jueves, 22 de marzo de 2012

martes, 20 de marzo de 2012

La Gente Bonita

Tercero de prepa fue un año muy intenso en el que sucedieron muchas cosas: me rompieron el corazón repetidamente, tuve crisis existencial tras crisis existencial, me acerqué al cine como nunca antes, salí del anonimato para convertirme en un friki de los que sacan de onda, gané tres trofeos en la feria de la cultura, escribí mis primeros poemas y... este cómic:

"La Gente Bonita" fue el proyecto de un servidor y de Jorge Luis, uno de mis mejores amigos, quien con su genial estilo de dibujo le dio vida a mis ideas (y de hecho las amplió). El cómic era una sátira del submundo que es una escuela privada en Mérida, en especial una crítica de los bonitos, los populares, los fresitas, desde el punto de vista de los freaks, los raros, los desadaptados...

Los personajes principales eran Patty y Alan, una típica pareja de novios "bien"; Yordi, un nerdsito buena onda, y Chucho, un friki completamente desquiciado que estaba desesperadamente enamorado de Patty. También hacía su aparición el maestro Alcharmut, basado en un maestro libanés que teníamos y que se encargaba de la clase de formación católica, o algo así, y era el director de MEGA, uno de esos grupos apostólicos típicos de escuela privada (al que Patty y Alan pertenecen, desde luego).

Burlándonos de los grupos apostólicos. El cartón es bastante claro.

Ya saben cómo es eso: muchos valores, mucha religión y mucho amor, pero en cuanto uno de los dos se da la espalda...

Aquí con los verdaderos valores de la Gente Bonita.

Una sátira de las cartas en cadena, que por alguna razón, los apostólicos tomaban como parábolas de vida.

El cómic fue polémico desde el principio y despertó la furia de  los que eran objeto de burla. Ellos hicieron a su vez otro cómic bastante simplón titulado "La gente feíta" en el que Jorge y yo éramos objeto de burla. Respondimos con esta tira.

Lo admito, me lo fusilé de "Los Simpson"

Que el Islam fuera la religión verdadera de Alcharmut era un chiste recurrente. Por lo demás, aquí nos burlamos de una anécdota local que no viene al caso.

Sí, en ese tiempo así hablaban las adolescentes.

Pegábamos las tiras en tres lugares: el pasillo central, el salón de Sociales y el de Biológicas. Esta tira, en la que nos burlábamos de la iglesia visitada por la Gente Bonita causó indignación tal que el director de la escuela la rompió personalmente y nos prohibió seguir. Nosotros continuamos clandestinamente.


La última.


Algunas de las tiras originales se perdieron (esto sucedió hace más de 10 años), y es una lástima, pues me habría gustado compartirlas con ustedes. Mientras, les dejo éstas para que se diviertan. Saludos y hasta la próxima.

viernes, 16 de marzo de 2012

Literatura marciana: del Astronauta a John Carter





“But who shall dwell in these Worlds if they be inhabited? Are we or they Lords of the World? And how are all things made for man?”[1]






 Marte... el Planeta Rojo... la Estrella de la Guerra... Nuestro mundo hermano ha cautivado la imaginación de las personas desde que existen registros. Su color, su proximidad, la posibilidad de que albergue vida, el probable futuro que nuestra humanidad podría tener en él... todo esto nos ha fascinado a lo largo de los siglos y prueba de ello es la extensa literatura que sobre el Planeta Rojo se ha escrito.

La mayoría de ustedes habrá escuchado hablar de La guerra de los mundos de HG Wells, de las Crónicas Marcianas de Ray Bradbury, y recientemente, con la nueva película, de John Carter de Marte de Edgar Rice Burroughs. Pero hay mucha más literatura sobre Marte… tanta, que sería un despropósito tratar de ocuparse de toda. Por eso, he decidido concentrarme en la literatura anglosajona escrita entre 1880 y 1912. Verán, John Carter no fue el primer terrícola que visitó nuestro planeta vecino. Otros antes que él se habían pasado a dar una vuelta para descubrir sus misterios.

Pongámonos en contexto. En 1877 el astrónomo italiano Giovani Schiaparelli observó con su telescopio el Planeta Rojo y describió sus mares, continentes y canales. Llegó a la conclusión de que Marte era un mundo seco y moribundo, con escasos mares y cuyos habitantes debían usar canales para aprovechar la poca agua que les quedaba.

Mapa de Marte, según Schiaparelli

Esta idea concordaba con la hipótesis nebular defendida por muchos científicos en la época, según la cual el sistema solar se había formado a partir de la condensación de una nube de gases. Según esta hipótesis, los cuerpos más lejanos del sol eran los más antiguos, y por lo tanto estaban en una etapa más avanzada de su evolución, y quizá más próxima a la muerte. Ello implicaba que, de existir seres inteligentes en Marte, estarían muy avanzados con respecto a nosotros, y los escritores de ciencia ficción de finales del siglo XIX y principios del XX tomaron estas ideas como fuente de inspiración.

Across the Zodiac de Precy Greg (1880)

 

La primera novela de ficción marciana fue escrita por el inglés Percy Greg. Trata de un narrador anónimo que viaja al Planeta Rojo en una nave llamada Astronauta, capaz de repeler la gravedad de la Tierra.

