viernes, 11 de agosto de 2017

Cuatro plumas blancas: Masculinidades tóxicas y guerras mundiales



En la novela de 1902 Las cuatro plumas, del escritor británico de Alfred E.W. Mason, el joven Harry Faversham cae en desgracia al desertar del ejército justo antes de ser enviado a una guerra imperialista en Sudán a finales del siglo XIX. Para señalar su desprecio por él, tres de sus camaradas y su prometida le envían cada uno una pluma blanca, marca de cobardía y deshonor. La única forma de lavar su vergüenza es cometiendo grandes actos de heroísmo y rescatar a sus antiguos compañeros de armas, atrapados en el corazón de África, para ganar de vuelta su respeto así como el corazón de la mujer amada.

Esta novela de aventuras y sus múltiples adaptaciones cinematográficas nos muestran el ideal de hombría prevaleciente en el mundo anterior al estallido de la Primera Guerra Mundal, apenas doce años más tarde. Aunque las plumas blancas como símbolo de cobardía son algo específicamente inglés, la masculinidad ha sido tradicionalmente asociada a los ideales de la valentía, especialmente en cuanto al combate. Un “hombre de verdad” es el que no teme a usar la violencia para defender a su patria, su honor o algún otro ideal abstracto. Ser cobarde, negarse a arriesgar la vida (o quitar la vida) por estos principios, implica perder la dignidad de ser hombre.

Foto completamente gratuita de Heath Ledger en Las cuatro plumas (2002)


En los últimos años se ha empezado a popularizar el concepto de “masculinidad tóxica”, refiriéndose a esos ideales de lo que significa “ser un hombre de verdad” y que resultan dañinos, incluso destructivos, tanto para los hombres como para las mujeres. A muchos hombres los condena a la frustración y conflictos emocionales por verse incapaces de cumplir con esos estándares, los hace proclives a ponerse en situaciones de riesgos innecesarios y los vuelve violentos hacia las mujeres.

Dado que muchas veces me han pedido hablar de cómo el machismo nos daña también a nosotros los hombres y dado que he estado dedicando por lo menos una entrada cada mes de agosto desde 2014 a la Primera Guerra Mundial, he optado por juntar ambos temas en uno solo. Atásquense que hay lodo.

Hombres, los de antes



En su excelente The War thad Ended Peace la historiadora Margaret McMillan hace un apasionante relato de cómo en 1914 el mundo se precipitó (o más bien, cómo Europa precipitó al mundo) hacia el desastre civilizatorio que fue la Primera Guerra Mundial, con lo que acabó una racha de casi 100 años de paz continental e inició un ciclo de catástrofes globales que no terminaría sino hasta 1945.

Uno de los capítulos está dedicado al estado de la cultura europea en las décadas anteriores al estallido. Entre otras cosas, nos dice que una preocupación de muchos europeos era la “pérdida de la masculinidad”. Muchos opinólogos se quejaban de que la sociedad se estaba “feminizando”, que ya no había “hombres de verdad”. Europa, lloriqueaban, se había acostumbrado a la buena vida de la “belle époque”. Hacía falta una guerra para revitalizar el vigor viril de las jóvenes generaciones.

¿En qué consistía esa masculinidad que se estaba perdiendo? En la violencia, la agresividad, la voluntad de dominio. La valentía que se admiraba no era tanto moral como física: el no temerle a la muerte o al dolor en el combate. Poco importaba si la causa por la que se combatía era noble o no. De hecho, el cuestionarla era una muestra más de cobardía y poco patriotismo.

“Los hombres, o eso se temía, estaban haciéndose más débiles, más afeminados, en el mundo moderno, y la fuerza y otros valores masculinos no eran tan valorados.”

Un alto líder militar se lamentaba de que los bailarines de ballet y los cantantes de ópera fueran tan valorados en la sociedad británica contemporánea. Se temía que los homosexuales, a quienes se les atribuían múltiples vicios, como la cobardía, la deslealtad y los celos, estuvieran invadiendo la sociedad. El movimiento sufragista causaba pánico y a muchos alarmaba que las familias de las clases prósperas fueran menos numerosas; ambos factores eran tomados como indicio de que la virilidad estaba declinando. Había movimientos desesperados por tratar de salvar “los valores familiares” ante las perversiones de la modernidad
“Ideas y emociones a menudo cruzaban las fronteras nacionales: el nacionalismo con sus jinetes del odio y el desdén hacia los demás […]; las demandas de honor y hombría que implicaban nunca retroceder o aparecer débil; el darwinismo social que catalogaba a las sociedades humanas como si fueran diferentes especies y promovía una fe no sólo en la evolución y el progreso, sino en la inevitabilidad del conflicto.”
Obviamente, no fue sólo la masculinidad tóxica lo que llevó al estallido de la 1GM. Hubo causas políticas, económicas, históricas y culturales mucho más importantes. Pero esos valores dañinos ayudaron a darle a esa guerra la forma que tuvo y a aumentar el sufrimiento de quienes participaron en ella.
“Con tales actitudes, la guerra a menudo parecía deseable, como una forma honorable para luchar contra el destino y como una forma de revigorizar la sociedad. Peligrosamente para Europa, la guerra llegó a ser aceptada por muchos como algo inevitable”.

Los hombres no temen



Una vez estallada la guerra muchos jóvenes a enlistarse en los ejércitos para probar su hombría. Los discursos ociosos de las épocas anteriores los habían llevado a creer que participarían en una gloriosa aventura de la que los jóvenes regresarían “hechos hombres”. Lo que vivieron fue muy diferente.  Cada joven sabía que iba a disparar y recibir disparos, pero nunca nadie cree realmente que puede ser él mismo quien morirá.

Los altos mandos militares de todas las naciones estaban convencidos de que una estrategia basada en el ataque era no sólo la más efectiva, sino la única viril y honorable. Así, en las primeras semanas de la guerra, y durante otros momentos especialmente sangrientos del conflicto, enviaron a cientos de miles de soldados en cargas contra posiciones enemigas.



Los primeros desastres, las batallas en las que miles de soldados podían morir en unas pocas horas, dieron cuenta de que en una guerra moderna, industrial y altamente tecnológica, quien jugara a la defensiva tenía siempre la ventaja (un solo hombre con una ametralladora disparando tras un parapeto podía acabar con decenas de enemigos a la carga). Pero eso no hizo cejar a los mandamases de ordenar ataques fallidos, lo que llevó a las batallas más sangrientas de la historia humana hasta su momento, en especial durante 1916.

Peor aún, muchos comandantes estaban convencidos de que, sin importar las armas de las que dispusiera el enemigo, la valentía, el arrojo, y el espíritu guerrero, es decir, los valores típicamente viriles, eran los que decidían la victoria. Así, enviaron a sus hombres a morir en situaciones en las que obviamente no tenían ninguna oportunidad. Cuando estos descabellados intentos fracasaban, los comandantes culpaban a sus soldados y los tachaban de cobardes, traidores, poco hombres. Situaciones así se dieron a lo largo y ancho de todos los múltiples frentes y en todos los ejércitos, provocando las muertes de cientos de miles de hombres jóvenes de la forma más absurda e innecesaria.

Los hombres no lloran



Para los soldados la tragedia no terminaba con haber sobrevivido al campo de batalla. Shell shock es un término coloquial para describir diversos desórdenes psicológicos y psicosomáticos experimentados por soldados durante la guerra, especialmente lo que ahora se conoce como estrés postraumático.

Incluso sin haber sufrido heridas físicas, los soldados mostraban una variedad de síntomas de origen nervioso: temblores, ceguera, amnesia, mareos, jaquecas, ataques de pánico, pesadillas, terrores nocturnos, parálisis, taquicardia, desórdenes alimenticios, ansiedad y depresión. En un principio tanto los oficiales como los médicos desestimaron estas condiciones como cobardía y falta de masculinidad, como pretextos que los soldados inventaban para zafarse de su deber sagrado o manifestaciones de histeria mujeril indigna de hombres verdaderos. Esto provocó que los hombres afectados por estas condiciones no recibieran el tratamiento médico y psicológico que necesitaban, y que incluso fueran obligados a seguir en el frente arriesgando su vida, o fueran juzgados como insubordinados o desertores si se negaban a pelear.

Claro, este fenómeno es tan antiguo como la guerra misma y aparece mencionado en las épicas y crónicas de las civilizaciones antiguas, aunque con distintos nombres. La verdad es que el hombre como “perfecto soldado”, por completo de acuerdo al ideal de masculinidad, nunca ha existido. Esto ha sido más claro cuanto peor es la guerra y la guerra industrial ha sido la peor de la historia. Lo cierto es que la guerra no es para los hombres: la guerra no es para nadie.

En nuestros días aun es difícil para los varones reconocer y tratar los problemas psicológicos como la depresión. Como viven bajo la presión de “ser fuertes”, las expresiones de “debilidad emocional” en los hombres, tales como el llanto o el miedo, son mal vistas y deben ser ocultadas. Sin saber cómo lidiar con sus emociones, acostumbrados a nunca recurrir a nadie para ello, no es de extrañar que los hombres se suiciden en una tasa mucho mayor que las mujeres.

Las plumas blancas



En 1914-1918: The History of the First World War, David Stevenson nos cuenta que al principio de la guerra, algunas mujeres británicas recorrían las calles de las ciudades y le daban plumas blancas a los hombres que vieran vestidos de civiles. Era una forma de humillar a los cobardes que no habían querido enlistarse para pelear por la patria.

A lo largo de la historia, las mujeres han tenido un papel en la perpetuación de las masculinidades tóxicas, así como la han tenido en la perpetuación del machismo. Madres, hermanas o compañeras han presionado a los hombres para que cumplan con los ideales de virilidad, aunque éstos resulten dañinos tanto para ellas como para nosotros.

Lo anterior y otras formas en las que la masculinidad tóxica daña a los propios hombres ha llevado a algunos “masculinistas” a querer plantear falsas equivalencias y hacer como si las mujeres hubieran sido tan opresivas con los hombres como nosotros lo hemos sido con ellas.

