianas han hecho y continúan haciendo mal a la humanidad. Los otros ensayos siguen una línea similar. El libro cierra con una pormenorizada narración del proceso que se siguió en Nueva York para impedir que Russell enseñara en la Universidad. Fue escrito por Paul Edwards, el mismo compilador del volumen y constituye un ejemplo, de mucha actualidad y mucha relevancia, sobre cómo los fanatismos y la intolerancia de los dogmas se oponen a la libertad de pensamiento y son siempre una amenaza al progreso intelectual de las sociedades.

4.- El cerebro accidental de David Linden: Es una breve introducción a la neurociencia, a lo que sabemos sobre cómo funciona el cerebro. De forma amena pero rigurosa, Linden presenta al lector los conocimientos científicos que se tienen sobre el fascinante cerebro humano. Éste es, resulta, no una maravillosa pieza de ingeniería, sino al contrario, una maquinaria imperfecta y defectuosa, que a lo largo de la historia evolutiva se ha ido poniendo partes según la necesidad de la especie. Los temas incluyen la percepción, la memoria, el sexo, el amor, la identidad de género, la orientación sexual, el acto de dormir y el misterio de los sueños. Linden aporta algunas luces que sobre estos inquietantes temas han logrado encender las neurociencias. Después de mucha información valiosa y detalles curiosos, Linden termina el libro con una réplica al creacionismo (tan en boga en esos años de la Era Bush), y demostrando que no hay forma de que el cerebro humano, tan deficiente como es, pueda ser el resultado de ningún diseño inteligente.

3.- Evolution for Everyone de David Sloan Wilson: Se trata de un libro que pretende introducir al lector en los principios del pensamiento evolucionista. Así es, no de explicar cómo han evolucionado las especies, sino de enseñar al público a entender la realidad a través del prisma de la teoría evolutiva. Según Wilson, no se necesita tener conocimientos científicos muy avanzados para entender los fundamentos de la teoría evolutiva, pues es tan sencilla y de sentido común que cualquier estudiante, sin importar el perfil de su carrera, puede comprenderlos y aplicarlos en sus actividades de investigación. Los primeros 10 capítulos están dedicados a exponer esos fundamentos, desde cómo funciona la evolución hasta cómo sabemos que es verdad, para lo cual Wilson brinda una gran cantidad de ejemplos maravillosos que lo dejan a uno boquiabierto. En los restantes, de un total de 36, se dedica a explorar diversos aspectos de la vida que, bajo el lente del evolucionismo, toman nuevo significado. Podemos entender el significado de las estadísticas sobre infanticidio, las condiciones que generan mayor violencia o mayor cooperación en las sociedades, el origen de las religiones, de la moral o del arte. Muchas de esas revelaciones son contraintuitivas y chocan con principios ideológicos, tanto de la derecha como de la izquierda. El libro sienta las bases para iniciar una gran conversación que seguramente se volverá más relevante y central con el paso de los años.

2.- Darwin's Cathedral de David Sloan Wilson: Si ya terminaron el libro anterior, éste es el paso que les recomiendo. Aquí Wilson plantea una teoría muy coherente de las religiones, que tiene que ver con la selección a multiniveles y con la novísima disciplina de la evolución cultural. Sucede que la selección natural no opera solamente sobre los individuos, sino sobre los grupos completos. Los grupos con indivuos que cooperan y se ayudan mutuamente tienen más posibilidades de sobrevivir y crecer que los grupos divididos por la competencia interna. Los seres humanos tenemos mentes muy complejas y somos capaces de crear culturas. Las culturas serían respuestas adaptativas a las condiciones naturales y sociales en las que los grupos humanos se han encontrado a lo largo de la historia. Las religiones, en concreto, son fenómenos culturales que evolucionan para resolver el problema de la cooperación al interior de los grupos para adaptarlos mejor a su entorno. Por mi parte, me quedé con una reflexión: ¿cómo podemos construir un sistema de valores capaz de hermanar a toda la humanidad, o por lo menos a la mayoría, de la misma forma en la que las religiones hermanan comunidades, pero sin desviarse de la realidad factual de la que nos informa la ciencia? 