En esta novela Marte debe su color rojo a su vegetación y su atmósfera, y el planeta presenta climas y paisajes variados, con montañas, océanos, campiñas y tundras heladas, pero se diferencia de la Tierra en que su superficie alberga menos agua y más masa continental. Sus habitantes son prácticamente iguales a los humanos, con la excepción de tener pechos más amplios, para dar espacio a unos pulmones poderosos que puedan extraer el oxígeno necesario de la tenue atmósfera marcial.

¿Suena interesante? Sí, al principio lo es. La mejor parte del libro es el viaje por el espacio y la llegada al Planeta Rojo. Lo demás es basura. ¿Por qué? Bueno, resulta que Percy Greg era un tipo violentamente reaccionario, incluso para los estándares de su época. Toda su novela (que no es nada corta: 400 páginas) es apenas más que un panfleto en el que este triste hombrecito utiliza el escenario marciano como un pretexto para despotricar sobre porqué la democracia es cosa del diablo, porqué todos deben creer en Dios, porqué la naturaleza debe ser sojuzgada por el hombre, porqué en el futuro todas las razas que no sean arias deberán desaparecer, porqué progreso significa homogeneización cultural y, en fin, porqué las mujeres deben permanecer en el hogar haciendo cosas de mujeres. En conclusión, se trata de un libro aburridísimo que sólo le recomiendo a quien quiera adentrarse en los orígenes de la ciencia ficción temprana…

Unveiling a Parallel de Alice Ilgenfritz Jones y Ella Merchant (1893)

 

El mundo tuvo que esperar otros 13 años para leer una nueva novela marciana. Ésta trata de un narrador desconocido (otra vez) que llega a Marte aprovechando unas corrientes cósmicas o no recuerdo que galimatías por el estilo, volando en un aeroplano (¡el primer uso registrado de esa palabra, antes de la invención de los Wright!).

Al igual que muchos autores de “romances científicos” (como se les llamaba en esa época a las obras de proto-ciencia ficción), las estadounidenses Jones y Merchant aprovechan un escenario fantástico para exponer sus ideas filosóficas y políticas. En este caso, lo que buscan es promover ideas feministas. Así, plantean un Marte en el que existen dos países. En el primero hombres y mujeres han alcanzado la igualdad, pero en el vicio: las mujeres fuman, beben, juegan, son promiscuas, frecuentan prostíbulos, practican la lucha libre y, en fin, se divierten de lo lindo.

En el otro país, hombres y mujeres han alcanzado la igualdad en la virtud: no sólo hay igualdad entre hombres y mujeres, sino que ha logrado establecer una sociedad equitativa y justa en todos los niveles, y libre de toda forma de miseria, crimen y corrupción. Aquí las innovaciones técnicas producto de la revolución industrial sirvieron para aliviar la carga de los trabajadores y permitirles aspirar a una mejor calidad de vida, no para enriquecer más a los dueños de los medios de producción. Asimismo, en ese maravilloso país, aunque hay diferencias entre la cantidad de riquezas que poseen los ciudadanos, no existen ni las fortunas exageradas ni la pobreza. Además, toda forma de enriquecimiento diferente al trabajo honrado, como la especulación, la usura y las apuestas, han desaparecido por completo.

Ahora bien, aunque esto puede sonar igual de sermoneador que Across the Zodiac, esta novelita es mucho mejor que los berreos de Percy Greg. No sólo el discurso ideológico es más simpático, sino que la novela está muy bien escrita, es breve, amena y tiene diálogos muy interesantes que invitan a la reflexión.

Eso sí: de Marte, nada. Excepto por su atmósfera rosácea y las dos lunas que se ven en el cielo, la historia bien pudo haber transcurrido en cualquier lugar del mundo y habría dado exactamente lo mismo.

Journey to Mars de Gustavus W Pope (1894)

 

Al año siguiente aparece esta otra novela marciana, del Dr. Pope, un médico estadounidense y un intelectual con diversos intereses y amplias lecturas que quedan reflejadas en su novela. Journey to Mars cuenta la historia del teniente Frederick Hamilton, de la marina estadounidense, que tras sufrir un accidente en una expedición al Polo Sur, se encuentra con una colonia de marcianos en el continente antártico, con los cuales emprende un viaje al cuarto planeta. Allí conoce la naturaleza y la sociedad marciana, se enamora de una princesa, y vive diversas aventuras.

Esta novela está a medio camino entre el discurso utópico que caracterizaba los romances científicos de la época, y las odiseas de aventura, amor y suspenso de las novelitas pulp de las décadas siguientes. Como novela utópica describe las maravillas de la sociedad marciana, que ha superado la guerra y la injusticia gracias a sus avances científicos, al mismo tiempo que advierte sobre los peligros de mestizaje racial y alaba a un Dios todopoderoso, omnisciente y masculino. También en ella los marcianos honran al teniente Hamilton cantando el himno nacional de los EUA, después de mostrarles que este país es la más grande civilización del mundo (pfff, gringos).

En cuanto a novela de aventuras, Jorney to Mars, tiene algunos episodios muy emocionantes, que incluyen riesgosas hazañas en el Polo Sur, escape de peligros en el espacio, una batalla entre narvales y peces espada gigantes, vuelos en águilas colosales, duelos de esgrima y una improbable fuga de una lúgubre prisión para rescatar a una bella princesa. Como se darán cuenta, tiene mucho de lo que caracteriza a las novelas de John Carter, por lo que se considera su antecedente más temprano. Pero Pope es un narrador inexperto: su novela tiene más de 500 páginas y abunda en descripciones estériles y episodios que no llevan a ninguna parte.