Primero, tratándose de la guerra y la masculinidad tóxica, sí es cierto que fueron los hombres, los soldados, los que (en cuanto a números) fueron quienes principalmente sufrieron por ello (aunque no se puede dejar de lado a las mujeres combatientes y civiles que también fueron afectadas por la guerra).

Pero no olvidemos lo importante: los oficiales del ejército que castigaban a sus propias tropas, los altos mandos militares que ordenaban los ataques sin sentido, los gobernantes que declararon la guerra, eran todos hombres. El poder que tenían sobre los soldados era el que tienen los ricos sobre los pobres, los viejos sobre los jóvenes, los jerarcas sobre los subordinados.



Las mujeres podían recurrir al chantaje emocional o la presión social para que los hombres cumplieran con esos ideales de masculinidad, pero no tenían el poder político, económico o siquiera la fuerza física para coaccionarlos a marchar al frente. Era un mundo, como lo sigue siendo ahora, gobernado por hombres. Como ahora, los hombres tenían el poder para oprimir a las mujeres en razón de su género y a otros hombres en razón de su estatus social o condición económica.

Pienso que los hombres tenemos derecho a exigirle a las mujeres en nuestras vidas que no traten de imponernos ideas de masculinidad que nos hacen daño. Pero esa misma exigencia debemos hacer a los sobre todo a los otros homnres. Lo que en definitiva no es válido, ni tiene sentido, es usar estos hechos como pretexto para desestimar la mucho mayor opresión en la que histórica y actualmente han vivido las mujeres o demandar a los movimientos feministas que se ocupen de nuestros problemas cuando ellas necesitan todo su tiempo y energías para luchar contra las injusticias que afectan o amenazan sus vidas.

La única higiene posible para el mundo



Como en los años anteriores a la Primera Guerra Mundial, hoy asistimos a lamentaciones sobre la que “hombres verdaderos eran los antes”. Si antaño los quejumbrosos estaban en los periódicos, ahora están en las redes sociales. Se habla de una “pussy generation”, se lamenta la pérdida de la hombría, se entra en pánico ante el fortalecimiento del feminismo y de los movimientos LGBTQ. Pero fue ese mismo anhelo de recuperar “la hombría” una de las razones que precipitaron al mundo hacia la guerra y que una vez iniciada la hicieron todavía más horrible.

Peor aún, como antaño, esos ideales llevan a quienes lamentan la “feminización” o “mariconización” de la sociedad a apoyar ideologías misóginas, homofóbicas o ultranacionalistas. Para oponerse a las “feminazis” y la “ideología de género”, se vuelven hacia figuras autoritarias que representan esa “masculinidad a la antigua”, ya sea un autócrata como Vladimir Putin cuyo gobierno impulsa políticas inequívocamente misóginas y homofóbicas (aquí y aquí), ya sean movimientos neomachistas, que sueñan con restablecer la masculinidad tradicional que se ha perdido ante el empoderamiento de las mujeres.

Pero no olvidemos que justamente tras la Primera Guerra Mundial surgieron los movimientos fascistas, que justamente colocaban la virilidad “a la antigua” como una de sus valores principales. No olvidemos que el crecimiento de esas ideologías llevó a una guerra mundial aun peor y más destructiva, con todo y sus genocidios incluidos. No olvidemos las palabras del poeta italiano Filipo Tomasso Marinetti, uno de los primeros ideólogos del fascismo:

“Glorifiquemos la guerra –la única higiene posible para el mundo-, el militarismo, el patriotismo, el gesto destructivo de los portadores de la libertad, las ideas hermosas por las que merece la pena morir y el desprecio a la mujer.”



Entonces, quienes lloran por la “pérdida de la hombría” y desean “el retorno de los reyes” deberían tener cuidado. Ser “un guerrero dispuesto a dar la vida por la patria” sólo favorece a los amos que declaran las guerras desde sus escritorios. El florecer de esos valores no lleva a nadie a la gloria ni al heroísmo; lleva a la aceptación de la violencia como parte inevitable, incluso deseable, de la vida; al desprecio de todo lo que no sea masculino; al sufrimiento íntimo de quien no sabe cómo lidiar con sus propias e ineludibles debilidades, y en el peor de los casos, a la tiranía y el genocidio.

Hemos recorrido este camino y sabemos hasta dónde llega. ¿Están seguros de que quieren "hombres como los de antes"?

viernes, 28 de julio de 2017

King Kong: En el corazón de las tinieblas




Y entonces la bestia miró el rostro de la bella
y detuvo su mano asesina
y desde ese día la bestia estuvo perdida.


Antiguo proverbio árabe


King Kong es una de mis historias favoritas. Nótese que dije “historia” y no “película”. Simplemente, me fascina todo en esta increíble aventura. Me encanta su simiesco protagonista, uno de los personajes más grandiosos que nos ha dado la Era Dorada de Hollywood. Me alucina toda la historia que hay detrás de su producción, resultado de la mancuerna entre dos tipos extraordinarios como Merian C. Cooper y Willis O’Brien. Me puedo clavar en sus múltiples capas de significado. Y bueno, tiene dinosaurios.

“¿Neta, Ego?” Se estarán preguntando con una ceja alzada “¿King Kong? ¿La historia de un gorilota que secuestra a una chica y derriba un par aviones?” Pues sí, miren. Kong es una obra maestra accidental y en este ensayo estoy dispuesto a demostrarles por qué.

Originalmente quería hacer una reseña de cada una de las versiones cinemáticas del Rey de los Monos, pero Lindsay Ellis ya lo hizo muy bien. Así que me concentraré hablarles de King Kong como una obra típicamente colonialista que se convirtió accidentalmente en una metáfora anti-colonialista. No crean que estoy haciendo un “Jurassic Park trata de la familia”; esto va en cereal.

La literatura colonial



Como relato, aunque sea una obra cinematográfica, King Kong se inserta en la tradición de la literatura colonialista, más específicamente en el subgénero del “mundo perdido”, cuyos ejemplos más señeros serían Las minas del rey Salomón de H. Ridder Haggard (1885), El hombre que sería rey de Rudyard Kipling (1888) y, vaya, El mundo perdido de Sir Arthur Conan Doyle (1912).

En la segunda mitad del siglo XIX ocurrió el gran reparto del mundo entre las potencias europeas (y, en menor medida, de Estados Unidos), con lo que da inicio una nueva “edad de oro” para el colonialismo occidental, que no se dio sólo en el “continente negro”, sino también en Asia y los archipiélagos del Pacífico y el Índico. La conquista y la explotación de los pueblos del mundo iba de la mano de un afán de exploración y descubrimiento, de la búsqueda de aventura por parte de los hombres blancos del “mundo civilizado” en tierras en las que aun podían existir magia, misterio y emociones intensas, oportunidades para que los hijos de la civilización probaran su fortaleza ante la naturaleza indómita y su superioridad frente al “hombre salvaje”.




La literatura colonial se centraba en los aspectos románticos del colonialismo: la aventura, el asombro y el combate; y las historias de mundos perdidos eran el non plus ultra de esta tradición, llevando sus tropos a niveles hiperbólicos. Si las exploraciones reales habían encontrado culturas que nunca antes habían contactado con los hombres blancos, en estas narraciones se descubrían civilizaciones que habían permanecido aisladas del resto del mundo durante siglos o milenios. Si en las expediciones históricas se hallaban animales asombrosos y escenarios naturales impresionantes, en los mundos perdidos uno podía toparse con bestias extintas mucho tiempo atrás o de plano inexistentes.

La actitud de los autores de literatura colonial hacia los pueblos de los lugares conquistados varía entre el racismo más chocante hasta cierto paternalismo benévolo, pero siempre desde una posición de superioridad. Kipling, por ejemplo, retrata a los habitantes de india como tontos supersticiosos o salvajes traicioneros; el buen indio es el que conoce su lugar y se somete servilmente al amo blanco. Kipling es famoso por haber acuñado la frase “la carga del hombre blanco”, es decir, su responsabilidad de civilizar a un mundo salvaje y violento (y lucrar con ello, dicho sea de paso).

Haggard, en contraste, expresa admiración y respeto por los guerreros africanos con los que convivió en la vida real. En un famoso pasaje de sus obras, pone en boca de su personaje Allan Quatermain una comparación expresa entre el hombre salvaje y el civilizado, encuentra en ambos la misma naturaleza bajo las apariencias y cuestiona la superioridad de la civilización. Pero no deja de retratar a los “nobles salvajes” como simples de mente.

Doyle, por su parte, no tiene empacho en mostrar el horrible genocidio de una raza de hombres simio a manos de los héroes de su historia, mismos que “ayudan” (en realidad, manipulan y dominan) a una tribu de indígenas amazónicos. De un personaje mulato llega a decir que es “tan fuerte como un caballo y tan inteligente como uno”.

El padre de Kong



Entra en escena Merian C. Cooper, un personaje extraordinario para cualquier época. Nacido en Florida en 1983, tuvo una vida llena de sucesos fuera de lo común. Antes de ser productor y director de cine, fue piloto de combate. En 1916 participó en la expedición americana para buscar a Pancho Villa en México. Entre 1917 y 18 participó como piloto de combate en la Primera Guerra Mundial, y en la guerra Polaco-Soviética entre 1919 y 21. En ambas guerras fue derribado y capturado por el enemigo, por lo que pasó un tiempo en campos de prisioneros, uno alemán y otro soviético. De este último logró escapar.

Durante la Segunda Guerra Mundial sirvió en la India, China y el Pacífico, retirándose con el grado de general brigadier. Incluso estuvo en el USS Missouri para presenciar la firma de la rendición del Imperio Japonés. En tiempos de paz se convirtió en uno de los fundadores de Pan American Airways.

Además, Cooper fue periodista, escritor de varios libros, explorador y documentalista. Fue miembro del Explorers Club y de la American Geographical Society. De hecho, se inició en el cine como director del documental Grass, sobre un pueblo de pastores en Irán. Otras producciones siguieron a este primer éxito. Combinando sus pasiones del cine y la aviación inventó novedosas técnicas que permitían filmar desde los aviones.



Cooper fue, sin duda, la encarnación del ideal del hombre moderno en las últimas décadas del colonialismo occidental sobre los demás pueblos de la tierra. Era al mismo tiempo soldado y explorador, artista y empresario, hábil con la tecnología y preparado para sobrevivir y triunfar en los territorios salvajes y primitivos del mundo.