1.- Trilogía del siglo XIX de Eric Hobsbawm: La magna obra de uno de los grandes intelectuales del siglo pasado es una historia del “siglo XIX largo”, el periodo de tiempo que va desde la Revolución Francesa en 1789 al inicio de la Primera Guerra Mundial en 1914. Hobsbawm divide su siglo XIX largo en tres eras: la Era de la Revolución, laEra del Capital, y la Era del Imperio. Cada tomo se escribió con casi una década de diferencia respecto al anterior, y se nota pues cada entrega está mejor escrita y estructurada por un lado, y más balanceada y menos sesgada por el otro. El libro está escrito pensando en un lector informado que ya conoce los sucesos históricos acaecidos en este periodo. Hobsbawm asume que sus lectores saben quién fue Robespierre, qué decía Jeremy Bentham y qué sucedió en Waterloo. De modo que como texto introductorio a estos temas no serviría de mucho. En cambio, el historiador se concentra en explicar las causas, las consecuencias, el significado de los sucesos históricos. Con el detalle y el rigor que lo acaracterizan, Hobsbawm aborda múltiples temas, pero siempre centrado en cómo se dio el cambio: social, cultural, político y económico. Más que presentarnos una narración de hechos históricos, su esfuerzo está en hacernos comprenden cómo esos hechos cambiaron el mundo y forjaron lo que llamamos "Historia contemporánea". Empezar a comprender los procesos de cambio social, político y cultural a lo largo de este periodo puede resultar fascinante. En especial me llamó la atención el capítulo sobre la conexión del mundo a través de las nuevas tecnologías (¡un mensaje podía ser enviado en sólo 5 minutos de Londres a Bombay a través del telégrafo!); las corrientes ideológicas en pugna y la influencia del pensamiento evolucionista en el desarrollo de las ideologías racistas y colonialistas; o el cambio del papel y el valor de las artes en la nueva sociedad burguesa, por mencionar algunos tópicos. Los últimos capítulos son muy útiles para comprender cómo Europa se precipitó hacia la guerra después de casi un siglo de paz y prosperidad. He ahí lecciones que se pueden aprender para el mundo contemporáneo. Curiosamente, de lo que más se me grabó fue que en el tiempo en que el autor escribe (la década de 1980) ya se hacían paralelismos entre esos días y los anteriores a 1914. Digo que es curioso porque esas mismas analogías se quieren trazar para estudiar la situación actual.


Ficción narrativa:

5.- Lo mejor de la ciencia ficción rusa de varios autores: Es fascinante echar un vistazo a la ciencia ficción soviética. ¿Es diferente a la tradición anglosajona? Sí, sí lo es, y de forma bastante notoria. Las diferencias se notan desde el primer relato de esta colección. La mayoría están inmersos en la cultura soviética: los científicos forman parte de instituciones de gobierno y su trabajo es siempre colaborativo (nada de genios que crean maravillas en el sótano de su casa gracias a su fortuna privada). Todos son aquí son "camaradas", sin importar cuán lejos en el tiempo nos encontremos. Pero sobre todo, los temas abordados me resultaron auténticamente novedosos. Nada de invasiones extraterrestres, robots con sentimientos o aventuras interplanetarias de las que hay ejemplos por centenas en la literatura anglosajona. Más importante aún, hay un verdadero deseo de especulación científica más o menos rigurosa: en cada relato se plantea un problema científico verosímil y se examina como experimento mental hasta sus últimas consecuencias.

4.- El barón rampante de Italo Calvino: Cosimo, hijo del barón de Rondò, no quiere un día comer el estofado de babosas que ha preparado su hermana. Escapa de casa y se sube a un árbol; jura jamás volver a bajar de él y cumple su palabra. Así empieza esta multifacética novela de Calvino, una historia no propiamente fantástica, pero sí con algo de realismo mágico, llena de peripecias fascinantes y personajes entrañables: la amistad con el bandido Gian dei Brughi, que se enamora de los libros al final de su vida; la correspondencia con los filósofos de la Ilustración, que forman poco a poco sus ideas; su romance con Viola, una mujer de extremada belleza, cuya crueldad emocional es sólo equiparable a la sinceridad de su amor. Desde su individualidad, Cosimo se acerca a la colectividad. A pesar de su condición de aristócrata y a pesar de vivir sobre los árboles, participa en la vida comunal de su pueblo; ayuda a apagar los incendios, colabora en la recolección de las cosechas y, finalmente, forma parte de una insurrección cuando la ola revolucionaria llega a tierras italianas. Es una novela muy hermosa, de ésas que me habría gustado leer más joven, de ésas cuyos sentimientos se quedan con uno durante días después de terminarla.