Lo más interesante de este libro es su introducción, pues se trata de uno de los primeros textos sobre ciencia ficción. Allí Pope dice que ésta es la literatura que corresponde al mundo de grandes cambios y avances científicos y tecnológicos en que le ha tocado vivir; que las obras que se insertan en dicho género no tienen por qué ser cuentos de hadas de simple evasión, sino tratar temas humanos, y que deben apegarse con suma fidelidad a los conocimientos científicos. Por lo demás, vale la pena leerla, en especial si tienen curiosidad de conocer a los antecesores de John Carter.

War of the Worlds de HG Wells (1897)

 

He aquí la mejor obra literaria y la más importante de esta lista, y por mucho. La anécdota es bien conocida: un buen día los ingleses están disfrutando de su vida y de ser el imperio más poderoso del mundo cuando de pronto caen desde el espacio unos cilindros metálicos gigantescos que contienen marcianos hostiles y sus máquinas de guerra.

Para nosotros, lectores del siglo XXI, las historias de invasión extraterrestre están tan choteadas que son hasta motivo de parodia (Los marcianos llegaron ya / Y llegaron bailando ricachá). Pero en la Era Victoriana ésta era una novedad: la idea de que pudiera llegar de pronto algo incomprensible e implacable y simplemente aplastar todo nuestro mundo resultaba (y resulta, si lo piensan bien) aterradora.

Wells era un hombre de ciencia, un filósofo y un poeta, y todo ello queda marcado en la más famosa de sus obras literarias. Siguiendo las ideas científicas de la época, Wells imagina un Marte moribundo, de cuyos habitantes se ven obligados a huir en busca de los recursos abundantes de la joven Tierra. Si otros escritores imaginaron aventuras coloniales o fábulas utópicas en mundos lejanos, Wells hace caer todo el terror del cosmos sobre nosotros. Él es también el primero en imaginar que los marcianos no tendrían que ser para nada como los seres humanos, que no somos la creación más perfecta del universo, y que los caminos de la evolución podrían producir cualquier cosa.

En La guerra de los mundos están ausentes el heroísmo y el patrioterismo que impregnarían la ficción de invasiones extraterrestres posteriores, en especial las de Hollywood. Aquí no hay la premisa de “lucharemos hasta vencerlos”. El protagonista no es un brillante científico ni un valiente soldado, sino un hombre común que por una serie de coincidencias logra sobrevivir a la invasión. Y es que al final, la humanidad no es victoriosa, es apenas superviviente gracias a una casualidad. El clero y el ejército, guardianes de la integridad espiritual y física de una nación, son representados en dos personajes, un cura y un artillero. La fe, y más aún, la cordura, del clérigo colapsan al momento de la invasión y el artillero se convierte en un animal rastrero y salvaje que se escabulle entre las ruinas de la civilización con el único objetivo de sobrevivir.

La guerra de los mundos constituye, ante todo, una lección de humildad. Wells pone a los británicos en el lugar de los pueblos que el Imperio ha destruido, y aún más, pone a los seres humanos en el lugar de las criaturas a las que ha sometido por milenios. Es una obra básica no sólo de la ciencia ficción, sino de la literatura universal, y una que debe leerse (Wells es también un gran prosista, así que vale la pena leerlo en inglés).

Edison’s Conquest of Mars de Garret P Serviss (1898)

 

La guerra de los mundos fue un éxito rotundo, así que no tardó en aparecer una secuela no oficial del otro lado del Atlántico. Garret P Serviss era científico y colaborador de Thomas Alva Edison y escribió esta novela para exaltar al inventor, a los Estados Unidos, a la raza blanca, a la civilización occidental y al imperialismo (pfff, gringos).

¿La historia? Después de sobrevivir a la invasión marciana, los países de la Tierra, bajo el liderazgo de los Estados Unidos (¿quién si no?), deciden emprender una expedición punitiva contra el Planeta Rojo. Edison encabeza la expedición, con ayuda de sus nuevos inventos: naves eléctricas que pueden viajar por el espacio. Después de algunas peripecias, los terrícolas llegan a Marte y acometen un espantoso genocidio contra la población de Marte. ¡Yeah!

El mensaje de Wells era: “¡Miren, hombres y mujeres del mundo! Tengamos humildad: no somos nada, no somos la más grande creación del universo, sino un montón de animalitos con delirios de grandeza. Pongámonos en el lugar de los otros, de los débiles, de los sojuzgados… Empecemos a tratarnos los unos a los otros con mayor humildad y misericordia. Tengamos compasión y comprensión por nuestros hermanos animales…”

El mensaje de Serviss es: “Yeeee-ha! We’re America! We’re gonna kick all your asses, because we’re the coolest country in the world and we have Jesus on our side! Here we come, Martians! Losing a war? Ha! That’s never going to happen to us!! Yeee-ha! God bless America!!” (pfff, gringos).