Según lo contaba él mismo, Cooper concibió su obra maestra King Kong después de soñar que un gorila gigante aterrorizaba la ciudad de Nueva York. Sus frecuentes paseos en aeroplano entre los rascacielos de la ciudad lo inspiraron para el clímax de la película. De hecho, él fue uno de los pilotos que derribaron a Kong al final, además de ser el productor, guionista y director de la cinta. Todo un hombre orquesta, se proyecta en la obra como el personaje Carl Denham, el líder de la expedición hacia la Isla Calavera.

¿De qué va King Kong?



En principio, King Kong (1933) es una gran película de aventuras. Por ese lado, Cooper tiene una estupenda intuición narrativa. Inicia presentándonos a los personajes y les da el tiempo para desarrollarse; se sienten como individuos de carne y hueso (incluso si están estereotipados) que viven en el mundo real.

Ello es parte del aire de verosimilitud que Cooper se esmera por dar a su descabellada historia. Se ubica en el tiempo presente, en una sociedad azotada por la Gran Depresión. Los personajes discuten y especulan sobre la mítica Isla Calavera antes de llegar a ella, más o menos como lo harían los exploradores reales. De forma que una vez que empieza la fantasía más alocada, como público ya estamos enganchados.

¡Y vaya aventura! Nativos, sacrificios, dinosaurios, un gorila gigante (encarnación de la naturaleza salvaje) peleando con aviones en la cima del Empire State (símbolo máximo de la modernidad). Una Isla Calavera en la que se pueden sentir siglos de historia anterior a la llegada de nuestros protagonistas, un lugar cuyos misterios y secretos apenas empiezan a rascar.


Por supuesto, como relato recupera los tropos clásicos del subgénero del mundo perdido. La tierra lejana y exótica, los nativos hostiles, incluso los dinosaurios. La idea de un monstruo prehistórico atacando una ciudad moderna tampoco era nueva. Años antes, en 1925, se había estrenado la adaptación cinematográfica de El mundo perdido, la novela de Doyle, que contó con el trabajo de Willis O’Brien, uno de los grandes magos del cine y quien también daría vida a Kong. La película sigue al libro con bastante fidelidad, excepto por el último acto, en el que un brontosaurio es llevado a Londres y aterroriza la ciudad.

King Kong iba a ser una historia más de este tipo, un relato colonialista más en el que valerosos hombres blancos se enfrentan a la naturaleza salvaje y a las gentes primitivas en escenarios exóticos y prevalecen (y salvan a la chica).

El mismo Kong ha sido visto como una representación racista de las gentes no blancas. En efecto, la comparación de las personas no caucásicas -y en particular las de raza negra- con monos o simios ha siempre sido una constante en el discurso racista, así como la idea de que “esos salvajes quieren a nuestras mujeres”. Y si la versión de 1933 deja muy ambiguas las intenciones de Kong sobre la rubia Ann Darrow (interpretada por la scream queen Fay Wray con sus inigualables alaridos), la de 1976 (con la sensual femme fatale Jessica Lange) deja clarísimo hasta niveles ridículos que el simio gigante quería aparearse con ella.

La metáfora accidental



Cuando los aviones pelearon contra Kong, Cooper esperaba que esa escena fuera entendida como el heroico rescate de la damisela en peligro por parte de la caballería (recuerden que Cooper era uno de los pilotos), y como la derrota final del monstruo que había estado aterrorizando a la ciudad. Casi como una versión fantástica del final de la infame y grandiosa épica racista El nacimiento de una nación.

Pero entonces algo sucedió; algo que nadie se esperaba. Cuando Kong derribó al primer avión, el público rompió en aplausos. Cuando Kong cayó derrotado, la gente se entristeció. ¿Por qué? Porque no veían a Kong como el villano, sino como un héroe trágico.

Sucedió que Willis O’Brien se había esforzado por hacer de Kong algo más que una bestia sin mente. Kong es todo un personaje, con un rango muy variado de emociones. A veces muestra confusión, a veces furia, a veces satisfacción, y en ocasiones es capaz de expresar una gran ternura. Ann Darrow gritaba de terror por su presencia, pero él se ve haciendo de todo para protegerla y mantenerla a salvo, incluso sacrificando su propia vida. Al final, cuando Kong está herido de muerte, justo antes de caer del Empire State, su última acción es acariciar el cabello de Ann.


Si Kong es entendido como el protagonista y no como el villano cambia toda la perspectiva de la película, y de ser una típica aventura colonialista se convierte accidentalmente en una metáfora contra el colonialismo, como una advertencia sobre lo que sucede cuando con el afán de riquezas o aventuras, una sociedad cae sobre otra.

No la vemos ya como el triunfo de la civilización sobre la barbarie, sino como la irrupción violenta de la modernidad sobre una sociedad tradicional a la que perturba y destruye (la presencia de los extranjeros provoca que Kong ataque la aldea nativa). Como la de una sociedad frívola que viola a la naturaleza virgen y abduce de ella a un ser que en su tierra es rey y dios, que lo esclaviza y lo convierte en un espectáculo de circo y que finalmente lo mata.

Lo más curioso es que ambas interpretaciones coexisten perfectamente en King Kong: escaparate de la ideología colonialista y metáfora contra el colonialismo. Y, para bien o para mal, estas interpretaciones han sido subrayadas en lecturas posteriores. Pero antes de seguir, es necesario hacer una digresión. Si King Kong está en la tradición de la literatura colonial, una gran obra literaria ha influido enormemente en la forma de leer la historia de nuestro trágico gorila.

El horror, el horror



El corazón de las tinieblas (1899) es una novela breve del escritor polaco-británico Joseph Conrad. Trata del viaje del joven Marlow al Congo belga tras aceptar un trabajo como piloto de un barco de vapor. Para él los sueños de aventura se convertirán en una odisea hacia la oscuridad del alma humana.

Con una prosa increíble, evocadora de atmósferas y sentimientos sobrecogedores, Conrad hace un retrato de los horrores del colonialismo europeo en África. Su obra es, entre muchas otras cosas, una necesitada desromantización de los mitos coloniales que se perpetuaban en las novelas de aventuras.

En su retrato del colonialismo, Conrad deja en claro que éste sólo trae sufrimiento inmerecido para los africanos y degradación moral para los europeos. Los primeros son sometidos a la esclavitud, la guerra, la deportación, las enfermedades y la tortura. Los últimos revierten a sus instintos más bajos, se vuelven indiferentes, crueles o perversos. No hay en estas tierras exóticas aventuras, sino pestilencia, calor insufrible y parásitos. No está ahí la gloria de “expandir la civilización”, sino la esclavitud, las matanzas y las violaciones.

¿Es Conrad racista? Sí, pero también es anti-imperialista. Es decir, retrata a los africanos como criaturas salvajes, parte indistinguible de la selva voraz que domina las riberas del Congo. Sus maneras son animalescas y su lenguaje son sonidos infrahumanos. Pero también es capaz de sentir empatía por ellos, víctimas de una brutalidad inhumana, de unas leyes y castigos que llegaron del océano incomprensiblemente como un atroz prodigio.


Se han hecho múltiples interpretaciones de la novela y su rica simbología. Aquí va la mía: Kurtz, el jefe de la estación central extractora de marfil, es una personificación del colonialismo europeo. Se habla de él como una Voz, se elogia su gran elocuencia ("expandió mi mente, me hizo ver cosas"), su genio multifacético (es pintor, músico, periodista), la forma en que los nativos lo idolatran como un Júpiter que sostiene el rayo en sus manos.

Pero ¿quién es en realidad? Sus palabras, sus ideas, su fama pueden hablar de grandeza, pero su aspecto físico muestra la cercanía de la muerte y la animalidad: está calvo, consumido, se arrastra en cuatro patas; y sus acciones muestran la brutalidad a la que ha descendido: decapitaciones, trofeos macabros, un harem de mujeres nativas, matanzas y pillaje, e "inefables rituales" de cuya naturaleza el narrador calla. Su famoso panfleto acerca de la eliminación de las costumbres bárbaras inicia con exaltaciones nobles a la gran causa civilizatoria, pero conforme avanza se va haciendo más y más delirante hasta terminar con la frase "¡extermínenlos a todos!".

En eso consiste el ideal del colonialismo occidental: grandiosas palabras, bonitos sentimientos y causas nobles. En realidad, es algo corrupto y decadente, una fuerza a favor de una barbarie incluso más brutal e inhumana de la que alega redimir a los pueblos del mundo. Y es que, como dice Marlow sobre Kurtz, "toda Europa contribuyó a su creación". O lo que es lo mismo, Kurtz es Europa.

Apocalipsis ahora



La importancia cultural de El corazón de las tinieblas es insoslayable y ha sido sujeta a múltiples interpretaciones. Una de las más famosas adaptaciones de la novela es la magna obra de Francis Ford Coppola, Apocalipsis ahora (1979), con un inigualable Marlon Brando como el coronel Kurtz.

Si Conrad desromantizaba el mito colonialista europeo del siglo XIX, Coppola hace lo propio con el mito imperialista estadounidense de mediados del XX, al transportar la acción al escenario de la guerra de Vietnam (subvirtiendo así el mensaje original del guionista John Milius, un tipo bastante de derechas). Los europeos conquistaban en nombre de la civilización; los americanos en nombre de la libertad y la democracia. Ambos dejaban a su paso destrucción y barbarie en los territorios conquistados, y degradación moral o traumas psicológicos en generaciones de soldados.

¿Qué tiene que ver todo esto con King Kong? Nada, en principio. La película original sigue la tradición de la literatura colonialista sin cuestionarla. Lo mismo la ridícula versión de 1976, excepto que mete algunas preocupaciones ambientalistas en boca del personaje de Jeff Bridges, y algo del discurso de “dejar a los nativos en paz”, aunque sean unos salvajes.

Pero todo cambió cuando Peter Jackson tomó las riendas de un nuevo refrito en 2005. Jackson pretendía hacer una cinta realmente ambiciosa, comparable a su trilogía de El Señor de los Anillos. Bueno, sin duda hizo una película muy larga.




