viernes, 17 de febrero de 2017

La falacia del mundo justo, Parte II



Hola, antes de empezar querrás leer la primera parte.

Parte II: De por qué los ricos son cretinos

Según un antiguo mito griego, Pluto, el dios de la riqueza, recompensaba con bienes materiales a los hombres justos. Zeus, quien como sabemos era un completo patán, no estaba de acuerdo con esto, así que mandó un rayo que le quitó la vista al dios. Desde entonces Pluto reparte sus dones ciegamente, al azar. Como muchos mitos de la antigüedad, éste esconde una pizca de sabiduría: el reconocimiento de que la riqueza no depende de la virtud.

Sin embargo, hoy está muy difundida la idea de que, por lo menos en las sociedades capitalistas, el reparto de la riqueza se hace de manera naturalmente justa, que son los talentosos y los esforzados, los benefactores de la sociedad, quienes reciben la riqueza, mientras que los pobres y fracasados se quedan en su sitio porque no se esfuerzan lo suficiente o simplemente no tienen talento.

En la entrada anterior hablábamos de la falacia del mundo justo, un sesgo cognitivo que nos hace pensar que la vida es justa en sí misma y que tarde o temprano cada quien recibe lo que se merece. Vimos que esta predisposición psicológica nos resulta reconfortante, porque nos hace sentir merecedores de lo que tenemos y nos protege de la ansiedad que nos puede resultar de pensar que nosotros también podríamos ser víctimas de una desgracia (puesto que sí hacemos las cosas bien), pero que al mismo tiempo nos hace perder empatía hacia las personas menos desafortunadas (porque juzgamos que se han ganado sus problemas).

Este sesgo cognitivo se manifiesta en supersticiones que van desde el derecho divino de los reyes hasta el Karma y la Ley de la Atracción. De igual manera se manifiesta en la creencia ciega en la justicia intrínseca del sistema socioeconómico en el que vivimos: el capitalismo meritocrático. Aquí, de hecho, se mezcla con otro error de juicio muy frecuente: la falacia naturalista, según la cual lo que sucede en la naturaleza es moralmente bueno.

El darwinismo social, una corrupción de la teoría evolutiva de Charles Darwin, dibujaba un paralelismo entre la supervivencia de los más aptos en la naturaleza y el éxito de los mejores en la sociedad. En la naturaleza no todos los individuos sobreviven para reproducirse, sino los que tienen las características que los hacen más aptos para ello. En una sociedad en la que se permita la libre competencia entre individuos, tal como existe en la naturaleza, serán los más aptos los que triunfen, es decir, los que se hagan de la riqueza y el poder. Intervenir en ello sería contravenir a las leyes de la naturaleza.

El problema es que la teoría evolutiva de Darwin nos dice cómo funciona el mundo, no cómo debería ser. Nada implica que lo que ocurre entre los seres vivos en estado natural sea lo correcto, lo moral o lo justo. Cuando un león macho derrota a otro en combate y se queda con su territorio y sus hembras, mata a los cachorros de su adversario para asegurar la supervivencia de su propia progenie. ¿Es eso moral o inmoral? Ninguna de las dos; simplemente es como son las cosas.

Claro está, el hecho de que existan las falacias naturalista y del mundo justo no es prueba de que un sistema económico de libre competencia no asegure un reparto justo de la riqueza. ¿Podemos comprobar que eso de que “los pobres son pobres porque son inferiores, mientras que los ricos se han ganado justo lo que merecen” es un mito? Sí, sí podemos.



Se dice que el éxito económico depende de los esfuerzos de cada uno. Que no tienes la culpa de nacer pobre, pero sí de seguir siendo pobre cuando llegas a la adultez. En realidad, las condiciones iniciales de una persona y el entorno social en el que vive tienen un enorme peso en su futuro económico. Por ejemplo, estudios estadísticos demuestran que existe una fuerte correlación entre los ingresos de los padres y lo que llegarán a ganar los hijos cuando estén en edad laboral. La movilidad social está correlacionada con los niveles de desigualdad existentes en una sociedad. Esto quiere decir que en sociedades con altos índices de desigualdad social (como en México), se vuelve menor la posibilidad de que una persona llegue a estar en una mejor (o peor) posición que sus padres (aquí).

No solamente la mayor parte de las grandes fortunas de hoy son heredadas. La posibilidad de prosperar económicamente depende en gran medida de condiciones sociales de las cuales un individuo no es responsable, tales como los índices de seguridad, la estabilidad de un gobierno, los niveles de educación o el poder adquisitivo de los conciudadanos, la existencia de infraestructura como caminos y carreteras, etcétera (aquí).

