lunes, 29 de mayo de 2017

Un golpe de retórica no abolirá la ciencia



La ciencia es imperfecta e incompleta. Siempre está corrigiéndose a sí misma. Eso es lo que la hace diferente a otras formas de conocimiento, como la religión, que se consideran a sí mismas completas y perfectas y que sólo basta interpretar el mundo bajo su mirada.

Los científicos, como seres humanos que son, se equivocan. Tiene sus propios sesgos, prejuicios, debilidades y ambiciones personales. En la historia de la ciencia conocimientos que se aceptaban como verdades sólidas han sido modificados o de plano desechados. Podemos esperar que esto siga sucediendo por siempre.

La ciencia ha cometido grandes errores en el pasado. Ha sido usada para racionalizar prejuicios sociales como el sexismo y el racismo. Estos antecedentes nos advierten que debemos estar alerta.

Los postulados científicos a menudo contradicen las creencias más atesoradas de las personas. Éstas pueden ser religiosas, pero también seculares, como en el caso de las ideologías políticas. Por ejemplo, la teoría evolutiva causa mucho escozor en personas de ambos extremos del espectro ideológico. Como dice Reza Ziai de Areo Magazine:

Izquierda y derecha son compañeros extraños. La derecha tiende a creer que la evolución es una afrenta a su sentido de la moral, porque contradice el diseño inteligente. La izquierda tiende a creer que la evolución es una afrenta a la moral porque de alguna manera justifica el sexismo, la esclavitud y el genocidio.

No hace mucho me topé con este ejemplo, presentado por la página de facebook Spanish Revolution (de inclinaciones anarquistas).



Si nos fijamos en el video de Spanish Revolution notarán que en ningún momento ofrece evidencias, o siquiera argumentos sólidos, para rechazar la evolución darwiniana y abrazar la tesis alternativa de Kropotkin. Simplemente se reduce a plantear que, ya que la teoría de la evolución por selección natural tiene como base la competencia, y por lo tanto está acorde con la ideología capitalista, debe ser falsa. Dicho en pocas palabras, lo que están diciendo es: este postulado científico no va de acuerdo con mi ideología y mi moral, por lo tanto no puede ser verdad.

Pero la cosa no funciona así. El que una hipótesis científica concuerde con una postura ideológica que te parece repugnante, no significa que esté equivocada en sí misma. Puede ser causa para una sospecha razonable y que amerite revisarla, pero no es suficiente para rechazarla en sí misma. Los postulados científicos, nos agraden o no, deben ser sometidos al mismo rigor, y aceptados (y siempre de forma provisional), mientras pasen esas pruebas. Los errores de la ciencia se han corregidos desde la ciencia misma, y no desde la pseudociencia, la religión ni la apología ideológica.

La falacia moralista es una forma de argumento ad consequentiam, que pretende juzgar la veracidad de una afirmación con base en las consecuencias que tendría si ésta fuera verdad. Si estas consecuencias son inmorales, entonces no puede ser verdad. Su contraparte es la falacia naturalista, que consiste en querer tomar lo que sucede en la naturaleza como guía de lo que es ético. Si en la naturaleza hay competencia y dominio de los unos por los otros, entonces es moralmente correcto que entre los seres humanos lo haya. O sea, la falacia moralista nos dice que lo que debe ser dicta lo que de hecho es, mientras que la falacia naturalista nos dice que lo que de hecho es dicta lo que debe de ser.



Una moral anarquista valora la cooperación voluntaria y horizontal, y rechaza las jerarquías, la coerción y la competencia. Sería más fácil (o más facilón) justificar sus valores morales si éstos correspondieran con lo que científicamente se ha observado respecto a cómo funciona la naturaleza. Sin embargo, un pensamiento ético autónomo no necesita que el mundo natural se ajuste a sus concepciones morales, y por lo tanto no teme que lo que de hecho es no corresponda con lo que debería ser.

Dicho de otra forma, no necesitamos que la naturaleza sea toda cooperación benévola para que nosotros, seres racionales con libre albedrío, podamos construir una sociedad basada en la cooperación voluntaria y horizontal (ideales con los que yo simpatizo de todo corazón). Como dice Steven Pinker en La Tabla Rasa, el hecho de que existan tendencias innatas y diferencias entre los cerebros (y por lo tanto, las mentes) de los seres humanos, no es motivo para dejar de creer en la igualdad, la libertad o el progresivo mejoramiento de nuestras sociedades.