En serio, Serviss ignora por completo la lección de humildad que Wells trataba de transmitir. El protagonista de Wells era un hombre común, pero el de Serviss no es sino Thomas Alva Edison que, recuérdese, no era un científico, sino un empresario, o séase, el héroe capitalista gringo por excelencia. Para el autor del joven imperio, la visión del hombre común no importa, sino la del gran hombre, la del héroe. Y los marcianos no son ya una civilización avanzada, sino un montón de bárbaros que no valen más que “apaches o mexicanos” (¡textual!).

Pero dejando de lado la mierda ideológica, en realidad esta novela resulta muy interesante y entretenida. Es la primera obra de ciencia ficción en la que se mencionan: trajes espaciales, como escafandras adaptadas para el viaje interplanetario, que además cuentan con bocinas y auriculares telefónicos en los cascos para que los viajeros puedan comunicarse con sólo conectar un cable de teléfono de un traje a otro; rayos desintegradores que convierten lo que tocan en nubes de átomos; personas abducidas por extraterrestres para ser usadas como esclavos; batallas espaciales entre flotas enemigas; píldoras de oxígeno para los viajeros del espacio… en fin, todo un deleite para los fans del Steampunk.

…Y por cierto, en este libro aparece por primera vez en la historia la idea de los “antiguos astronautas”, o sea de que la Tierra fue visitada en el pasado remoto por extraterrestres, los cuales construyeron las pirámides de Egipto. Sólo para que quede claro que esta idea surgió de una historia de ciencia ficción y no de las “imbestigiasiones” de los ufólogos.

A Honeymoon in Space de George Griffith (1901)

 

En esta novelita inglesa, una pareja de recién casados se va de luna de miel en un viaje por el Sistema Solar. Los protagonistas son un lord inglés y su esposa estadounidense, respectivamente el amigo y la hija de un brillante científico que descubrió la antigravedad y construyó el Astronef, la nave espacial que los lleva tener una luna de miel en el espacio.

Lord Redgrave y su esposa visitan la Luna, Venus, Ceres, Júpiter y sus satélites, Saturno y, lo que es de nuestro interés, Marte. Griffith representa a Marte como un planeta más antiguo que la Tierra, moribundo, frío y casi deshidratado; como otros autores, le atribuye poca gravedad y explica su color por su atmósfera rojiza.

Típicamente antropocentrista, Griffith sitúa seres humanos habitando todo el sistema solar, incluyendo al Planeta Rojo. Asimismo, se figura que todos los mundos han seguido un camino evolutivo más o menos análogo al de la Tierra. Siendo Marte más viejo que nuestro planeta, los marcianos son representados como seres humanos que evolucionaron hasta alcanzar un grado de fría racionalidad que ha desterrado todas las emociones.

No obstante su fría racionalidad, los marcianos se han convertido en algo tan inhumano que los torna salvajes, y en cuanto ven a la joven esposa, los marcianos quedan embriagados por su belleza y tratan de apoderarse de ella (está claro que todos en el universo se mueren por una gringa). Esta situación lleva a que las ametralladoras del Atronef abran fuego sobre la multitud marciana, acción totalmente justificadas por los protagonistas, quienes sostienen que a los marcianos no puede considerárseles humanos.

El anglocentrismo de Griffith llega a niveles verdaderamente ridículos cuando se descubre que los marcianos ¡hablan inglés! ¿Cómo es esto posible? Simple: los marcianos habían alcanzado un grado supremo de racionalidad, y el lenguaje más racional que podría existir en todo el puto universo es, desde luego, el inglés, por lo que éste evolucionó de forma independiente en el Planeta Rojo (pfff, británicos).

Como historia de ciencia ficción, tampoco aporta mucho: no imagina nuevas tecnologías y casi todo lo que se describe diferentes mundos del Sistema Solar había sido tratado en por otros autores. Con todo, A Honeymoon in Space tiene algunos puntos de interés. Las visitas a otros mundos son más imaginativas que la de Marte, y el concepto del viaje turístico por el espacio permite al lector transportarse por los escenarios fantásticos que cautivan la imaginación.

Lieutenant Gullivar Jones: His Vacation de Edwin L Arnold (1905)

No, no me equivoqué yo. Se escribe Gullivar, no Gulliver; los editores de esta segunda edición le cambiaron el nombre a propósito.
 

Y llegamos con el antecedente más inmediato de John Carter: Gullivar Jones, creado por el británico Edwin L Arnold. La historia: el teniente estadounidense Gullivar Jones es transportado en una alfombra mágica hacia el planeta Marte, gracias a una coincidencia por demás extraordinaria. Cae en una región habitada por los Hither (“los de acá”), vecinos de los Thither (“los de allá”). Los primeros son una raza hermosa que se dedica al placer y a la pereza. Los últimos son una raza de guerreros bárbaros, que una vez al año visitan a los Hither, para reclamar a la doncella más hermosa del lugar. Resulta que la doncella reclamada por los bárbaros es la princesa Heru, de quien se había enamorado el héroe. Así, Gullivar, para rescatar a su amada, emprende una travesía que lo lleva por mares, ríos, bosques, tundras y ciudades encantadas.

Se trata de una fascinante novela de aventuras, llena de sorpresas, suspenso y comedia, en la que el autor británico aprovecha varias oportunidades para burlarse de la arrogancia yanqui. Gullivar no es el típico héroe gringo perfecto: teme y duda, se cansa y padece hambre, bebe y se emborracha, es despreocupado, arrogante y atrevido, y si tiene éxito es en gran parte gracias al azar. Gullivar no es un héroe porque sea perfecto sino precisamente porque supera todos sus vicios y adversidades para recuperar a la bella princesa. Esto lo hace un personaje mucho más interesante y entrañable que el acartonado John Carter de Burroughs.