La influencia de El corazón de las tinieblas en la nueva adaptación es bastante literal. Con saber que uno de los personajes, el joven Jimmy, lee la novela durante el viaje a la Isla Calavera. Su mentor, el primer oficial Ben, comenta el libro con él, y lo que dice acerca de internarse hacia el centro de la oscuridad es como un presagio de lo que los personajes están por vivir en la tierra de Kong.

Estos ecos de la obra de Conrad se presentan de nuevo en Kong: Skull Island (2017) de Jordan Vogt-Roberts, cinta cuyo estúpido guión no merece el talento de su director ni de su reparto multiestelar. En fin, esta película tiene dos personajes llamados precisamente Conrad y Marlow. Además, se sitúa justo después de la retirada de Estados Unidos de la guerra de Vietnam, varias tomas con helicópteros militares volando en el crepúsculo remiten inequívocamente a Apocalipsis ahora, y el personaje de Samuel L. Jackson tiene ecos del Kurtz de Marlon Brando.

No hay mucho que decir de esta película, en la que Kong no es ni siquiera un personaje, sino una fuerza de la naturaleza que protege la Isla Calavera. Por primera vez, los nativos no son bárbaros que están tratando de comerte o sacrificarte. En cambio, tienen una pequeña utopía sin carencias y violencia, protegidos por Kong. Una visión benévola, pero también condescendiente: son los “buenos salvajes” de Rousseau.

Fue la bella quien mató a la bestia


Pero volvamos a la versión de Peter Jackson, que es la que importa para este análisis. No hay mucho que su versión aporte al relato de Kong; fuera de mejores efectos especiales y secuencias de acción más impresionantes (y de que es muuucho maaás laaarga), lo esencial ya estaba ahí. Sin embargo, lo detalles que añade de su propia cosecha son suficientes para transformar el significado de la película.

Lo que antes fue accidental, ahora es deliberado. Kong es el personaje protagónico y, gracias al talento del magnífico Andy Serkis, uno todavía más humano que la creación de Willis O’Brien, un Kong con el que el público simpatiza casi de inmediato. Su captura, su exhibición y su muerte son momentos diseñados para hacernos sentir empatía por el gigante. En sus batallas está muy claro que debemos estar de su parte.

Su relación con Ann Darrow (ahora interpretada por Naomi Watts) es completamente distinta. De entrada, el absurdo subtexto sexual es eliminado: Kong se interesa por Ann porque se trata de una criatura curiosa que hace cosas divertidas, y con la que luego desarrolla una sincera amistad. Ella al principio está aterrada por el gorila, pero luego se encariña con él, como cualquier persona se encariñaría con un perro, un caballo o algún otro animal inteligente y capaz de demostrar afecto.

El “proverbio árabe” inventado por Cooper es modificado ligeramente por Jackson. Ahora dice “y la bella detuvo la mano de la bestia”, lo que da cuenta de que el personaje de Ann tendrá mucha más agencia en esta historia, no sólo como una chica bonita que hizo que Kong se obsesionara con ella, sino como alguien que con su gran compasión se ganó el corazón de la bestia.

El personaje de Carl Denham es cambiado de un avatar de Merian C. Cooper a un Jack Black cualquiera. En vez del osado productor de cine, tenemos a un fracasado estafador, charlatán y cobarde. Su expedición no es una emocionante aventura, sino una tragedia tras otra, y todo ello motivado por la más frívola de las razones: montar un espectáculo para hacer dinero. Todo ello justo en el escenario de la Gran Depresión, el momento de mayor fracaso para el capitalismo. Este Denham no es el héroe colonial, sino el hijo de la sociedad del espectáculo. Aunque de forma mucho más ligera y amable, Jackson hace un poco con Denham lo que Conrad hace con Kurtz: usar al personaje para mostrar el verdadero rostro del colonialismo como una empresa denigrante.



Se ha dicho que la representación de los nativos de la Isla Calavera en esta versión es aun más racista, porque en la cinta de 1933 éstos por lo menos parecían personas reales, cuando aquí son retratados casi como criaturas subhumanas. Yo no estoy de acuerdo, y creo que es todo lo contrario. Mientras en la versión de Cooper los nativos eran expresamente melanesios -es decir, una cultura existente-, en la de Jackson hay un esfuerzo por crear un pueblo que se sintiera completamente ajeno a todo lo conocido, que no pudiera relacionarse con ninguna cultura del mundo real ya fuera por su aspecto, su lengua o sus artefactos.

En la versión de Cooper se establece que esos nativos no pudieron ser los constructores de la Muralla que contiene a los dinosaurios al otro lado; que esa estructura recuerda más bien a civilizaciones antiguas como los egipcios. Queda implícito que los melanesios llegaron a la Isla Calavera en una emigración posterior. En cambio, en la versión de Jackson se sugiere que estas personas eran los descendientes de quienes construyeran no sólo la muralla, sino otros edificios desperdigados por toda la isla -lo que da cuenta de la grandeza que alguna vez llegaron a alcanzar. Sin embargo, tras milenios de aislamiento, esa cultura se encuentra en decadencia.

A mi parecer esta reinterpretación de los nativos de la Isla Calavera es mejor, puesto que al inventarse un pueblo ficticio sin esquiva la incómoda posición de parecer que hace un juicio sobre culturas existentes y así evita caer tanto en la actitud despectiva de la versión de 1933 como en la condescendiente de 2017.

A Dios encadenado



Peter Jackson toma un típico relato colonialista y le da un giro total a sus significados. Parte de la alegoría en la que sin querer se había convertido la versión original y la pone deliberadamente en el centro de su nueva adaptación. Reinterpreta King Kong bajo el cristal de El corazón de las tinieblas y tiene la enorme ambición de hacer una película aventuras en tierras fantásticas con bestias imposibles que al mismo tiempo desromantice los lugares comunes de la literatura colonialista.

Detrás de la fantasía y las emociones, Jackson nos entrega la trágica historia de un dios abducido por una civilización colonialista, que todo lo corrompe y lo comercializa, en la que encontró por un instante a una sola persona que se compadeciera de él. Que al final se rebela contra sus captores y conquista el máximo templo de la modernidad, pero que no puede resistir contra todo el poder de su tecnología bélica.

Quizá podríamos reprochar a Jackson que se pasó de la raya al tratar de hacer tan compleja una historia que en principio era muy sencilla, pero fuera de sus fallas (el primer acto es francamente aburrido y la escena en el lago congelado es ñoñísima), me parece un experimento fascinante, porque no sólo quiere volver a contar la historia de Kong, sino enfatizar el significado de ese relato para la cultura contemporánea y sus diferentes relaciones intertextuales. ¿Pretencioso? Sí, como este ensayo de ocho páginas. Pero fascinante.



Y ahora, un poema:

Mírate, Dios, encadenado, antes todopoderoso,
cautivo por deseo dorado,
blasfemo, pero merecido,
convertido en circo
para chisteras y monóculos,
lejos de los titanes,
del olimpo jurásico,
lejos de los tambores extáticos,
de la orgía y del sacrificio.
¡Rebélate!
Haz añicos tus cadenas y despliega tu furia divina
sobre los templos de acero y concreto,
sobre los insectos mecánicos.
¡Que retumbe el éxtasis de los tambores!

Kong
     Kong
          Kong

sábado, 15 de julio de 2017

Iron Man 7: Spider-Man regresa a casa



¡Hola, ñoños! Les traigo la reseña de la última película de la saga del invencible Iron Man, que vi hace casi una semana, pero que no había tenido tiempo de platicar con ustedes. Este nuevo capítulo, Iron Man 7: Spider-Man's Homecoming se centra en el pupilo y patiño de Tony, el jovensísimo y simpático Peter Parker -a quien ya conocíamos desde Iron Man 6: Civil War-, en su lucha por demostrar que es un digno heredero del manto del Hombre de Hierro.

Peter cuenta con una versión personalizada del traje de Iron Man, hecho para que pueda sacar provecho de sus superpoderes arácnidos, pero con las innumerables ventajas que le ofrece toda la tecnología de Industrias Stark, incluyendo su propia inteligencia artificial para guiarlo y un dron arácnido multiusos.

El villano, por enésima ocasión, es alguien resentido con Tony Stark porque, admitámoslo, él es un chingado cretino de mierda. Y por enémisa ocasión, este villano se crea un traje de combate para repartir madrazos. Birdman (así se llama, ¿no?) utiliza tecnología alienígena que ha ido recogiendo de las diferentes batallas de los Vengadores para fabricar armas, tanto para uso propio como para vender al mejor postor.

Peter, por su parte, deberá balancear su vida personal, en especial su interés en la guapa Liz y su lealtad hacia sus amigos y compañeros de clase, con su fuerte vocación de ser el siguiente Iron Man. Pero como todo le sale mal siempre, decepciona a medio mundo al intentarlo, hasta que descubre el verdadero significado de ser un héroe... o algo así. Y... pues ya, eso es todo.



Hablando (un poco más) en serio, no hay gran cosa que decir de esta película. Es muy, muy divertida. Tom Holland tiene un gran carisma como el adolescente Parker y la película tiene una gracia natural que supera por mucho todas las otras de Marvel, incluyendo Ant-Man y Guardians of the Galaxy. Me reí muchísimo, la verdad, y me encantaron momentos como "Spidey trata de atravesar un suburbio". Hilarante. Es una cinta de superhéroes muy ligera, pero efectiva para entretener, bien narrada y bien actuada.

Lo mejor es sin lugar a dudas Michael Keaton como Adrian Toomes, el mejor villano del MCU desde Loki (o sea, el único otro siquiera memorable). Es un personaje ambivalente cuyas motivaciones son comprensibles y que puede ser muy empático, pero cuyas acciones violentas y ciertos aspectos de su personalidad lo hacen escalofriante.

Keaton con y sin el traje de Vulture

La película desecha mucho del cómic original. No hay Mary Jane (¿Michelle? ¿Quién es Michelle?), no hay Harry Osborne (¿Ned? ¿Quién es Ned?), no hay Gwen Stacy (¿Liz? ¿Quién es Liz?), Flash (¿siquiera es Thompson?) es un chingaquedito en vez de un bravucón, no hay Daily Bugle y la tía May está bien rica. Estos cambios están bien, puesto que se pretende que el Spider-Man del MCU tenga una identidad única y diferente a las encarnaciones anteriores. Y bueno, Peter sigue siendo el ñoño de buen corazón al que casi nada le sale bien y a quien todos amamos.