Esto, amén de que Spanish Revolution tiene una noción sobre la teoría evolutiva simplista y errónea, y que plantea un falso dilema entre cooperación y competencia. En realidad, la síntesis moderna de la evolución contempla ambos procesos para explicar cómo cambian las especies (por ejemplo, es la cooperación la que nos permitió pasar de seres unicelulares a los organismos complejos que somos ahora). Esa “falsa evolución que nos enseña el sistema capitalista” es un hombre de paja, no existe; y lo sabrían si leyeran más sobre ciencias.

No es la primera vez que se ha atacado a la tesis darwiniana basándose únicamente en la ideología. El dictador de la Unión Soviética, Iósif Stalin, decidió que la teoría de la evolución por selección natural y la genética de Mendel contravenían el dogma marxista de que el carácter humano es infinitamente moldeable a través de la educación e independiente de la herencia genética. Por tanto, no podían ser verdaderos.

Aquí entra en escena Trofim Denísovich Lysenko, un ingeniero agrónomo que planteó un paradigma alternativo acorde a la ideología soviética, armado con retazos de diferentes teorías científicas, ya fueran válidas u obsoletas. La ciencia de Lysenko se convirtió en la oficial del régimen estalinista y se aplicó a la agronomía. Quien criticaba el lysenkismo o defendía la selección natural y la genética, podía ser acusado de promover ideologías burguesas o fascistas (y enfrentar las consecuencias). ¿El resultado? Un desastre para la agricultura soviética y para la ciencia rusa, por supuesto.



¿Cómo podemos reconocer una crítica legítima a un postulado científico con un rechazo meramente basado en la ideología? Aquí hay una pista: el segundo utiliza sólo retórica. Una crítica seria podría señalar que la metodología de los estudios no fue rigurosa, que la muestra no fue representativa o que los resultados no sustentan la conclusión. Mientras, el rechazo ideológico sólo dice que las conclusiones no pueden ser ciertas porque concuerdan con posturas que se perciben como peligrosas o inmorales.

Por ejemplo, las neurociencias son de los campos de estudio más fascinantes de la actualidad. Tanto, que algunos comentaristas sostienen que representan la gran revolución científica de estos tiempos. Esto, por supuesto, la hace también vulnerable a incomprensiones, desconfianzas, abusos, sensacionalismo y charlatanería en su nombre. Como se trata de un campo de estudio muy difícil de comprender (el cerebro humano es uno de los sistemas más complejos que existen), los legos como su seguro servidor no pueden hacer mucho más que confiar en el consenso científico.

El caso es que hay mucha neuro-basura por ahí en los medios, como nos explica la neurocientífica Molly Crockett. Pero también hay mucha resistencia ante descubrimientos científicos sólidos porque contradicen posturas ideológicas. ¿Cómo podemos ver la diferencia?



Fíjense en dos textos que quiero presentarles. El primero habla de Neurosexismo, la tendencia a justificar ideas sexistas usando las neurociencias. Léanlo bien y verán que no se trata simplemente de afirmar que si un postulado científico es sexista debe ser falso. Por el contrario, aclara:

No es sexista reportar posibles diferencias entre el cerebro masculino y femenino; ni tampoco lo es en la mayoría de ocasiones buscarlas. Es una línea de investigación muy válida e interesante que puede ayudarnos a entender más sobre las funciones (y las disfunciones) de uno de los órganos más desconocidos a día de hoy; amén de contribuir al avance del conocimiento médico y científico de cualquier otro tipo, ya que en cualquier investigación se suele considerar el sexo y el género como factores relevantes que pueden interferir o modificar los resultados. El neurosexismo ocurre entonces cuando las asunciones e ideas preconcebidas sobre las diferencias innatas entre sexos sesgan el diseño del estudio, el análisis y la interpretación de los resultados, o la comunicación de los mismos en los medios.
De lo anterior puede deducirse que los estudios científicos que demuestran diferencias neuroanatómicas o neurofuncionales intergénero con metodologías sólidas, por tanto, no se pueden considerar neurosexistas per se.