En un episodio, Gullivar encuentra una tierra sin dueño y la reclama en nombre de su nación en virtud de la Doctrina Monroe (pfff, gringos), algo por demás ridículo teniendo en cuenta que Gullivar está solo en un planeta distante y no tiene forma de hacer válido su reclamo. Cuando un marciano le pregunta qué es la doctrina Monroe, Gullivar responde que “en pocas palabras, significa que no puedes tocar nada de lo que es mío, pero debes compartir conmigo todo lo que es tuyo”. Epic LOL.

Marte es descrito como un mundo maravilloso de aventuras que incluyen una pelea entre bestias gigantes en un bosque nocturno; un recorrido por el helado Río de la Muerte y una noche en el castillo de una ciudad embrujada.

Gullivar Jones es una novela divertida y apasionante, con más contenido de lo que uno pensaría y con muchas imágenes poéticas muy afortunadas. Es ciertamente uno de aquellos libros que me gustaría haber descubierto en la adolescencia.

John Carter of Mars de Edgar Rice Burroughs (1912)

 

Hemos llegado al final de nuestro recorrido. En la entrada anterior me explayé sobre esta trilogía de novelas que tienen como protagonista al héroe John Carter, el capitán confederado que llega a Marte por quién sabe qué cosa de magia y cuerpos astrales. En Marte (o Barsoom), Carter hace gala de sus virtudes: es valiente, fuerte, hábil, no le tiene miedo a nada, nadie puede vencerlo, los hombres lo admiran, las mujeres lo desean, sus enemigos le temen y al final termina convirtiéndose en el warlord de todo el Planeta (pfff, gringos).

Como dije en la entrada anterior, lo mejor de estas novelas son los mundos que Burroughs crea con su inagotable imaginación y las aventuras que tiene el protagonista, que siempre vienen unas detrás de la otra, a un ritmo trepidante que mantiene al lector al filo de la página.

Como vimos hoy, John Carter no surgió de la nada, sino que fue el último y más famoso de una larga serie de personajes que visitaron el Planeta Rojo. Así que si ustedes están con ganas de ciencia ficción vintage, les recomiendo leer estos libros. Y si estos libros no se les antojan, pues por lo menos ya conocen de qué van y pueden imaginárselos. Los dejo para soñar con todas las aventuras posibles e imposibles que se pueden vivir en un mundo de arenas rojas y estrellas prístinas…

Mi calificación personal de estos libros


[1]Epígrafe que HG Wells incluye al principio de La guerra de los mundos. La cita es del Somnium (1571) de Johannes Kepler, a su vez citado por Robert Burton en The Anatomy of Melancoly (1621).

lunes, 12 de marzo de 2012

John Carter de Marte




“…And at her side is a little boy who puts his arm around her as she points into the sky toward the planet Earth”
           
Ahora que se estrenó una nueva película de Disney basada en la popular serie de novelas, quiero hablarles de John Carter, personaje literario poco conocido en el mundo de habla hispana (hasta antes de que se anunciara la cinta no conocía ediciones de sus novelas en castellano), sobre todo porque no quiero que se vayan a quedar con una idea errónea, que seguramente será la que les deje la casa productora del Ratón Miguelito.

En 1912 la revista All-Story Magazine inició la publicación serializada de la novela Under the Moons of Mars de un autor desconocido que firmaba con el pseudónimo de Norman Bean. Dicho autor resultó ser Edgar Rice Burroughs (1875-1950)… síp, el mismísimo creador de Tarzán y de otros famosos héroes del pulp. En 1917 la novela se publicó en forma de libro, corregida y aumentada, bajo el título con el que pasaría a la historia: Una princesa de Marte (A Princess of Mars). Esta novela tuvo además 10 secuelas, la mayoría de ellas por completo innecesarias.

            La anécdota es la siguiente: John Carter, un soldado confederado que busca oro en las minas de Arizona a finales del siglo XIX y que de pronto se ve transportado de forma inexplicable a Marte. Allí es capturado por los marcianos verdes, monstruos gigantes de cuatro brazos, largos colmillos y rostros reptiloides. Poco a poco se gana el respeto de estos fieros guerreros, pero decide escapar de ellos cuando conoce a Dejah Thoris, una hermosa princesa de los marcianos rojos, raza casi en todo similar a los humanos de la Tierra… excepto que ponen huevos (!!!) John Carter pasa por muchas aventuras, peligros y batallas (que él mismo narra en primera persona) para reunirse con su amada princesa.

            Estamos ya en la era pulp, y la novela tiene las características más populares de los trabajos publicados en esos años: un ritmo trepidante, carácter episódico, violencia, aventura, escenarios exóticos, poco contenido científico y amores imposibles… y tetas, no olvidemos las tetas. No, lo digo en serio. De estas novelas destaca la exaltación que hace Burroughs del cuerpo humano, en los dos aspectos del vigor masculino y la voluptuosidad femenina, resaltados por el hecho de que todos los personajes andan prácticamente desnudos a lo largo de la novela.

