viernes, 11 de agosto de 2017

Cuatro plumas blancas: Masculinidades tóxicas y guerras mundiales



En la novela de 1902 Las cuatro plumas, del escritor británico de Alfred E.W. Mason, el joven Harry Faversham cae en desgracia al desertar del ejército justo antes de ser enviado a una guerra imperialista en Sudán a finales del siglo XIX. Para señalar su desprecio por él, tres de sus camaradas y su prometida le envían cada uno una pluma blanca, marca de cobardía y deshonor. La única forma de lavar su vergüenza es cometiendo grandes actos de heroísmo y rescatar a sus antiguos compañeros de armas, atrapados en el corazón de África, para ganar de vuelta su respeto así como el corazón de la mujer amada.

Esta novela de aventuras y sus múltiples adaptaciones cinematográficas nos muestran el ideal de hombría prevaleciente en el mundo anterior al estallido de la Primera Guerra Mundal, apenas doce años más tarde. Aunque las plumas blancas como símbolo de cobardía son algo específicamente inglés, la masculinidad ha sido tradicionalmente asociada a los ideales de la valentía, especialmente en cuanto al combate. Un “hombre de verdad” es el que no teme a usar la violencia para defender a su patria, su honor o algún otro ideal abstracto. Ser cobarde, negarse a arriesgar la vida (o quitar la vida) por estos principios, implica perder la dignidad de ser hombre.

Foto completamente gratuita de Heath Ledger en Las cuatro plumas (2002)


En los últimos años se ha empezado a popularizar el concepto de “masculinidad tóxica”, refiriéndose a esos ideales de lo que significa “ser un hombre de verdad” y que resultan dañinos, incluso destructivos, tanto para los hombres como para las mujeres. A muchos hombres los condena a la frustración y conflictos emocionales por verse incapaces de cumplir con esos estándares, los hace proclives a ponerse en situaciones de riesgos innecesarios y los vuelve violentos hacia las mujeres.

Dado que muchas veces me han pedido hablar de cómo el machismo nos daña también a nosotros los hombres y dado que he estado dedicando por lo menos una entrada cada mes de agosto desde 2014 a la Primera Guerra Mundial, he optado por juntar ambos temas en uno solo. Atásquense que hay lodo.

Hombres, los de antes



En su excelente The War thad Ended Peace la historiadora Margaret McMillan hace un apasionante relato de cómo en 1914 el mundo se precipitó (o más bien, cómo Europa precipitó al mundo) hacia el desastre civilizatorio que fue la Primera Guerra Mundial, con lo que acabó una racha de casi 100 años de paz continental e inició un ciclo de catástrofes globales que no terminaría sino hasta 1945.

Uno de los capítulos está dedicado al estado de la cultura europea en las décadas anteriores al estallido. Entre otras cosas, nos dice que una preocupación de muchos europeos era la “pérdida de la masculinidad”. Muchos opinólogos se quejaban de que la sociedad se estaba “feminizando”, que ya no había “hombres de verdad”. Europa, lloriqueaban, se había acostumbrado a la buena vida de la “belle époque”. Hacía falta una guerra para revitalizar el vigor viril de las jóvenes generaciones.

¿En qué consistía esa masculinidad que se estaba perdiendo? En la violencia, la agresividad, la voluntad de dominio. La valentía que se admiraba no era tanto moral como física: el no temerle a la muerte o al dolor en el combate. Poco importaba si la causa por la que se combatía era noble o no. De hecho, el cuestionarla era una muestra más de cobardía y poco patriotismo.

“Los hombres, o eso se temía, estaban haciéndose más débiles, más afeminados, en el mundo moderno, y la fuerza y otros valores masculinos no eran tan valorados.”

Un alto líder militar se lamentaba de que los bailarines de ballet y los cantantes de ópera fueran tan valorados en la sociedad británica contemporánea. Se temía que los homosexuales, a quienes se les atribuían múltiples vicios, como la cobardía, la deslealtad y los celos, estuvieran invadiendo la sociedad. El movimiento sufragista causaba pánico y a muchos alarmaba que las familias de las clases prósperas fueran menos numerosas; ambos factores eran tomados como indicio de que la virilidad estaba declinando. Había movimientos desesperados por tratar de salvar “los valores familiares” ante las perversiones de la modernidad
“Ideas y emociones a menudo cruzaban las fronteras nacionales: el nacionalismo con sus jinetes del odio y el desdén hacia los demás […]; las demandas de honor y hombría que implicaban nunca retroceder o aparecer débil; el darwinismo social que catalogaba a las sociedades humanas como si fueran diferentes especies y promovía una fe no sólo en la evolución y el progreso, sino en la inevitabilidad del conflicto.”
Obviamente, no fue sólo la masculinidad tóxica lo que llevó al estallido de la 1GM. Hubo causas políticas, económicas, históricas y culturales mucho más importantes. Pero esos valores dañinos ayudaron a darle a esa guerra la forma que tuvo y a aumentar el sufrimiento de quienes participaron en ella.
“Con tales actitudes, la guerra a menudo parecía deseable, como una forma honorable para luchar contra el destino y como una forma de revigorizar la sociedad. Peligrosamente para Europa, la guerra llegó a ser aceptada por muchos como algo inevitable”.