El problema no es si las conclusiones son sexistas o no, sino si la metodología fue sólida. Si no lo es, y aun así los investigadores las usan para defender sus conclusiones, es muy probable que los prejuicios sexistas fueran su punto de partida y hubieran hecho toda clase de malabares con tal de probar que eran ciertos. El texto incluso ofrece una lista de factores que pueden indicar cuándo nos encontramos ante uno de estos casos: existencia de sesgos diversos, falta de análisis de variables, inclusión de explicaciones ad hoc, extralimitación de las conclusiones, malinterpretación de las relaciones entre los fenómenos estudiados y divulgación sensacionalista de los resultados, entre otros.

El segundo texto se llama Las neurociencias: un intento de colonizar la subjetividad, de la psicoanalista y politóloga Nora Merlin. Según ella, las neurociencias no son más que un arma del neoliberalismo para imponer su visión de la realidad, dotándola de la legitimidad que da la ciencia. Sus argumentaciones contra las neurociencias andan muy difundidas por medios digitales en Sudamérica, y podrán encontrar fácilmente otros textos suyos que van en el mismo tenor.



¿Cómo construye Merlin su argumentación? Pues básicamente tiene dos ejes: 1.- Que los postulados de la neurociencia se corresponden con los intereses del neoliberalismo, el cual, como bien sabemos, es una ideología perversa. 2.- Que la teoría psicoanalítica de Freud, Jung y Lacan ya había desestimado cualquier relación entre la mente y el sistema nervioso (cerebro incluido).

En el primero tenemos un ejemplo típico de rechazo ideológico obvio: algo no puede ser verdad porque concuerda con una ideología enemiga. El segundo es un poco más sutil, porque pareciera decir que autoridades científicas ya han refutado con sus investigaciones lo que ahora las neurociencias están tratando de revivir. En realidad, es el psicoanálisis freudiano el que se considera superado; es más, se le considera una pseudociencia, y precisamente porque la mayoría de sus postulados no pueden ser probados científicamente (aquí y aquí).

O sea, el psicoanálisis es más una doctrina cuasi filosófica que un campo de estudios científicos. La señora Merlin, en pocas palabras, lo que dice es que las neurociencias no pueden ser verdaderas, porque no concuerdan con la doctrina que ella sigue. En ningún momento habla de estudios científicos que refuten los postulados de las neurociencias, sino solamente que van en contra de lo que Freud y Lacan dijeron (eso sin mencionar que condena sin distinciones todo un campo de estudios y que confunde neurociencias con psiquiatría).



Quiero poner un ejemplo más. La ciencia de la felicidad que ha estado tan de moda fue refutada por alguien ajeno al mundo de las ciencias de la mente: un ingeniero en informática de 52 años llamado Nick Brown. Él detectó anomalías en los números del artículo científico que constituía la base de la millonaria industria de la felicidad. Después contactó con el científico Alan Sokal y profundizaron su análisis, con lo que hallaron graves problemas en la metodología y el marco teórico del estudio.

La mal llamada ciencia de la felicidad tiene cierto tufo a capitalismo consumista, ideología según la cual cada quien es responsable de su propio bienestar y por lo tanto las condiciones sociales no son importantes. Pero Brown y Sokal no se limitaron a denunciar esto, sino que se concentraron en lo científicamente relevante.

Creo que el meollo de todo este asunto es que mientras las ciencias experimentan, ponen a prueba, investigan, analizan, contrastan, refutan y corrigen, las ideologías sólo dicen cosas. Y como hablar no cuesta nada, pueden literalmente decir lo que quieran.

Pueden decir que, tratándose del cambio climático, el consenso científico no cuenta para nada porque está influido por los progres. Pueden decir que si la evidencia científica no respalda a la medicina alternativa, es porque a la industria farmacéutica le beneficia. Pueden decir que si los estudios psicológicos no encuentran ningún problema con que las parejas homosexuales críen niños, es porque el lobby gay los está presionando para imponer la ideología de género. Pueden decir que si la seguridad de los alimentos transgénicos está firmemente demostrada, es porque es lo que le conviene a las grandes empresas capitalistas. Pueden decir que la ciencia es sólo invento de los liberales para negar a Dios o que es un arma colonizadora del capitalismo occidental y que por eso no hay que creer en ella. Pero ultimadamente, sólo es retórica, burda o sofisticada, pero retórica al fin y al cabo.

Para seguir reflexionando:

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