            Esto no es de gratis: Burroughs era un tipo muy físico, un hombre de campo, nacido en las planicies de Illinois, acostumbrado a la vida ruda de los ranchos, a arrear vacas y a enfrentarse a los indios (a los que admiraba por su valor y tezón). No era el típico ratón de biblioteca que uno esperaría de un escritor de ciencia ficción. De hecho, empezó a escribir de pura chiripa mientras trabajaba como vendedor viajante y pensó que podría ganar unos dólares más contando historias de aventuras.


Por ello es muy importante el tema de la exaltación del físico en la obra de Burroughs y especialmente en las novelas de John Carter: él sabía muy bien cómo es un cuerpo fuerte, cómo se sienten los músculos al tensarse para el ataque, cómo se experimente el frío y el sol al aire libre, cómo son las líneas, colores, sombras y aromas de un cuerpo femenino. Es por eso que cuando me enteré de que Disney produciría la adaptación de la primera novela, supe que no habría tetas y perdí el interés.

            Burroughs nos muestra un Marte (o Barsoom, nombre que los nativos dan al planeta) moribundo, con océanos secos, grandes extensiones de desiertos, ciudades en ruinas y tribus semibárbaras en constante conflicto. En el primer libro se presentan dos razas, los marcianos verdes, que son prácticamente nómadas y no conocen más profesión que la guerra, y los marcianos rojos, más civilizados, con ciertos adelantos tecnológicos y organizados en ciudades-Estado en constante conflicto entre sí y con los marcianos verdes.

            Los marcianos rojos son en apariencia iguales a los hombres de la Tierra, aunque con piel rojiza, pero sus órganos internos están dispuestos de forma distinta. Además, son ovíparos, y el tiempo de incubación de sus huevos es de más o menos cinco años. Su apariencia rojiza es el resultado de la mezcla de las tres razas originales de Marte: la blanca, la negra y la amarilla, todas equivalentes a las respectivas razas humanas de la Tierra. Carter se encontraría con las últimas poblaciones de las tres razas originales en las primeras dos secuelas.

            Burroughs describe los canales de Marte, usados por los habitantes de dicho planeta para llevar agua desde los polos hacia las regiones ecuatoriales. La idea de que Marte es un mundo más antiguo que la Tierra y, por tanto, más cercano a su final, forma parte de la teoría de la formación planetaria de que la que ya había hablado Wells en La guerra de los mundos. También se menciona la tecnología que utilizan los marcianos rojos para hacer levitar sus naves flotantes y regenerar la débil atmósfera del planeta. En The Gods of Mars, la segunda novela, Burroughs recurre a la teoría de la “tierra hueca” para ubicar el hogar de los Primogénitos, los hombres negros de Marte. Tales son todos los puntos científicos o cuasi científicos de la novela, que se centra más en aspectos de aventura, que recuerdan al género de la fantasía heroica, o incluso al western.

            John Carter es un personaje extraordinario. Es valiente, poderoso, inteligente, honesto e infalible, prototipo del héroe norteamericano que siempre triunfa. En Marte, debido a la poca gravedad del planeta, está dotado de fuerza y agilidad superhumanas que le permiten realizar hazañas sorprendentes. Firme creyente del mito americano, Burroughs nos presenta un héroe superior que tiene maravillados a los miembros de culturas distintas, se gana su respeto y les enseña los valores antes mencionados.


            Por cierto, que he escuchado mucho acerca del supuesto racismo en la obra de Burroughs y en especial en la saga de John Carter, pero debo admitir que no he encontrado tal, por lo menos en las tres primeras novelas. Por el contrario, Burroughs describe la hermosa raza de Dejah Thoris como el resultado del mestizaje entre las tres razas originales, y el mismo Carter tiene un gallardo hijo con la bella princesa, por lo que no parece que Buroughs esté en lo absoluto en contra del mestizaje, como lo estaría un verdadero racista (por cierto, el hecho de que hayan escogido una actriz blanca para el papel de Dejah Thoris es otra cosa que me desanimó de ir a ver la peli).

Además, en la saga de John Carter el mal no es una cuestión de raza. Carter encuentra enemigos y aliados en casi todas las razas que habitan Marte, y muchas veces los enemigos no son más que individuos a quienes el azar ha puesto en el bando contrario y de quienes el protagonista se expresa favorablemente, y muchas veces sus antiguos enemigos se convierten en sus más leales aliados. Incluso los monstruosos marcianos verdes saben ser leales y justos, y cumplen sus propias leyes al pie de la letra.

Curiosamente, la única raza entre la que Carter no encuentra más que enemigos son los Therns, los marcianos de raza blanca que se creen dioses y depredan a las otras razas. Ellos a su vez son depredados por los Primogénitos (first born), la raza negra de Barsoom, con los que Carter sí traba amistad y a quienes sí logra convencer de abandonar sus actitudes depredatorias, mientras que los Therns se aferran demencialmente a su creencia de ser superiores. Es como si Burroughs quisiera denunciar la creencia de superioridad de la que de vez en cuando se ven afectados los blancos, y al mismo tiempo darles una lección de humildad, poniéndolos bajo del yugo de la raza negra.