Los hombres no temen



Una vez estallada la guerra muchos jóvenes a enlistarse en los ejércitos para probar su hombría. Los discursos ociosos de las épocas anteriores los habían llevado a creer que participarían en una gloriosa aventura de la que los jóvenes regresarían “hechos hombres”. Lo que vivieron fue muy diferente.  Cada joven sabía que iba a disparar y recibir disparos, pero nunca nadie cree realmente que puede ser él mismo quien morirá.

Los altos mandos militares de todas las naciones estaban convencidos de que una estrategia basada en el ataque era no sólo la más efectiva, sino la única viril y honorable. Así, en las primeras semanas de la guerra, y durante otros momentos especialmente sangrientos del conflicto, enviaron a cientos de miles de soldados en cargas contra posiciones enemigas.



Los primeros desastres, las batallas en las que miles de soldados podían morir en unas pocas horas, dieron cuenta de que en una guerra moderna, industrial y altamente tecnológica, quien jugara a la defensiva tenía siempre la ventaja (un solo hombre con una ametralladora disparando tras un parapeto podía acabar con decenas de enemigos a la carga). Pero eso no hizo cejar a los mandamases de ordenar ataques fallidos, lo que llevó a las batallas más sangrientas de la historia humana hasta su momento, en especial durante 1916.

Peor aún, muchos comandantes estaban convencidos de que, sin importar las armas de las que dispusiera el enemigo, la valentía, el arrojo, y el espíritu guerrero, es decir, los valores típicamente viriles, eran los que decidían la victoria. Así, enviaron a sus hombres a morir en situaciones en las que obviamente no tenían ninguna oportunidad. Cuando estos descabellados intentos fracasaban, los comandantes culpaban a sus soldados y los tachaban de cobardes, traidores, poco hombres. Situaciones así se dieron a lo largo y ancho de todos los múltiples frentes y en todos los ejércitos, provocando las muertes de cientos de miles de hombres jóvenes de la forma más absurda e innecesaria.

Los hombres no lloran



Para los soldados la tragedia no terminaba con haber sobrevivido al campo de batalla. Shell shock es un término coloquial para describir diversos desórdenes psicológicos y psicosomáticos experimentados por soldados durante la guerra, especialmente lo que ahora se conoce como estrés postraumático.

Incluso sin haber sufrido heridas físicas, los soldados mostraban una variedad de síntomas de origen nervioso: temblores, ceguera, amnesia, mareos, jaquecas, ataques de pánico, pesadillas, terrores nocturnos, parálisis, taquicardia, desórdenes alimenticios, ansiedad y depresión. En un principio tanto los oficiales como los médicos desestimaron estas condiciones como cobardía y falta de masculinidad, como pretextos que los soldados inventaban para zafarse de su deber sagrado o manifestaciones de histeria mujeril indigna de hombres verdaderos. Esto provocó que los hombres afectados por estas condiciones no recibieran el tratamiento médico y psicológico que necesitaban, y que incluso fueran obligados a seguir en el frente arriesgando su vida, o fueran juzgados como insubordinados o desertores si se negaban a pelear.

Claro, este fenómeno es tan antiguo como la guerra misma y aparece mencionado en las épicas y crónicas de las civilizaciones antiguas, aunque con distintos nombres. La verdad es que el hombre como “perfecto soldado”, por completo de acuerdo al ideal de masculinidad, nunca ha existido. Esto ha sido más claro cuanto peor es la guerra y la guerra industrial ha sido la peor de la historia. Lo cierto es que la guerra no es para los hombres: la guerra no es para nadie.

En nuestros días aun es difícil para los varones reconocer y tratar los problemas psicológicos como la depresión. Como viven bajo la presión de “ser fuertes”, las expresiones de “debilidad emocional” en los hombres, tales como el llanto o el miedo, son mal vistas y deben ser ocultadas. Sin saber cómo lidiar con sus emociones, acostumbrados a nunca recurrir a nadie para ello, no es de extrañar que los hombres se suiciden en una tasa mucho mayor que las mujeres.

Las plumas blancas



En 1914-1918: The History of the First World War, David Stevenson nos cuenta que al principio de la guerra, algunas mujeres británicas recorrían las calles de las ciudades y le daban plumas blancas a los hombres que vieran vestidos de civiles. Era una forma de humillar a los cobardes que no habían querido enlistarse para pelear por la patria.