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¿Qué no me gustó? Bueno, que es una película muy superflua, tanto si la comparamos con el material original como con las dos adaptaciones anteriores. Peter Parker es un personaje atribulado y marcado por la tragedia. Decide convertirse en superhéroe atosigado por la culpa y por un recién descubierto sentido de la responsabilidad. Es alguien que ha perdido a seres queridos por causa del eterno dilema entre ser un héroe o una persona normal y feliz.

En Iron Man 7, sin embargo, la motivación de Peter nunca se discute. Intuimos que la muerte del tío Ben tuvo algo que ver, pero nunca se menciona. Parece que más bien le entusiasma la idea de ser el próximo Iron Man, que esto de ser superhéroe le parece divertido. Pero parafraseando a Yoda "¡Aventura! ¡Emociones! Un héroe no busca esas cosas!" Por decirlo de otra manera: Peter Parker no es alguien que ande buscando entre los callejones a ver cuándo le sale una pelea interesante. Peter Parker es alguien que tiene que llegar a la chamba a tiempo porque tiene que pagar el alquiler y las medicinas geriátricas de la tía May y piensa "¡rayos, ahora no!", porque ve que además de todas sus broncas tiene que detener un asalto.

Aunque el villano me cayó muy bien, sus villanías me eran más o menos indiferentes. Déjenme les explico. En Iron Man 7, el villano no iba a destruir la ciudad, a matar a un montón de personas o a amenazar directamente a Peter y a sus seres queridos. Lo que iba a hacer era robarle algunas cosas a Tony Stark. Había muy poco en riesgo si tenía éxito. Es más, yo quería verlo ganar, dar un último golpe y retirarse. 

Iron-Bird-Man

De hecho, fuera de salvar a sus amiguitos de un desastre que él mismo ocasionó, lo único que hace Spidey en esta peli es proteger la propiedad privada de los ricos: Tony Stark y un banco. La neta, ¿qué me importa a mí, pobre asalariado, si se roban un cajero automático sin lastimar a nadie? Salió peor con la intervención de Pete, porque acabó volando en pedazos la lonchería de su cuate.

Ahora, voy a sonar como un viejo cascarrabias, pero repetiré lo que he estado diciendo desde hace 10 años: Spider-Man 3 no estaba mal. Por lo menos, no es significativamente peor que las otras dos. Y aún si así fuera, no era necesario un maldito reboot (de hecho, fue más taquillera que las dos con Andrew Garfield), sólo le tenían que echar más ganas a la siguiente entrega. Pero decidieron tirar a la basura una saga que iba bien y de paso dejaron una historia inconclusa.

Pero bueeeno... Tampoco The Amazing Spider-Man 2 estuvo taaan mala como para mandar todo a la mierda ¡otra vez! Y dejar otra historia inconclusa, de paso. Y si iban a hacerlo, ¿por qué no ir de una vez con Miles Morales? Ya estamos un poco hasta el huevo de Peter Parker, ¿no?

La película se llama Homecoming, que es un baile escolar que tradicionalmente se celebra en las prepas gringas a principio de año. En español le pusieron De regreso a casa, una traducción muy literal, porque nadie regresa a casa... Pero luego me puse a pensar y me cayó el veinte ¡Spidey regresa a casa, a Marvel! Y si algo bueno saldrá de esta peli será el verlo convivir con los héroes y villanos de este grandioso universo siempre en expansión. Y sí, quiero ver que hará Spidey durante las Infinity Wars.

Ahora, una idea millonaria, ejecutivos de Marvel Studios que seguro leen mi blog: ¡SPIDER-VERSE! Imagínenlo: traer de vuelta a Tobey McGuire como un Spider-Man cuarentón retirado, casado con Mary Jane y padre de una adolescente que en secreto es Spider-Girl. Traigan a Andrew Garfield como el Spider-Man más darks y amargadón por la muerte de Gwen Stacy. ¡Traigan de vuelta a Emma Stone como Spider-Gwen! ¿Cómo reaccionaría Spider-Andrew al verla? Casteen a un Miles Morales. Pónganlos junto en el universo de Tom Holland y ¡voilá! Algo como lo que hicieron con X-Men: Days of the Future Past, que antes habría parecido imposible. Venga, Marvel, inténtalo, ni siquiera tendrías que pagarme por la idea.


viernes, 30 de junio de 2017

¿Por qué odiamos a los veganos?



Estaba mañana estaba checando mi muro del feis cuando de pronto me topé con un meme provegano compartido por uno de mis contactos. Mi primera reacción, como casi siempre que se trata de algo vegano, fue de una ligera irritación y un impulso por poner algún tipo de burla o refutación. Pero luego me quedé pensando, ¿por qué? ¿qué me importa? Además vi que otros ya habían reaccionado expresando su desdén o asco al meme y yo no quería ser mainstream pensé que era lo mejor detenerse y reflexionar un momento.

El meme no era agresivo contra los consumidores de carne y productos animales. Era sólo una defensa del veganismo y lo que ellos significa para sus adherentes. Todo esto me llevó a pensar, ¿por qué nos cagan tanto los veganos?



Ya había hablado de mi opinión sobre el vegetarianismo y el veganismo en esta entrada ya clásica que incluye a un becerro chupándole las tetas a una modelo brasileña. En pocas palabras, me parece una postura ética completamente respetable, siempre y cuando no nos la quieran imponer a los demás y no anden difundiendo pseudociencias para sostener sus ideas.

Es cierto que sus aires de superioridad moral y su postureo nos cagan, como la de otros grupos mochos (como los religiosos moralinos) y que a nadie le agrada que los demás estén chingue y chingue tratando de "convertir" a uno. 

Pero, ¿tienen amigos veganos o vegetarianos? Yo sí, varios de ellos, porque #Millennial. De hecho, como les conté, yo fui vegetariano en mi adolescencia, por #PinshiChiquitoContreras. Bueno, si los conocen en persona notarán que en realidad los veganos no cumplen con el estereotipo de loco que anda chingando gente. Pueden ir a comer contigo, y no te la van a estar haciendo de pedo a menos que tú los cuestiones primero. Entonces naturalmente defenderán sus creencias. Pero por lo general pueden convivir sin estar queriendo meternos brócolis por el esófago a la fuerza.

Es cierto que en Internet muchos de ellos se ponen al pedo y aprovechan cualquier oportunidad para polemizar al respecto en los foros públicos y secciones de comentarios, pero también es cierto que asi lo hace todo mundo, porque Internet nos vuelve peleoneros y medio idiotas.

Digo, que alguien sea cursi y medio mamón no es para odiarlo... ¿o sí? Entonces, ¿por qué tanta hostilidad contra los veganos? Hostilidad que a menudo llega al punto de usar jaque mates estúpidos y que no vienen al caso como cuando se demuestra que las plantas sí sufren de alguna forma al ser comidas, o que hasta el veganismo ocasiona la muerte de animales pues ésta es inevitable en la agricultura. Digo que son observaciones estúpidas y que los omnívoros nos vemos tontos celebrándolas, pues los veganos (por lo menos los que no están chiflados) ya saben todo esto y en su mayoría no presumen que sus hábitos estén por completo exentos de causar sufrimiento, sino que reducen el sufrimiento total en el mundo de los seres vivos.



Una de las razones es que lo diferente por lo general causa hostilidad y el veganismo es, hasta ahora, una excentricidad. Pero eso no es todo, ni lo más importante. Sucede que si a menudo los veganos hacen afirmaciones factualmente falsas (y muy a menudo creen en toda clase de mamadas esotéricas), la verdad es que su postura es de naturaleza ética: independientemente de si los seres humanos somos omnívoros por naturaleza, independientemente de si el consumo de carne y lácteos es bueno para la salud, comer animales es moralmente incorrecto.

Creo que es esto lo que nos pone al brinco. Porque si bien la mayoría de las tonterías en las que cree la gente son para rodarles los ojos y dejarlos ir, el veganismo, al tratarse de una postura ética, amenaza nuestra identidad, nuestro concepto de nosotros mismos. Porque resulta que si el veganismo está en lo correcto, entonces nosotros no solamente estaríamos equivocados, sino que implicaría que de alguna forma somos malvados

Y eso es lo que nadie quiere pensar, que uno es malvado, que el estilo de vida que uno lleva, que considera normal y moralmente neutro, es realmente de una perversidad tal que condena a la muerte y sufrimiento de millones de seres sentientes todos los años. 



Pues he ahí la razón por la que odiamos con los veganos, por la cual pensamos que no son sólo unos loquitos, sino gente que merece el escarnio constante y a la que queremos verla equivocarse y ser humillada.

No comparto la postura vegana, y creo que cualquier persona que ande jodiendo a los demás o difundiendo mentiras merece encontrarse con una buena refutación, o incluso con una buena sátira para frenarla. Tampoco creo que ese "miedo a ser el malo de la película" sea la única razón para querer meterle un coscorrón a alguien. 

Pero creo que los omnívoros deberíamos repensar nuestra actitud hacia estas personas, en especial cuando reaccionamos visceralmente y queremos ser nosotros quienes joden a quien no se estaba metiendo con nadie. Vive y deja vivir, pues.



PD: Escribo esto con una rebanada de rica pizza de pepperoni en la mano.

viernes, 23 de junio de 2017

Ciencia ficción para tiempos rebeldes



La ciencia ficción no sólo nos permite imaginar el avance de la ciencia real y de la tecnología, sino que nos da la oportunidad de explorar las múltiples posibilidades de las sociedades humanas, los temores y esperanzas que tenemos respecto a nuestras vidas individuales y colectivas. La utopía y la distopía han sido los subgéneros por excelencia para hacer experimentos mentales al respecto (piénsese en La Nueva Atlántida de Francis Bacon o Fahrenheit 451 de Ray Bradbury), pero hasta la space opera, considerada un subtipo más ligero y fantástico, puede ser un vehículo para ese propósito.