Es cierto que el héroe de esta saga es un hombre blanco, y no cualquier blanco sino un gringo, y no cualquier gringo sino un capitán del Ejército Confederado, pero dotar a un héroe de la raza y nacionalidad propia es lo menos que se puede esperar de un autor de pulp. Y es cierto que Tarzán es el hijo de un Lord inglés que triunfa sobre todas las bestias de la selva y se convierte en campeón y protector de los negros africanos. Pero también es cierto que Tarzán renuncia a la corrupta civilización occidental, y que prefiere a los negros que a los europeos, y aún más, a los animales que a los seres humanos. ¿Condescendiente? Quizás, pero no un racista violento.

Irónicamente, lo menos interesante de estas historias es el mismo John Carter, que resulta un personaje con muy poco carisma. No sólo por el hecho de ser perfecto e infalible, sino porque, siendo él mismo el narrador de sus aventuras, tanto alardeo sobre su perfección e infalibilidad lo hacen arrogante hasta la pedantería. No sé ustedes, pero cuando leo una historia de héroes de acción, me gusta verlos triunfar sobre la adversidad, sentir que están al borde de ser derrotados por el mal, que tienen que luchar casi hasta consumir sus fuerzas para vencer a su enemigo… John Carter (y en general los héroes de Burroughs) siempre tiene la carta ganadora, siempre derrota a sus enemigos con facilidad y no hay nadie que pueda rivalizar con él.

La mayor virtud de la obra es que se trata de una gran saga de aventuras. Burroughs sabe despertar en el lector la emoción y el suspenso, e incluso logra momentos conmovedores. El autor hace gala de su poderosa e inagotable imaginación para crear mundos de ensueño y de su capacidad para tener el lector al filo de la página en todo momento.



Recomiendo leer A Princess of Mars junto con sus dos primeras secuelas, The Gods of Mars y Warlord of Mars, pues forman una trilogía con una línea argumental principal que las relaciona y porque son novelitas encantadoramente pulp, que, gracias a sus virtudes, han influido en grandes escritores de ciencia-ficción, como Arthur C Clarke, Ray Bradbury y Michael Moorcock, así como en el astrónomo Carl Sagan, que incluso la cita en su famosa Cosmos. Además, Burroughs inventó con esta serie el subgénero de Sword & Planet, que mezcla ciencia ficción con fantasía.

Así que si van a ver la peli y les gusta, les gustarán más los libros. Y si no les gustó, los libros sí que les van a gustar. Y si estada entrada les llamó la atención, chequen la de Literatura Marciana, con más libros sobe viajeros perdidos en el Planeta Rojo.

jueves, 8 de marzo de 2012

Voto femenino


Los griegos fueron los inventores de la democracia, pero la democracia griega difería mucho de la nuestra. Sólo podían votar los hombres libres pertenecientes a la polis. El voto estaba vedado a los extranjeros, a los esclavos y a las mujeres. Aristóteles, el gran filósofo de Atenas, consideraba a mujeres y a esclavos como seres naturalmente inferiores a los hombres libres.



El comediógrafo Atistófanes (446-386 A.C.) fue uno de los grandes feministas de la Antigüedad. En sus obras satíricas condenaba la misoginia y sus personajes femeninos eran tanto o más valientes e inteligentes que los masculinos. Dos de sus obras, Lisístrata y La asamblea de las mujeres, tratan del papel de las féminas en la vida pública. En la primera, las mujeres de Atenas ponen en huelga de sexo a sus hombres para que dejen de hacer la guerra con Esparta (un sacrificio que también resulta oneroso para las atenienses). En la segunda las mujeres se hacen con el gobierno democrático de Atenas y resultan ser mejores gobernantes que los insensatos hombres, además de que terminan con la guerra (Aristófanes era también un pacifista). Al final de cada obra, hombres y mujeres terminan reconciliados como iguales que necesitan unos de los otros. Las ideas de Aristófanes son interesantes, pero recordemos eran sólo libretos para puestas en escena, farsas sobre situaciones que el público y el mismo autor sabrían que nunca se harían realidad. 

Durante el Imperio Romano y a lo largo de la Edad Media la democracia quedó adormecida. Existieron algunas expresiones democráticas, como las que se daban en algunos burgos medievales (los ediles eran electos por  voto popular), pero de nuevo en ella sólo participaban algunos varones. La primera de las revoluciones burguesas fue la de Inglaterra, que se dio en la segunda mitad del siglo XVII. El país se convirtió en una monarquía parlamentaria, en la que el poder del rey (o reina) estaba regulado por una Constitución, y en la que los miembros del Parlamento eran electos por voto. Pero sólo los hombres adinerados podían votar.

Una segunda ola revolucionaria se dio en las últimas décadas del siglo XVIII. Los Estados Unidos de América, las antiguas Trece Colonias Inglesas, se convirtieron en la primera democracia moderna, en el primer Estado en gobernado por un presidente electo democráticamente. Pero sólo los varones blancos acaudalados tenían derecho al voto.

La Revolución Francesa, ese otro magno evento que inauguró la Edad Contemporánea, tiene a figuras femeninas como símbolos alegóricos. Pero la célebre Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano era precisamente eso: excluía a las mujeres por completo. Cuando Olympia de Gouges propuso los Derechos de la Mujer y la Ciudadana, fue encarcelada y después guillotinada por el Tribunal Revolucionario. Su delito: una antinatural tendencia hacia la política, impropia del sexo débil. Antes de ser ejecutada, preguntó "Si las mujeres estamos capacitadas para subir a la guillotina, ¿por qué no podemos subir a las tribunas públicas?"