3.- El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad: Esta novela breve de Joseph Conrad trata del viaje de un hombre joven al Congo belga cuando acepta un trabajo como piloto de un vapor para navegar río arriba. Para él los sueños de aventura se convertirán en una odisea hacia el corazón de las tinieblas. Con una prosa increíble, evocadora de atmósferas y sentimientos sobrecogedores, Conrad hace un crudo retrato de los horrores del imperialismo europeo en África, y del ideal que lo justifica: grandiosas palabras, bonitos sentimientos y causas nobles, pero que en realidad, se trata de algo corrupto y decadente, una fuerza a favor de una barbarie incluso más brutal e inhumana de a que alega redimir a los pueblos del mundo. Pero no quiero hablar sólo de la novela, sino de la edición crítica de Norton, que es una maravilla. Para que tengan una idea, el texto de Conrad en sí consta de menos de 80 páginas. El resto de las más de 500 incluye una plétora de documentos fascinantes, entre textos contemporáneos para entender la cultura de la época, pasando por un compendio de cartas y ensayos del mismo Conrad, para finalizar con una colección de ensayos críticos y analíticos de la novela.

2.- El Conde de Monte-Cristo de Alejandro Dumas: Aquí tenemos un libro extraordinario en todos los sentidos. Es tanto una novela de aventuras que rayan en lo fantástico como una reconstrucción de los hechos históricos que marcaron el siglo XIX (en particular las Guerras Napoleónicas) y un retrato de la sociedad francesa en medio de la Revolución Industrial y transformándose hacia el capitalismo pleno. Es un relato personal que apela a los sentimientos más básicos de todo ser humano, pero también una novela profundamente política. Es por momentos una obra maestra e intemporal, y por otros una pieza cursi anclada en el más rancio de los romanticismos. Es un libro en el que aparecen duelos de honor, batallas en la lejana Grecia otomana y escenas sacadas de “Las mil y una noches”, pero en el que también juegan un papel importante los ferrocarriles, los telégrafos y las bolsas de valores; que por igual hace referencias al vampiro lord Ruthven como al banquero Rotschild. Apasionante, llena de suspenso, drama y sorpresas, es de esos libros que capturan al lector. Por momentos uno no sabe para dónde va la historia, hasta que después de cientos de páginas empieza a ver cómo todo va cayendo en su lugar, como si apareciera una hermosa pintura pieza por pieza frente a uno. Es uno de los mejores libros que he leído en años.

1.- El nombre de la rosa de Umberto Eco: Vuelvo a uno de los libros que marcaron mi vida, y a uno de mis autores favoritos, fallecidos en ese horrible 2016. Nadie lee dos veces el mismo libro, y más si han pasado casi 20 años. Ahora, después de haber aprendido un poco más de historia, de filosofía, de literatura, después de haber leído las otras obras de Eco y, sobre todo, después de haber leído a Borges, el libro se presentó ante mí como el increíble mosaico de filosofía, teología, teoría política, lógica y epistemología que es. Fray William de Baskerville, franciscano que es medio Sherlock Holmes medio William de Ockham, investiga una serie de crímenes inexplicables en una abadía del norte de Italia en el siglo XIV. Estos crímenes están de alguna forma conectados con un secreto que guarda la biblioteca de la abadía, una de las más grandes y ricas de la cristiandad. Al mismo tiempo, la abadía será la sede de un acalorado debate sobre la pobreza de Cristo, defendida por los franciscanos y repudiada por la Iglesia, que en realidad es sólo parte de la lucha de poder entre el papa de Aviñón y el emperador del Sacro Imperio Germánico. Exquisitas intertextualidades (desde el bestiario medieval hasta Conan Doyle; desde Santo Tomás hasta Borges), estimulantes diálogos sobre cuestiones filosóficas y políticas, y un fascinante retrato de la vida en la Edad Media, quedan envueltos en la trama de un relato policiaco extraordinario. El nombre de la rosa es un libro tan rico, con tantas aristas y niveles de lectura e interpretación, que puede ser leído muchas veces sin agotarse, y que mueve a reflexiones muy pertinentes para la vida actual. Por todas sus cualidades y porque no tiene desperdicio, le doy el primer lugar al que seguirá siendo uno de mis libros favoritos de toda la vida.


Para finalizar esta entrada, e iniciar bien un año que se plantea difícil y requiere de mucha reflexión y esfuerzo, les dejo estas palabras de Eric Hobsbawm, extraídas de su gran historia del siglo XIX:


LinkWithin

Related Posts with Thumbnails