Vivimos tiempos históricos interesantes, para bien o para mal. Los primeros años de la presente década fueron marcados por una multitud de movimientos sociales masivos que se extendieron por todo el mundo, desde el Cairo hasta Nueva York, desde Madrid hasta Hong Kong. Estos movimientos fueron protagonizados principalmente por jóvenes desencantados con la situación política, las crisis económicas y la erosión de la democracia en sus países. Ya fuera protestando contra dictadorzuelos o contra el poder de las corporaciones, toda una generación obtuvo su bautizo de fuego en participación  cívica y activismo político durante esos movimientos.

Después, en la segunda mitad de la década, empezamos a vivir una violenta reacción. El ascenso del fundamentalismo islámico en Medio Oriente y de las ideologías fascistoides, ultraconservadoras y nacionalistas en Occidente. Como si el mundo hubiera dado un giro de 180 grados, aunque en realidad las fuerzas que detonaron una Primavera Democrática global siguen presentes. Pueden leer la historia completa de estos sucesos aquí.

Mientras tanto, es notable el papel de la cultura pop y de la ciencia ficción en estos momentos. La gran literatura, el arte y el cine a menudo han sido baluartes de resistencia, de crítica social y de reflexión ética, incluso de inspiración revolucionaria ante las pretensiones burdas del fanatismo y el autoritarismo. Quién lo diría, pero para ser que, en esta ocasión, uno de los bastiones de los valores progresistas y liberales, incluso revolucionarios, terminaron siendo ciertas expresiones de la industria del entretenimiento, otrora considerada invariablemente un herramienta de la ideología hegemónica. Aquí pueden ver algunas otras reflexiones al respecto.

Curiosamente, los últimos años también han visto un renacer del cine de ciencia ficción, que se había perdido casi por completo en la década anterior, dominada más por la fantasía heroica en las tradiciones de Harry Potter y El Señor de Los Anillos y por el cine de superhéroes. Películas como Moon, Inception, Gravity, Her, Interstellar, Ex Machina, The Martian o Arrival señalan la buena racha que estamos viviendo, con por lo menos una o dos obras realmente grandes cada año y otras muchas bastante buenas.

He seleccionado diez películas que caen en la categoría de ciencia ficción y que de una forma u otra forma abordan algunos de los temas más relevantes de nuestros difíciles tiempos. Son películas que denuncian los males de la sociedad contemporánea, que usan alegorías o hipérboles para señalar los peligros de la desigualdad social, de la opresión por raza, género u orientación sexual, del autoritarismo, la manipulación mediática y del poder económico concentrado en unos cuantos. Son historias que invitan a luchar contra el poder, a pelear por la libertad. Pero sobre todo, son películas en las que la esperanza, sin importar cuán oscura se torne la situación, tiene un papel fundamental. 

Su calidad varía entre la obra maestra del séptimo arte hasta la intrigante pieza de entretenimiento inteligente; sus ideologías varían desde el liberalismo progresista hasta el feminismo y el anarquismo; los monstruos a los que invita a combatir van desde el fascismo hasta el capitalismo salvaje. Algunas de ellas han provisto símbolos para las luchas en el mundo real. Y son ideales para frikis de izquierda como su seguro servidor. Ésta es la ciencia ficción para la generación Okupa. Aquí las tienen en orden cronológico:

V FOR VENDETTA
(2005)
Dir: James Mcteigue
Con: Hugo Weaving, Natalie Portman, Stephen Rea, William Hurt y Stephen Fry


Si ustedes llevan tiempo siguiendo este blog sabrán que esta película y la novela gráfica en la que se basa son de mis obras favoritas. Mezcla de los géneros distópico y de superhéroes, nos cuenta la historia de V, un misterioso vigilante enmascarado que lucha una guerra personal contra la dictadura fascista que gobierna Inglaterra. En su camino conoce a Evey, la hija de unos activistas asesinados por el régimen, y quien vivía en una tranquila mediocridad hasta toparse con V. El régimen totalitario encabezado por Adam Sutler y su partido Norsefire se caracteriza por su ultranacionalismo, intolerancia, persecución brutal de la disidencia, un aparato propagandístico que manipula la opinión pública y un sistema de vigilancia casi omnisciente que tiene a la población en temor constante. Mientras asistimos a la operación de V para destruir al régimen, conocemos más sobre cómo los fascistas llegaron al poder y lo que esto significó para el pueblo británico, en especial las minorías y grupos oprimidos.

Esta cinta quizá aborda más temas relevantes que ninguna otra de la selección (fascismo vs anarquismo, control ideológico, corrupción eclesiástica, gobierno espía, racismo, homofobia, xenofobia, opresión de la disidencia), y personalmente la he usado para mis clases de filosofía, pues puede relacionarse con varios temas y autores contemporáneos (la libertad radical de Sartre, el vigilar y castigar de Foucault, a manipulación mediática de Chomsky, el superhombre de masas de Eco o el anarquismo de Emma Goldman). Además, como habrán notado, la máscara de V se ha convertido en un símbolo de rebeldía a lo largo y ancho del mundo, apareciendo en diversas protestas y manifestaciones, en especial como emblema del colectivo hacktivista Anonymous.

CHILDREN OF MEN
(2006)
Dir: Alfonso Cuarón
Con: Clive Owen, Clare-Hope Ashitey, Julianne Moore, Chiwetel Ejiofor y Michael Caine


Del compatriota Alfonso Cuarón nos llega esta ambiciosa cinta sobre un futuro cercano en el que, por una misteriosa razón, las mujeres no pueden embarazarse y ningún niño humano ha nacido desde hace 18 años. El Reino Unido se ve inundado por refugiados que huyen de la guerra en países del tercer mundo, mismos que reciben un trato inhumano por parte de las fuerzas autoritarias del país. Al mismo tiempo, el terrorismo y la crisis ambiental se suman a los problemas de la raza humana. En este contexto Theo, un cínico funcionario de gobierno, se encuentra con Kee, una joven refugiada y la única mujer embarazada en el mundo. Diversas facciones están dispuestas a matar con tal de tener a Kee en su poder, y Theo dedica todas su fuerzas a protegerla, pues ella es el futuro de la humanidad.

Aclamada por la crítica debido a su hermosa realización, pero poco taquillera en su momento, esta cinta ha cobrado relevancia desde su décimo aniversario, cuando empezó a sobresalir por su acertada predicción de un futuro sombrío. Con un tercer mundo azotado por la guerra, Europa se vuelve más y más xenofóbica y paranoide, en especial ante la muy real amenaza del terrorismo. No estoy seguro de que sea la intención de los autores, pero una interpretación que leí me gustó mucho: la infertilidad humana en la cinta es una alegoría de nuestra esterilidad intelectual en la actualidad, pues nos vemos incapaces de encontrar soluciones filosóficas a los problemas existenciales que enfrenta. En este sentido, me llama la atención que la misteriosa organización Proyecto Humano, hacia la que nuestros héroes deben escapar, esté formada por científicos e intelectuales. Pueden leer más sobre la importancia de esta película, sin duda la mejor de la lista, en esta entrada del Pensador Sereno.

DISTRICT 9
(2009)
Dir: Neill Blomkamp
Con: Sharlito Copley, Jason Cope, David James y Vanessa Haywood


La aclamada Opera prima de Blomkamp nos habla de una nave extraterrestre que un día aparece sobre Johannesburgo, Sudáfrica. No se trata de una invasión, sino de refugiados buscando asilo. Los extraterrestres vienen débiles, enfermizos y mugrientos. Como respuesta, el gobierno sudafricano los arroja en un campamento de refugiados, más bien un gueto de miseria. Los extraterrestres son discriminados y reciben un trato inhumano por parte de la población, pero sobre todo por el gobierno y las fuerzas de seguridad. Harto de la situación, un extraterrestre llamado Christopher Johnson hace planes para escapar junto con su hijo y volver a su lugar de origen, pero serán perseguidos por un funcionario del gobierno llamado Wikus van der Merwe.

La película explora temas como la segregación, el racismo, la xenofobia y la naturaleza misma de lo que llamamos "humanidad". La inspiración más obvia es el apartheid sudafricano del siglo XX, así como las situaciones de refugiados de guerra e inmigrantes en todo el mundo, que son arrojados a zonas donde sufren pobreza y son brutalizados por los gobiernos locales mientras la comunidad internacional se hace de la vista gorda. En esta historia los extraterrestres tienen inteligencia y emociones humanas, pero por su aspecto insectoide son tratados como plagas. Si la ficción es un excelente vehículo para generar empatía, esta cinta se vuelve muy relevante en los tiempos de crisis de refugiados que estamos viviendo.

IN TIME
(2011)
Dir: Andrew Niccol
Con: Justin Timberlake, Amanda Seyfried, Cillian Murphy, Vincent Kartheiser y Olivia Wilde


Imagina un futuro en que la ciencia ha descubierto el secreto de la juventud eterna, y en el que todas las personas tienen la apariencia de alguien de 25 años. Pero esto no resuelve los problemas de la desigualdad social, para nada. Las clases dominantes han establecido una inequidad basada en el tiempo restante de vida. Cada persona tiene un tiempo determinado que además usa como divisa. Los pobres tienen que trabajar cada día para ganar algunas horas, mientras que los ricos acumulan millones de años. Cuando un ricachón deprimido le da al joven trabajador Will más de un siglo de vida, todo el orden social podría ponerse de cabeza, pues nuestro héroe se convierte en una especie de Robin Hood que está dispuesto a exponer y derribar el sistema.

Esta película pasó relativamente desapercibida y es una lástima, porque me parece sumamente pertinente después de la crisis económica iniciada en 2008. Es cierto que la premisa se antoja demasiado fantástica, pero una vez superada la incredulidad funciona a la perfección como una alegoría de la creciente desigualdad económica de nuestros tiempos, en que el un mínimo porcentaje de los seres humanos acumula más y más riquezas, mientras la brecha entre ricos y pobres se ensancha. Sobre todo, nos muestra lo absurdo de un mundo en el que existe riqueza suficiente para que todos puedan tener una vida digna, pero el sistema se las arregla para perpetuar una desigualdad artificial y mantener a la clase dominante en el poder.