En 1872, Susan B. Anthony fue arrestada y después juzgada por el delito de haber votado en las elecciones presidenciales de los Estados Unidos. Como era mujer, no se le envió a la cárcel, sino que se le impuso una multa de $100 dólares. Susan se negó a pagarla y ninguna fuerza en la tierra pudo obligarla a hacerlo. El gobierno de los Estados Unidos, avergonzado, dejó el caso por la paz. Susan B. Anthony introdujo en los EUA el movimiento sufragista, cuya meta era obtener igualdad de derechos políticos para hombres y mujeres.




En la segunda mitad del siglo XIX, en el mundo anglosajón se dieron con fuerza estos movimientos, en especial en el Reino Unido, donde las sufragistas eran especialmente agresivas y determinadas. Pero no fue ni en suelo británico ni americano donde las mujeres votaron por primera vez. Nueva Zelanda fue el primer país del mundo que le concedió el voto a sus mujeres en el año 1893. Australia le siguió poco después.




En 1914 estalló la peor guerra que la humanidad hubiera conocido hasta entonces. Miles y después millones de hombres fueron movilizados hacia los campos de batalla para ser masacrados o mutilados por las ametralladoras de otros hombres igualmente asustados y condenados. Las mujeres se quedaron en el hogar, pero no en la casa, pues la patria necesitaba de mano de obra en las fábricas y granjas, para suplir a los hombres que habían marchado al frente. La guerra acabó en 1918 pero ya no se podía volver a la normalidad. Las mujeres de Europa y Estados Unidos ya habían probado una nueva experiencia: trabajar por sí mismas, tener su propio dinero, administrarlo como quisieran... ser independientes de sus hombres, que estaban lejos muriendo en las trincheras. En la década siguiente, las sufragistas de Inglaterra, Francia y Estados Unidos hicieron su sueño realidad.



En México el primer estado en el que las mujeres participaron en la política fue Yucatán. Sucedió durante el gobierno del revolucionario Felipe Carrillo Puerto (entre 1922 y 1924). Carrillo Puerto fomentó la creación de asociaciones feministas y fueron yucatecas las primeras tres diputadas mexicanas, entre las que se encontraba su propia hermana Elvia Carrillo. Ah, pero Carrillo Puerto era socialista, y cuando estalló la rebelión delahuertista, la oligarquía hacendada yucateca aprovechó la situación  para destruir su gobierno. Felipe Carrillo Puerto fue aprisionado y fusilado, y eso de la participación de la mujer en la política, locuras y herejías de sucios comunistas, fue abandonado en el estado.

Elvia Carrillo, sin embargo, sobrevivió a su hermano. La Monja Roja del Mayab, como la llamaban, siguió luchando por los derechos sociales y políticos de las de las mujeres a lo largo de las décadas, hasta que sus esfuerzos, y los de otras mujeres mexicanas lograron que en 1953 el gobierno federal mexicano les otorgara el derecho al voto.



Así que, como ves, amiga mía, las mujeres han recorrido un largo camino a través de la historia de la humanidad para lograr que se respete su derecho a votar y a participar en las decisiones que conciernen a todos los habitantes de una nación. Un derecho, sí, pero también un poder y una responsabilidad muy grande. Así es que ya conoces la lucha de las mujeres que hicieron posible que ahora tengas la facultad de salir ejercer el sagrado derecho de elegir...



¿Y tú votaste por este pendejo porque "está guapo"?


¡¡NO MAMES!!

martes, 6 de marzo de 2012

El arte de Ralph McQuarrie




Quizá han escuchado que el pasado 3 de marzo falleció Ralph McQuarrie, y creo que lo más probable es que hasta los más despistados ahí afuera sepan que este nombre está asociado de alguna forma con Star Wars. En efecto, este artista norteamericano nacido en 1929 es el responsable de haber dado una imagen visual a los sueños de George Lucas.

Ralph McQuarrie es el artista conceptual de la Trilogía Original de Star Wars, así como de otros clásicos de la ciencia-ficción: Battlestar Galactica, E.T. y Encuentros cercanos del tercer tipo. ¿Qué hace un artista conceptual?, se preguntarán algunos de ustedes. Pues bien, antes de iniciar con la producción de una cinta de tema fantástico, el arista conceptual imagina y diseña a los personajes, los escenarios, los artefactos, el vestuario y demás. Ralph McQuarrie  fue quien, a partir de las descripciones e ideas de George Lucas diseñó los mundos fantásticos de Star Wars y a muchos de los personajes que aparecen en esta saga, incluyendo a los droides, Chewbacca, los Ewoks, Yoda y el mismísimo Darth Vader, para los cuales puso mucho de su propia imaginación y creatividad.


Ralph McQuarrie inició su carrera como ilustrador técnico para la compañía Boeing, y de ahí brincó a convertirse en el artista principal de la cobertura que la CBS hizo del programa Apolo de la NASA. George Lucas quedó impresionado con su trabajo y lo invitó a formar parte de su proyecto. McQuarrie, con su visión única que mezcla lo futurista con lo ancestral, lo alieno con lo familiar, le dio a Star Wars el atractivo visual y la atmósfera que caracterizan a este serie.

Descanse en paz, uno de los magos del cine al que millones de fans le estarán agradecidos por esas imágenes que alimentaron sus sueños...










 









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