Revisando los perfiles de exitosos entrepeneurs nos encontramos con que la mayoría empieza desde una posición de privilegio: no sólo nacen con acceso a capitales familiares que les permiten hacer inversiones iniciales, sino que cuentan con redes de apoyo en caso de que sus primeras iniciativas fracasen. Además, son abrumadoramente hombres y blancos, por lo cual no tendrán que enfrentarse a las dificultades que oponen el sexismo y el racismo. En estas condiciones es más fácil ser creativos y tomar riesgos; “perseguir tus sueños” no es para todos (aquí).



Lo que es más, algunos rasgos psicológicos asociados con el éxito en el emprendedurismo, como la inclinación a tomar riesgos y la no conformidad con lo establecido, están también relacionados con la incidencia en cometer delitos menores (apuestas, uso de drogas, incluso el hurto). Ahora bien, en un joven de familia acomodada la probabilidad de que estas conductas lo lleven a tener repercusiones que dañen su futuro son mínimas, mientras que si se trata de un joven de clase baja es más probable que termine expulsado de la escuela o incluso enfrentando cargos legales. Dicho de otra forma, los mismos rasgos psicológicos pueden hacer que un joven se convierta en CEO de su propia compañía o que termine en prisión, dependiendo de si nació rico o pobre (aquí).

La educación es idealmente el gran motor de la movilidad social, ¿no? Pero resulta que las condiciones iniciales también marcan grandes diferencias en los resultados finales. Obviamente, el dinero permite el acceso a mejores escuelas, así como a actividades extracurriculares que estimulan las capacidades cognitivas y amplían los conocimientos de los chicos. Eso no es todo: datos estadísticos demuestran que ni los hijos de los ricos que lo hacen muy mal en la escuela ni los hijos de los pobres que lo hacen muy bien tenderán a descender o escalar en la pirámide social. Los niños ricos, incluso si reprueban o son expulsados de la escuela, no requieren de un diploma para heredar la fortuna familiar o encargarse del negocio de papá. Los niños pobres, incluso si tienen excelentes calificaciones, tenderán a permanecer en barrios desfavorecidos, lejos de oportunidades para crecer (aquí).

Además, si admitimos (for argument’s sake) que un emprendedor merece ganar más que un empleado porque sus contribuciones a la sociedad han sido mayores, cabe cuestionar si está justificado que esa diferencia de riquezas sea tan abismal como en el mundo actual, en que 62 individuos tienen tanta riqueza como la mitad más pobre de la población (aquí). Y aún si admitiéramos que las personas de talento extraordinario merecen riqueza extraordinaria, ¿qué clase de moral implicaría aceptar que hay personas tan poco valiosas que merecen vivir en la miseria?



El éxito de grandes compañías no proviene solamente del esfuerzo y talento de sus fundadores, ni de que ofrezca los mejores productos o servicios a los mejores precios, sino del aprovechamiento de situaciones no creadas por ellos, de subsidios y concesiones gubernamentales obtenidas mediante cabildeo, de la ausencia de competencia, del efecto de red, de la presencia de mano de obra barata, de la capacidad para explotar el talento de subordinados cuyas creaciones pasan a ser propiedad intelectual de los dueños de la empresa, o de la existencia de recursos naturales valiosos que sólo están ahí esperando a ser extraídos. Quizá Steve Jobs merecía ser rico, pero no merecía ser extremadamente rico (aquí).

Si el mundo fuera perfectamente meritocrático, una persona sería recompensada proporcionalmente según su desempeño, ¿no es así? Como en la escuela, en donde (idealmente) quien se esfuerza más saca 10, quien tiene un desempeño bueno saca 8, quien hace un trabajo mediocre saca 7 y así por el estilo. Pero en realidad no existen oportunidades iguales para todos y sí muchos casos en los que “el ganador se lleva todo”. Podríamos pensar en las becas de excelencia académica. Supongamos que hay 10 becas disponibles para los 10 alumnos con mejores promedios de una preparatoria pública. ¿Qué pasa con el número 11? Digamos que su promedio es el 90% del que tiene el primer lugar. ¿Obtiene una beca equivalente a un 90% de la de aquél? No, simplemente se queda con nada.