RISE OF THE PLANET OF THE APES
(2011)
Dir: Rupert Wyatt
Con: Andy Serkis, James Franco, Freida Pinto, Brian Cox y Tom Felton


César es el hijo de una chimpancé que fue sometida a experimentos científicos. Como resultado, el joven simio es extraordinariamente inteligente. Adoptado por un científico y su anciano padre, César lleva una vida privilegiada. Esto es, hasta que se entera de las condiciones en las que viven los simios en la sociedad humana: hacinados en condiciones deplorables en refugios, torturados sin piedad en laboratorios científicos o expuestos sin dignidad en los zoológicos. César mismo es apartado de su familia humana y encerrado en un mal llamado refugio. Allí se convierte en líder y encabeza una revolución contra sus opresores humanos, al tiempo que un incipiente pandemia amenaza con llevar a la humanidad a su extinción.

De nuevo, si han leído este blog antes, sabrán que la original Planeta de los simios es una de mis películas favoritas, y que la considero muy superior a todas sus secuelas y refritos. También recordarán que esta nueva serie no me parece mejor que la versión de Tim Burton. Sin embargo, con el tiempo he aprendido a apreciarla, en primer lugar por su esmerada realización, y en segundo por su valor como generadora de reflexiones. El especismo y el trato hacia los animales son los temas que saltan a la vista, pero en una segunda vista vemos que también se trata de la opresión en todas su formas y de la rebeldía. El momento en el que César toma el arma de su torturador y grita "¡No!" es quizá el verdadero punto climático de la película, en el que el oprimido se niega a seguir soportando vejaciones y se decide a luchar junto con los suyos por su libertad. Estas reflexiones me llegaron por primera vez cuando supe que los normalistas de Ayotzinapa, los maestros rurales rebeldes, recurrían a esta película como una de sus fuentes de inspiración para hablar de opresión y rebeldía.

Ya encarrerados, les recomiendo que sigan con las otras dos de la saga, Dawn of the Planet of the Apes y especialmente War for the Planet of the Apes, que me parece la mejor de esta nueva trilogía. La segunda hace comentarios interesantes sobre lo frágil que es la paz en un ambiente de miedo y desconfianza, y sobre la necesidad de perdonar los agravios o arriesgarse a una escalada de conflicto y violencia. 

En la última tenemos a un villano cuya ceguera consiste en en su incapacidad para comprender que la humanidad, es decir, la cualidad del ser sensible, libre e inteligente, se presenta de muchas maneras, incluyendo no sólo a los simios, sino a los humanos enfermos. En esta entrega vemos a la gente de César sometida a la esclavitud, la tortura y los asesinatos arbitrarios, con imaginería que remite directamente al Holocausto. Los simios traidores, que se humillan ante el esclavista para tener una posición apenas por encima de la de sus congéneres, recuerdan ejemplos siempre presentes de aquellos que prefirieron besar las cadenas que los sujetaban y aliarse con los opresores.

CLOUD ATLAS
(2012)
Dir: Lana y Lilly Wachowski
Con: Tom Hanks, Halle Berry, Jim Broadbent, Hugu Weaving, Jim Sturgess, Susan Sarandon, Bae Doona y Hugh Grant


Una casta de mujeres son criadas para ser entretenimiento y placer de los demás. Un hombre mayor es encerrado en un asilo de ancianos. Un joven abogado ayuda a un esclavo negro a escapar de una plantación. Una valiente periodista descubre las corruptelas de una corporación que pretende construir una planta nuclear. Un joven músico es sometido a los abusos de un viejo mentor. Una aldea primitiva es asediada por sanguinarios guerreros. A través del tiempo y el espacio conocemos las historias de muchas personas en situaciones muy diversas, ya sean trágicas, heroicas o hasta chuscas. Desde el siglo XIX hasta un futuro distópico hay algo que une la experiencia humana: la lucha por la libertad.

¡Otra película inexplicablemente infravalorada! El genial Roger Ebert fue uno de los pocos críticos que vio sus magníficas y virtudes, y hasta la dio la calificación máxima. Excelente realización, en especial el montaje, que logra narrar las múltiples historias paralelas de forma que se sienten una sola, construida sobre un eje narrativo basado en las emociones del espectador y en el aprendizaje y transformación de cada personaje. Cada historia trata de luchar por la libertad en contra de la opresión, ya sea la de instituciones sociales como la esclavitud o el poder ejercido por unos individuos sobre otros. Sobre todo, trata sobre cómo la vida de cada ser humana está conectada con todas las demás, cómo nuestras acciones tienen consecuencias en las experiencias de los otros, y nuestras responsabilidades van más allá de nosotros mismos; cada acto de egoísmo o generosidad reverbera hacia el futuro, y una muestra de heroísmo puede inspirar una revolución. Porque puede ser que lo que hagamos sea sólo una gota de agua en un océano, pero ¿qué es un océano sino millones de gotas de agua?

THE HUNGER GAMES
(2012)
Dir: Gary Ross
Con: Jennifer Lawrence, Josh Hutcherson, Liam Hermsworth, Woody Harrelson y Donald Sutherland


En un estado totalitario llamado Panem, el Capitolio es habitado por una aristocracia frívola y decadente, mantenida por la clase trabajadora que vive en los Distritos (agricultores, leñadores, mineros, obreros, etc.). Para perpetuar el miedo en la población y fomentar la rivalidad entre Distritos, el gobierno del Capitolio organiza unos juegos brutales en los que un joven y una chica de cada Distrito son puestos en una arena a matarse los unos a los otros frente a las cámaras que transmiten a todo el país los Juegos del Hambre. Pero las cosas cambian cuando la joven Katniss Everdeen se ofrece voluntaria como tributo para los juegos. Entonces ella, sin quererlo, se convertirá en un símbolo de rebelión contra el sistema.

La primera vez que vi esta película no se me hizo la gran cosa. Conocía antecedentes, desde The Running Man hasta Battle Royale, por lo que la premisa no me pareció en absoluto original. Pero después de volverla a ver, y sobre todo tras checar las continuaciones, ha aprendido a apreciarla. Recomiendo que vean la saga completa, todas valen la pena (aunque las dos últimas tienen mucha paja y bien podrían haber sido una sola peli larga).

Hay muchas cosas que me gustan de esta saga. A diferencia de los protagonistas de otras historias de fantasía heroica, Katniss no es una "elegida". Es una persona con habilidades sobresalientes, además de un gran valor e integridad moral, pero no es ni siquiera la líder de la revolución, sino alguien que se ve metida en una situación más grande que ella misma por azares de la vida. Katniss es idealista, pero no es utópica. Es decir, que se mantiene fiel a sus principios con total rigidez y honestidad; en ella no hay malicia, ni engaño, sino una cadidez que a veces raya en la ingenuidad. Pero no era su intención cambiar al mundo ni convertirse en líder, sino proteger a sus seres queridos.

También me gusta que la moral maniquea de la primera película se vuelve más compleja conforme avanza la historia. En efecto, uno de los peligros de los que advierten estas películas es que la revolución puede dar lugar a una tiranía igual de perversa que la que derrocó. Entre otros temas que aborda están la explotación económica entre clases sociales y la represión violenta de la disidencia por parte del Estado. Pero el asunto central es quizá el poder de los medios de comunicación. Los Juegos del Hambre son la máxima expresión del control mediático en esta sociedad del espectáculo, una suerte de reality show en el que la gente muere de verdad con el doble propósito de entretener a los aristócratas y amedrentar a los trabajadores. Pero los medios de comunicación pueden ser también un arma del cambio y demuestran el poder de los símbolos para inspirar esperanza y rebeldía.

Dediqué más líneas a esta serie que a ninguna otra en esta entrada por un par de razones. La primera es que nunca me había tomado la molestia de hablar de ella, a pesar de que mis lectores me lo habían estado pidiendo desde hace tiempo, así que no tengo ningún otro texto al cual redirigirles. La segunda es que quiero compensar por el poco crédito que le di al principio. En realidad, aunque no es la obra más profunda y compleja sobre el tema, teniendo en cuenta que está dirigida a un público juvenil, lo es mucho más de lo que había reconocido al principio. Me parece muy interesante que una generación esté creciendo con estos libros y sus películas.

Como muestra del poder de los símbolos de que les hablaba, déjeneme contarles una historia que me sorprendió gratamente y emocionó mucho. El saludo de Katniss, con los tres dedos de una mano en el aire, se convirtió en un símbolo de protesta en Tailandia, a tal grado que el gobierno militar de ese país prohibió que se hiciera en público.

SNOWPIERCER
(2013)
Dir: Bong Joon-Ho
Con: Chris Evans, Tilda Swinton, Song Kang-Ho, Go Ah-sung, John Hurt y Ed Harris


En un mundo congelado, los últimos sobrevivientes de la humanidad viven en un tren supertecnológico de varios kilómetros de largo que da la vuelta al mundo una y otra vez. En la locomotora vive Wilford, el genio visionario que construyó la Máquina. Desde el frente hasta el cabús, el tren está férreamente dividido en clases sociales, y en la parte trasera viven hacinados los más pobres, obligados a comer masacotes horrendos y permanecer en las penumbras y la humedad. En cambio, los de la parte delantera gozan de lujos, manjares, luz y mucho espacio. Curtis, un héroe de la clase más pobre, está decidido a cambiar esta situación y se lanza en una feroz revuelta para llegar hasta la locomotora.

Una de las películas de ciencia ficción más aclamadas de los últimos tiempos. En lo personal tengo problemas con su estructura narrativa: está llena de non sequitur y de giros argumentales que no tienen mucho sentido, además de que la premisa tan fantástica es difícil de comprar. En cambio, eso se compensa con una realización extraordinaria y actuaciones excelentes.

Como se habrán dado cuenta, se trata de una alegoría de la desigualdad económica y social del mundo capitalista. El poder usa todos los métodos a su alcance para mantener un sistema desigual que no debería ni existir porque los recursos son suficientes para que todos vivan dignamente. Pero tratan de convencer a todas las clases sociales (y quizá, a sí mismos) de que la sociedad es una maquinaria como el tren y que para funcionar se requiere de piezas diferentes y que cada una cumpla su función. Es decir, se trata de justificar la desigualdad diciendo que ésta es fundamentalmente justa y necesaria. La deconstrucción y crítica de esa clase de discursos es el elemento más interesante de la película.