A lo largo de la historia, las mujeres han tenido un papel en la perpetuación de las masculinidades tóxicas, así como la han tenido en la perpetuación del machismo. Madres, hermanas o compañeras han presionado a los hombres para que cumplan con los ideales de virilidad, aunque éstos resulten dañinos tanto para ellas como para nosotros.

Lo anterior y otras formas en las que la masculinidad tóxica daña a los propios hombres ha llevado a algunos “masculinistas” a querer plantear falsas equivalencias y hacer como si las mujeres hubieran sido tan opresivas con los hombres como nosotros lo hemos sido con ellas.

Primero, tratándose de la guerra y la masculinidad tóxica, sí es cierto que fueron los hombres, los soldados, los que (en cuanto a números) fueron quienes principalmente sufrieron por ello (aunque no se puede dejar de lado a las mujeres combatientes y civiles que también fueron afectadas por la guerra).

Pero no olvidemos lo importante: los oficiales del ejército que castigaban a sus propias tropas, los altos mandos militares que ordenaban los ataques sin sentido, los gobernantes que declararon la guerra, eran todos hombres. El poder que tenían sobre los soldados era el que tienen los ricos sobre los pobres, los viejos sobre los jóvenes, los jerarcas sobre los subordinados.



Las mujeres podían recurrir al chantaje emocional o la presión social para que los hombres cumplieran con esos ideales de masculinidad, pero no tenían el poder político, económico o siquiera la fuerza física para coaccionarlos a marchar al frente. Era un mundo, como lo sigue siendo ahora, gobernado por hombres. Como ahora, los hombres tenían el poder para oprimir a las mujeres en razón de su género y a otros hombres en razón de su estatus social o condición económica.

Pienso que los hombres tenemos derecho a exigirle a las mujeres en nuestras vidas que no traten de imponernos ideas de masculinidad que nos hacen daño. Pero esa misma exigencia debemos hacer a los sobre todo a los otros homnres. Lo que en definitiva no es válido, ni tiene sentido, es usar estos hechos como pretexto para desestimar la mucho mayor opresión en la que histórica y actualmente han vivido las mujeres o demandar a los movimientos feministas que se ocupen de nuestros problemas cuando ellas necesitan todo su tiempo y energías para luchar contra las injusticias que afectan o amenazan sus vidas.

La única higiene posible para el mundo



Como en los años anteriores a la Primera Guerra Mundial, hoy asistimos a lamentaciones sobre la que “hombres verdaderos eran los antes”. Si antaño los quejumbrosos estaban en los periódicos, ahora están en las redes sociales. Se habla de una “pussy generation”, se lamenta la pérdida de la hombría, se entra en pánico ante el fortalecimiento del feminismo y de los movimientos LGBTQ. Pero fue ese mismo anhelo de recuperar “la hombría” una de las razones que precipitaron al mundo hacia la guerra y que una vez iniciada la hicieron todavía más horrible.

Peor aún, como antaño, esos ideales llevan a quienes lamentan la “feminización” o “mariconización” de la sociedad a apoyar ideologías misóginas, homofóbicas o ultranacionalistas. Para oponerse a las “feminazis” y la “ideología de género”, se vuelven hacia figuras autoritarias que representan esa “masculinidad a la antigua”, ya sea un autócrata como Vladimir Putin cuyo gobierno impulsa políticas inequívocamente misóginas y homofóbicas (aquí y aquí), ya sean movimientos neomachistas, que sueñan con restablecer la masculinidad tradicional que se ha perdido ante el empoderamiento de las mujeres.

Pero no olvidemos que justamente tras la Primera Guerra Mundial surgieron los movimientos fascistas, que justamente colocaban la virilidad “a la antigua” como una de sus valores principales. No olvidemos que el crecimiento de esas ideologías llevó a una guerra mundial aun peor y más destructiva, con todo y sus genocidios incluidos. No olvidemos las palabras del poeta italiano Filipo Tomasso Marinetti, uno de los primeros ideólogos del fascismo:

“Glorifiquemos la guerra –la única higiene posible para el mundo-, el militarismo, el patriotismo, el gesto destructivo de los portadores de la libertad, las ideas hermosas por las que merece la pena morir y el desprecio a la mujer.”



Entonces, quienes lloran por la “pérdida de la hombría” y desean “el retorno de los reyes” deberían tener cuidado. Ser “un guerrero dispuesto a dar la vida por la patria” sólo favorece a los amos que declaran las guerras desde sus escritorios. El florecer de esos valores no lleva a nadie a la gloria ni al heroísmo; lleva a la aceptación de la violencia como parte inevitable, incluso deseable, de la vida; al desprecio de todo lo que no sea masculino; al sufrimiento íntimo de quien no sabe cómo lidiar con sus propias e ineludibles debilidades, y en el peor de los casos, a la tiranía y el genocidio.

Hemos recorrido este camino y sabemos hasta dónde llega. ¿Están seguros de que quieren "hombres como los de antes"?

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