A veces me acuerdo de aquella película, La búsqueda de felicidad, con Will Smith, una de las favoritas de los que dicen “si se quiere se puede”. En esta historia de la vida real el personaje de Smith pasa por muchas penurias en busca de un trabajo que le permita mantener a su pequeño hijo. Para obtener un codiciado puesto en una gran empresa, tiene que aceptar trabajar gratuitamente por algún tiempo, compitiendo contra otros candidatos hasta demostrar que él es el indicado para el empleo. Al final lo logra, por supuesto. Pero, dejando de lado que la empresa se aprovechó del trabajo gratuito de todos los candidatos por unos medes, pensemos por un momento, ¿qué habría pasado si el personaje de Smith hubiera sido sólo el segundo mejor candidato? ¿Habría recibido una recompensa proporcional? No, se habría quedado en la calle de nuevo.

Quienes celebran a la gente de gente que alcanza el éxito a pesar de sus orígenes modestos ignoran varios puntos. Revisando las historias de aquellas personas encontramos no sólo pruebas de gran talento y tesón, sino muchos golpes de suerte (el estar en el lugar correcto en el momento adecuado) y muestras de apoyo dado por diversas personas (tener contactos en los sitios convenientes ayuda mucho). Son historias extraordinarias de personas extraordinarias y tomarlas como “prueba” de que cualquiera puede ser rico, es como decir que cualquier pastor de yeguas puede llegar a ser Ghengis Khan.



Asumir que, dejada a las fuerzas inescrutables del mercado, la vida será justa, no es más que una superstición secular, una versión moderna y apenas más sofisticada de la rancia creencia en el Karma o en el derecho divino de los reyes, y como tales, una justificación insostenible de un orden social que condena a la frustración a la inmensa mayoría, y que crea una casta privilegiada que se cree superior a los demás.

¿Recuerdan cómo caer en la falacia del mundo justo reduce la empatía hacia los menos afortunados? (Hay más de ello aquí y aquí) Esto se expresa a la N potencia en el caso de los ricos, acostumbrados a creer que merecen su fortuna porque son mejores que los que tienen menos. De hecho, estudios psicológicos señalan que los más ricos tienden a tener actitudes narcisistas y más abusivas y prepotentes contra los demás (aquí), a la vez que son menos generosos y empáticos, e indiferentes hacia las necesidades de otras personas, bajo lo que subyace el hecho de que les atribuyen menos valor (aquí).

Esto no se trata de negar que para tener éxito económico en una sociedad capitalista no tengan nada que ver el talento y el esfuerzo. Siempre será mejor trabajar arduamente que no hacerlo. Quizá la mayoría esté de acuerdo con que una persona que se desempeña eficazmente en un trabajo que implica grandes responsabilidades y para el que se requieren talentos y habilidades especiales merece una gran recompensa. El asunto es, ¿qué tan grande? En un mundo en el que se ha visto que es más fácil prescindir de banqueros que de recogedores de basura, ¿cómo establecemos cuánta es la verdadera contribución de cada quien a la sociedad? Se trata aquí de una nueva presentación de la vieja fórmula “lo justo es que cada quien reciba lo que merece”. De acuerdo, pero ¿cómo determinamos lo que cada quien merece? Porque lo que hemos estado haciendo ha sido pensar a la inversa: vemos quién recibe más y luego racionalizamos justificaciones para explicar por qué lo merece.

Lo que quiero señalar es que existen otros factores, ajenos a la virtud y la voluntad individual, que intervienen en el juego de la vida, muchas veces de forma determinante. Tampoco se trata de que no procuremos ser meritocráticos, sino de tener consciencia de que por más que lo intentemos la meritocracia no puede ser perfecta, sino que requiere de constante vigilancia y reflexión, de esfuerzos conscientes y deliberados, de ensayos y errores para hacerla funcionar, sin depender de la confianza ciega en algún principio metafísico que hará justicia si todo se deja a “leyes naturales”.

La justicia no es inherente a la naturaleza o al universo. Es un concepto humano y existe tan sólo en nuestra voluntad, en nuestros actos en las relaciones de los unos con los otros, ya sea en la forma en que tratamos a nuestros semejantes o en la sociedad que construimos día con día. 

FIN



PD: Como reflexión final, chequen este cómic.

1 comentario:

Verreaux dijo...

Donald trump es un buen ejemplo muchos lo ven como el millonario que se hizo a si mismo, aunque nacio en una familia adinerada, o la gente que critica a los pobres por "webones" sin embargo muchas personas logran grandes ganancias por medio de negocios ilegales que implican poco esfuerzo o por la criminalidad.

Tambien esta el caso de becas dadas a personas que tal vez si las merecen, pero realmente no las necesitan

LinkWithin

Related Posts with Thumbnails