MAD MAX: FURY ROAD
(2015)
Dir: George Miller
Con: Tom Hardy, Charlize Theron, Hugh Keays-Byrne y Nicholas Hoult


En un desierto postapocalíptico (es decir, Australia), la humanidad ha quedado dividida en tribus semibárbaras. Los recursos más peleados son el agua, las armas y municiones, y la gasolina que da poder a los vehículos extravagantes, la única forma de moverse entre los oasis de este desierto. Immortan Joe y su élite de matones gobiernan con puño de hierro una pobre comunidad, y ejercen su poder controlando su acceso al agua y con un ejército de muchachos adoctrinados en un fanatismo cuasi religioso. Sin embargo todo cambia cuando la principal de sus guerreras, Imperator Furiosa, se rebela contra él y escapa de ahí liberando a las mujeres de harem de Joe. Furiosa deberá unir fuerzas al guerrero nómada conocido como Mad Max si quieren enfrentarse a tiranía de Joe y sus fanáticos.

A mi gusto la mejor película de aquel año, Fury Road es una obra de arte. Visualmente hermosa en cada fotograma, es de una exquisitez estética difícil de encontrar en el cine comercial hoy en día. Su historia es sencilla, pero sus implicaciones feministas le han ganado el aplauso casi universal. Por un lado nos muestra una sociedad, como ocurre a menudo en el mundo real, en la que un tirano oprime a su pueblo perpetuando su misera a través del monopolio de la riqueza. Pero más que nada nos muestra el papel que las relaciones entre géneros tiene en esta desigualdad.

Immortan Joe rige una sociedad hiperpatriarcal, en la que él es venerado como una figura casi divina, en la que las mujeres son reducidas a ganado para la reproducción y el placer de sus dueños, y en la que los hombres son adoctrinados en un absurdo credo guerrero para ser usados como carne de cañón. A esto se opone la pequeña banda de rebeldes de Max y Furiosa; entre ellos hay equidad de género, entre ellas hay sororidad. Por sobre la agresión y la competitividad privilegiadas en el mundo machista, valores considerados femeninos, tales como la cooperación, la empatía, la generosidad, priman y dan cohesión y armonía, y la posibilidad de transformar el mundo.

STAR WARS: ROGUE ONE
(2016)
Dir: Gareth Edwards
Con: Felicity Jones, Diego Luna, Ben Mendelsohn, Forest Whitaker y Mads Mikkelsen


El Imperio es una organización totalitaria que gobierna la Galaxia sin misericordia. Una pequeña Alianza Rebelde ha surgido para enfrentarlo, pero el Imperio tiene una nueva arma: la Estrella de la Muerte, capaz de destruir planetas enteros. Jyn Erso, hija de un científico secuestrado por el Imperio, y criada por una banda de guerrilleros radicales, encabeza al escuadrón Rogue One de la Alianza Rebelde, y se lanza en la búsqueda de los planos de la superarma, lo que podría obtener la forma de destruirla y brindar esperanza a la Galaxia. Aunque ayuda ser fan de la saga para apreciar esta película por completo y emocionarse con todo lo que pasa, no es necesario para entender esta universal historia de tiranía y rebelión.

Si me conocen, saben que Star Wars es una de las cosas que más amo en esta vida, y esta película es justo la que necesitábamos en estos tiempos. Que el Imperio está basado en el nazifascismo es obvio, pero las implicaciones no terminan allí. El Imperio está dirigido por hombres blancos, mientras que la Alianza está conformada por una diversidad de razas entre cuyas combatientes y líderes se encuentran mujeres extraordinarias. Rogue One mismo está encabezado por una mujer y sus colaboradores más cercanos son un latino, dos asiáticos, un medioriental y un robot muy humano.

Star Wars siempre ha sido muy inspiradora, y este capítulo es uno de los mejores. Su importancia política actual quedó manifiesta con el boicot que los seguidores de Trump le impusieron por considerarla "propaganda feminista". Cuando el iletrado Donald Trump y su caterva de oscurantistas negacionistas de la ciencia ascendieron al poder en Estados Unidos, surgió el movimiento de los Rogue Scientists, científicos y técnicos que han llevado a cabo diversas acciones de resistencia contra el nuevo régimen de la ignorancia. Desde los científicos de la Universidad de Pensilvania que descargaron información sobre el cambio climático para evitar que el actual gobierno lo borre (cuyas acciones recuerdan directamente a lo que hicieron Jyn Erso y su equipo), hasta las cuentas Rogue de instituciones científicas del gobierno, que se negaron a acatar la orden de Trump de no proveer información al público (uno de los logo usados por Rogue NASA es precisamente el de la Alianza Rebelde), las apasionantes historias de científicos insurrectos inspiran y dan esperanza.

Volviendo a nuestra película, cuando los atemorizados líderes rebeldes le espetan a Jyn qué oportunidad podrían tener contra la Estrella de la Muerte, ella replantea la cuestión: "¿Qué oportunidad? ¿Qué opción tenemos? Si le dejamos tanto poder a un enemigo tan malvado, estaremos condenando a la Galaxia a una eternidad de sumisión. ¡El tiempo de pelear es ahora!." Jean-Paul Sartre había dicho que debemos combatir al fascismo no porque sepamos que podemos ganar, sino porque es fascismo. Encontré eco de esa idea en las palabras de Jyn Erso. Rogue One nos recuerda que las rebeliones se fundan en la esperanza de que un mundo mejor puede existir, aunque no todos los que luchen por ese objetivo vivirán para disfrutar de él. Pueden leer más sobre política e ideología de Star Wars aquí, y mi reseña completa de Rogue One aquí.

DE PILÓN

Si todavía les quedan ganas de seguir nerdeando y chaireando al mismo tiempo, les dejo algunas otras que se quedaron fuera de la lista, ya sea porque no son tan buenas o porque las luchas que presentan son más individuales que sociales, o porque les falta el elemento de la esperanza en su sordidez.

MOON (Duncan Jones, 2009) Sam es un trabajador que se encarga casi en completa soledad de una estación minera en la Luna. Su única compañía es una inteligencia artificial llamada Gerty. Los minerales que se extraen en la Luna son los que proveen de energía a la Tierra. Pero un accidente inesperado revela las verdaderas intenciones de Lunar Industries, que pretende que Sam trabaje hasta morir y nunca regrese a casa. Es una crítica a la cosificación del ser humano en el capitalismo y una advertencia más contra el poder de las corporaciones.

NEVER LET ME GO (Alex Garland, 2010) Un grupo de clones son criados en cautiverio para usar sus órganos en beneficio de gente rica. Es como La Isla, pero buena, inteligente, artsy y con corazón. El tema central es, como en Mooon, la cosificación de los seres humanos, el convertirlos en recursos para el uso de los que tienen más dinero. No la incluí en la lista porque es bastante deprimente y porque nuestros clones nunca toman la iniciativa de rebelarse contra su destino.

ELYSIUM (Neill Blomkamp, 2013) Otra del director de District 9, aunque no tan buena como su predecesora. En el futuro la Tierra es un basurero contaminado donde viven los pobres, mientras los ricos viven en una estación espacial llamada Elíseo con todos los lujos y comodidades. Es una buena fábula sobre desigualdad económica y social, la inmigración y el racismo (los pobres son casi todos de piel oscura y los ricos son casi todos blancos). No la puse para no repetir tema y director.

THE PURGE: ANARCHY (James DeMonaco, 2014) Esta serie tiene una premisa muy interesante, pero una realización mediocre. La "buena" de la trilogía es ésta, la segunda. En el futuro, durante una noche al año todas las leyes se suspenden y la gente se mata entre sí impunemente. Aunque claro, las víctimas son siempre los más pobres, que no pueden comprar armas ni protección. Es una buena crítica a la lucha de clases y al concepto libertariano de libertad: la de los que más tienen. Particularmente agudo es el momento en el que un personaje clama "¡es mi derecho constitucional!" matar y violar, sin detenerse a pensar en si es moral lo que hace. Como los fans de las armas en gringolandia, pues.

EX MACHINA (Alex Garland, 2015) El villano es un típico genio de Silicon Valley obsesionado con hacer alardes de masculinidad; el protagonista es un nice guy incauto que cree encontrar el amor en donde menos lo esperaba; nuestra heroína es Ava, una robot demasiado humana. Ava y sus hermanas son el sueño de una sociedad sexista: la mujer sin voluntad, reducida a una propiedad para el servicio y el placer. Se trata una fábula bastante literal sobre la objetificación de las mujeres, en la que el villano sí es el villano, pero el nice guy que se cree héroe no lo es en lo absoluto.

¿Qué tan rebelde puede ser un producto de la cultura de masas? ¿Cuánta rebeldía permitirá la industria del entretenimiento colarse por ahí? No mucha, quizá. Por ejemplo, Star Wars es ahora propiedad de Disney, que representa al "capitalismo incluyente", que permite la entrada a minorías raciales, mujeres y personas queer, pero que no cuestiona el orden socieconómico. El fascismo es un villano fácil y poco controversial porque históricamente su maldad es aceptada.

Sin embargo, deben tenerse en cuenta dos cosas. Una, que aunque trabajen bajo la sombra de una corporación, los creativos siguen siendo seres humanos con sus propias ideas e inquietudes, y no es raro que algunos de ellos logren hacer pasar sus pequeños mensajes subversivos, que los jefes dejarán pasar si resultan taquilleros. Dos, que los símbolos y significados de estas historias, independientemente de su origen, pueden ser y han sido apropiadas por el público de diferentes maneras, como emblemas de la lucha y el cambio, tal como pudimos ver varios ejemplos aquí.

Con eso terminamos, camaradas. Si después de ver estas películas no tienen ganas de derrocar a un gobierno, por lo menos sí se habrán puesto a dar unas buenas pensadas. Ahí me cuentan sus opiniones o si ustedes habrían agregado o quitado alguna. Y recuerden: las ideas son a prueba de balas.

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